26 marzo 2010 a las 3:06 PM | Publicado en Divulgación de la Antropología | 1 comentario
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Por: P.A.F Judith Lizbeth Ruiz González

Mucho de lo que conocemos sobre la historia de los habitantes de la cuenca de México, en la época prehispánica y al momento del contacto con los invasores del viejo mundo, es gracias a códices como el Borbónico, el Boturini, el Chimalpopoca, el Mendocino, el Matrinense, el Florentino y el Huichapan; y a manuscritos de frailes entre cuyos nombres sobresalen Bernal Díaz del Castillo, Diego Duran, Bernandino de Sahagún y Juan de Torquemada.

A través de los ojos de sus autores nos formamos una visión de cómo se vivía en aquellos tiempos. Vivencias, que para muchos de nosotros se han transformado en un autentico interés por inquirir sobre su cotidianeidad, a través de investigaciones antropológicas, históricas, arqueológicas, entre otras.

Sobre  la fundación de México-Tenochtitlan

Diversos mesoamericanos del post-clásico tardío afirmaban que su lugar de salida había sido Chicomóztoc (“el lugar de las siete cuevas”), una montaña situada en el límite de este mundo y el de los dioses. Cuentan que los pueblos eran paridos en grupos de siete en siete. Cada pueblo había sido extraído y guiado por un dios patrono, quien lo conducía a la tierra prometida y le donaba el territorio en que se establecería. La señal de la llegada era milagrosa. Los mexicas hablaban de Aztlán, también nombrado Chicomóztoc. Ellos habían salido de ahí por orden de su dios patrono, Mexi o Huitzilo-pochtli, y buscaban por instrucciones de su dios la tierra prometida. Los mexicas describían Aztlan como un sitio rodeado por el agua. Creían que su dios patrono, Huitzilo-pochtli, les había dado la profesión de pescadores y cazadores de aves acuáticas. Para cumplir su misión sobre el mundo buscaron un medio lacustre para establecerse.

La mayoría de los cronistas están de acuerdo, en que el origen de los mexicas se da a partir de una migración desde Aztlan (“lugar de garzas”). Para muchos, sitio mítico y para otros, un lugar que puede identificarse en un espacio geográfico de nuestro país.

Davies (1973) localiza Aztlán en el norte del país y Jiménez Moreno (1973) a través de un estudio sobre morfología dental, que realizó con grupos de la Península de Baja California, la Península de Yucatán, el Norte de Nayarit y la cuenca de México, determinó que el punto de partida de quienes, más tarde, fundaron Tenochtitlan se localiza al norte de Nayarit. Sus resultados mostraron una clara filiación biológica entre pobladores de Nayarit y mexicas.

La peregrinación

Esta larga peregrinación la realizaron tanto mexicas hablantes de náhuatl como matlazincas, tepanecas, tlahuicas, malinalcas, cuitlahuacas, xochimilcas, chalcas y huejotzincas, hacia un destino simultáneamente incierto y predeterminado. Durante las vicisitudes del viaje, solo el primer grupo se separa de los demás, ya que debían cumplir el mandato divino y se dirige hacia su “milagro fundacional”, ese  que  el dios Huitzilopochtli (colibrí azul) les tenía preparado (Piña Chan, 1973).

El peregrinar de este grupo de personas duro tanto tiempo, que alcanzaron a celebrar en distintos lugares, los cuatros fuegos. Al respecto, en el Códice Borbónico se observa la representación de la ceremonia de la renovación del fuego que se llevaba a cabo cada 52 años.

Debido a la importancia calendárica del ciclo de los 52 años, generalmente se piensa que el Fuego Nuevo se celebraba en ese lapso y era un ritual para celebrar el xiuhmolpilli (atadura de años). El momento exacto en que se realizaba, era cuando las Pléyades llegaban al punto más alto del cielo, según testimonio del cronista Bernardino de Sahagún: “Tomaban por señal para esta fiesta el movimiento de las Cabrillas (las Pléyades) cuando estaban en medio del cielo a la medianoche… Cuando veían que pasaban del medio, entendían que el movimiento del cielo no cesaba. A esa hora, estaban en los cerros circundantes gran cantidad de personas esperando ver el Fuego Nuevo.” (Sahagún, Historia General IV).

En el “Fuego Nuevo” se conmemoraba el nacimiento de Huitzilopochtli, por ello siete sacerdotes con atavíos de diferentes dioses, tal vez de Quetzalcóatl,  Tláloc o de aquel otro que representaban, marchan en procesión llevando entre sus manos una haz de antorchas amarrados con cuerdas y adornos de papel.

Cuando ya caía la noche, todo se llenaba de miedo, pues si no se lograba encender el fuego, todo acabaría para siempre. Seria de noche, no saldría jamás el sol y los tzitzitzimi, monstruos de la oscuridad, devorarían a la gente.

En este mismo códice se observa tanto a mujeres, hombres, ancianos y niños despiertos a la expectativa del terrible peligro de la noche (León-Portilla, 1999: 70-80). Al final del último día de cada siglo cuando el sol se estaba poniendo, se creía que desaparecería para siempre. En ese momento se apagaban todos los fuegos y la preocupada población se reunía al pie de la pirámide donde los sacerdotes observaban cuidadosamente los cielos. En el transcurso de ese tiempo los sacerdotes sacrificaban una víctima arrancando su corazón mientras encendían el Nuevo Fuego.

La fundación de México-Tenochtitlan

Algunas fuentes documentales señalan el año de 1325 como el de la fundación de México-Tenochtitlan. Éste había sido un segundo intento, tras el fracaso de Coatépec (“el lugar del monte de la serpiente”). No fue esta fundación en un medio naturalmente lacustre, pero los mexicas construyeron una gran represa en la que llegaron a sembrar peces. Pero el experimento no tuvo éxito y debieron dejar el lugar, abandonando allí a muchos de los suyos. Siguieron después a las márgenes occidentales del lago de Texcoco, sitio que no era demasiado favorable. Las aguas del lago no eran suficientemente dulces, pues recibían por el oriente corrientes cargadas de sal.

Antes de que los mexicas llegarán a las tierras prometidas en la cuenca de México y antes de que fueran dominados y hechos prisioneros por el señor de Culhuacán, pasaron por Coatlicamac, Huitztepec, Ehecatépec, Coatitlan, Pantitlan, Popotlan, y otras regiones hasta llegar finalmente a Chapultepec, (Anales de Tlatelolco, 1948). Este lugar fue fatal, pues fueron dominados por Cóxcox junto al cerro de la Estrella y tuvieron que aliarse para luchar contra los Xochimilcas, para ser libres y dejar atrás al reino que intervenía en su viaje hacia la ciudad elegida por Huitzilopochtli.

Finalmente, después de una larga marcha por tierras agrestes y largos desplazamientos, acompañados por incidentes bélicos, encontraron la insignia que su dios Huitzilopochtli les había advertido por tanto tiempo: un nopal firme y erecto en cuya única hoja pasaba, de vez en vez, las garras de un águila en medio del islote pantanoso. Hacia el año de 1325 fundan Tenochtitlan (Piña Chan, 1973; Davies, 1973)

Sobre el emblema antes mencionado, González Rul (1998) comenta que Huitzilopochtli o colibrí azul es nahual de Tonahtiuh con disfraz de animal, así como lo es el águila que debían encontrar para fundar la ciudad de Tenochtitlan, es por ello que se auto nombraban el ”pueblo del sol”.

Éste sitio elegido por su dios tribal, no fue realmente el más adecuado  para edificar una ciudad como la de México, ya que desde la época prehispánica, pasando por la colonial y  la contemporánea, ha padecido inundaciones, terremotos y hundimientos a causa de lo blando de las profundas arcillas lacustres (González Rul, 1998: 12)

Cuando llegaron al lugar elegido para construir un templo y venerar a la deidad titular los inmigrantes se encontrarón en un territorio peligroso, dominado por ciudades poderosas y en pugna, entre ellas Azcapotzalco, Culhuacan y Texcoco. Hicieron su asentamiento en calidad de tributarios de uno de los pueblos dominantes y sometidos a una nueva vida lacustre, la cual disentía con las cuevas a las que estaban habituados.

El tlatoani les concedió, finalmente, unas tierras inhabitables para que construyesen sus jacales. Pero el terreno era limitado  y tuvierón que ir ganando terreno al pantano por medio de la construcción de chinampas. Aquellos invasores del norte, eran a su parecer, gente tosca, fanáticamente religiosa y sin los hábitos de vestir con finas telas de algodón y degustar el magnífico chocolate, que se acostumbraba por estos confines tan sublimes (Barlow, 1987)

Bibliografía

– Barlow, Robert H. (1987) Tlatelolco: rival de Tenochtitlan. Obras de Robert H. Barlow, vol. I, Jesús Monjarás-Ruiz et al. (Eds.), México, INAH/UDLA.

– Davies, C.N (1973)  “Los Mexicas. Primeros pasos hacia el imperio”. Monografías: 14; Serie de Cultura Náhuatl, UNAM, México. D.F

– González Rul, Francisco (1998)    La cerámica de Tlatelolco. Colección Científica. Serie arqueológica. INAH, México.

– Jiménez Moreno, W. (1973) “La migración mexica”. En: Atti del XL Congresso Internazionale degli Americanisti. Pp. (1): 167-172. Tilgher, Génova

– León Portilla, Miguel (1999) “Fray Bernardino de Sahagún en Tlatelolco”. Secretaria de Relaciones Exteriores, México. D.F.

– Piña Chan, Román (1973) Visión del México prehispánico. México, UNAM, pp. 225-227.

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  1. INTERESANTE LIZ


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