8 octubre 2010 a las 8:35 AM | Publicado en Divulgación de la Antropología | 1 comentario
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Por Fernando Gachuz Fuentes

          La historia nos indica que la medicina se presenta dentro de los grupos humanos como aquello que está ahí  para curar. Bien, la medicina se siente cómoda al curar, su profesión se encamina para dar alivio, preserva la salud, atiende a la enfermedad y evita la muerte. Una pregunta que apuntala el tema de la historia es ¿cómo sanar el daño que asecha al hombre? La medicina nos dice que está ahí para dar alivio, para dar recuperación, para prolongar la existencia de los hombres, pero al mismo tiempo hace una división que abre camino para lo social, la medicina separa lo sano de lo insano. Sabemos gracias a la historia que la medicina no está para dar la muerte del hombre pero también sabemos que la empresa médica puede coquetear con la negociación política, así que por ahora dejamos del lado el coqueteo de la medicina con la política de nuestros tiempos e  intentemos quedarnos, de manera momentánea, con la idea de que la medicina lucha por evitar la enfermedad. Por el momento hemos querido fijar nuestra atención en esa parte de la medicina que se ofrece como medio para dar alivio a la persona y que como correlato intenta  evitar el deterioro en la salud de la comunidad, pero que también intenta políticamente renovar y rehabilitar la vida económica y productiva de la persona.

          Podemos decir que el camino de la medicina se aclara cuando se sabe que su función se tiende hacia el arte de curar, cuando se sabe que el mensaje de la medicina es el de alejar o de prevenir el mal, cuando intenta aislar el daño en la persona o en la comunidad; pero que este mismo camino se oscurece cuando parece hacerlo no por convicción sino por productividad, cuando parece hacer su profesión como mera utilidad.  Esta observación general de la medicina desde el punto de vista social nos precisa hasta el cansancio que ésta  posee una función: la de preservar la vida. Es bajo este contexto que traemos a la mente al cirujano plástico,  un médico que interviene de manera directa en el cuerpo físico. Reparemos en que el médico, tal y como lo define Jankélévitch, “…está ahí para preservar la vida, para prolongarla tanto cómo más se pueda, eso forma parte de axiomas evidentes de la deontología médica, es el juramento de Hipócrates: el médico no está para dar muerte, está para dar la vida […] ellos luchan contra los procesos de la vida…”[1]

          Quizá el cirujano plástico sea aquel médico más avanzado en el terreno de especulación, una especulación claro en el ámbito de la imagen del cuerpo; pero que sigue argumentando que preserva la vida de la persona desde el punto de vista social, ya que la persona que acude con él ha sufrido un decaimiento o está a punto de tener una caída en su espectro cultural. 

          Ahora bien, cuando una persona se somete a una cirugía estética esta realizando una acción que involucra de manera directa al cuerpo y a la medicina, esto nos hace pensar que  la cirugía estética es una acción que se ejecuta en y sobre el cuerpo. Pero, por qué y para qué una persona recurre a esta práctica.

           Le Breton nos muestra que hay una separación entre la comunidad y el hombre que a  generado una nueva entrada de conciencia, donde el cuerpo “es la existencia del hombre”[2] Esa idea de la separación nos indica un divorcio, una ruptura dolorosa que expone y deja al descubierto un desfase entre el espacio y tiempo del individuo para con su cuerpo y su entorno. Quizá por ello tener ese cuerpo que pide el contexto cultural requiera de tácticas, quizá se requiera de un esfuerzo para llevar el cuerpo a ese sitio prospero para esta cultura, para este tiempo y para ese espacio. Se observa en la disciplina del cuerpo una lucha entre eso que se desea pero que no se puede conseguir porque el cuerpo enclaustra o limita a la persona. Al parecer hay cada día más un espíritu moral que interroga sobre el cuerpo y su relación con la convivencia. Me parece que la personas que acuden al cirujano estético y se someten a una operación lo hacen ubicando su pensamiento en dos lugares: en la mejora/en el mantenimiento.

           Cuando la persona que acude al cirujano estético y busca mantener su postura física estable no hace sino conservar  su postura social de la misma manera, busca seguir en la competencia, busca que su cuerpo siga siendo objeto de deseo, intenta que su cuerpo siga produciendo signos, intenta mantener el significado de su cuerpo dentro de un texto que le de sentido a su vida, busca seguir instalando en el contexto que la cultura muestra como ejemplar.

         Dentro de esta permanencia del cuerpo  hay una idea de la filosofía que nos puede ayudar, se trata de la caída de la personalidad, es una caída de la postura, el cuerpo se va para abajo[3] y ahí hay una sensación que la filosofía de Max Scheler denomina con el nombre de vergüenza. No es raro que la gente que acuda a realizarse una cirugía estética manifieste tener vergüenza de alguna parte de su cuerpo.

          Estas personas dividen su cuerpo en porciones muy pequeñas, analizan cada parte del cuerpo y observan en él modificaciones que quizá el otro no las vea, y no las aprecia porque el otro aparece distanciado, es verdad, hay quienes le pueden ver de cerca, pero ese ver de manera minuciosa se encuentra enmarcado por la fuerza del vinculo. La gente que se realiza una cirugía estética asegura que lo ha hecho porque hay algo de su cuerpo que no le gusta, es un disgusto no con todo el cuerpo, es una parte de él que le hace sentir mal, que les avergüenza sentir que el otro las descubra de una manera no pactada. Casi todo el tiempo la persona está pensando en cómo tapar esa parte que le desagrada, en México las cirugías estéticas que más demanda tienen son las de la nariz, después las del busto y por último los glúteos. Es significativo ver como las personas que acuden al cirujano estético lo hacen para quitar eso que no les gusta o para aumentar eso que saben que puede gustar, es raro que alguien acuda a que le quiten eso que aprecia como signo de su gracia. La cirugía estética aparece en el mundo como una posibilidad  que permite el arreglo pero que también posibilita el puedo volver a sentir, el puedo volver hacerlo.

           Hemos encontrado que el  10% de los habitantes de México se ha realizado alguna cirugía estética[4]. De una manera menos notoria, México se ha convertido en el segundo país a nivel mundial con el mayor  consumo  de productos destinados a mejorar la imagen. Estos productos ofrecen un remedio para el envejecimiento, la mejora y el cuidado de la piel, la protección de daños a causa del medio ambiente, en fin, el remedio que esos productos ofrecen pasa de una u otra manera por el mejoramiento de las zonas jerárquicamente más visibles del cuerpo humano de nuestra época.

          Me parece que esta avanzada de tratamientos destinados al mejoramiento de la silueta corporal  transita por ese divorcio entre  la persona y su comunidad. No hay una convivencia y no la hay por qué no se ha podido poner a tono los tiempos sociales con los tiempos individuales y más aun hay un castigo que se siente en la exclusión de la persona cuando no cumple la normatividad.

          Esta es una maniobra que deja fuera de lugar a la persona, que la saca, que la excluye y quizá por ello la cirugía estética busque un arreglo físico, de la silueta; pero no se puede ignorar que ese sometimiento quirúrgico busca mejoras en la movilidad social e intenta evitar o prologar la caída de la personalidad. Bastará con ultimar, siguiendo de manera lenta pero con amabilidad lo dicho por Schutz sobre el cuerpo. El cuerpo nos permite relacionarnos con el mundo.

          Pero, ¿en qué mundo vivimos? Será ¿que existe la sensación de que habitamos entre un desorden que irrumpe en la vida cotidiana y que genera una sociedad enferma y peligrosa?

          Contamos con la facultad de hacer una aseveración que coloque el terreno cultural de México como un lugar peligroso e inseguro pero no podemos asegurar que esta sensación de inseguridad y de peligro se refleje en el accionar de sus individuos y que les genere un debilitamiento, que les genere tensión, estrés y que los ubique en ese dilema de mejorar su aspecto para aparentar que no sucede nada, para olvidar que el contexto cultural es agresivo, violento, inseguro y excluyente.

          Las personas que se someten a una cirugía estética procuran ser visibles para el otro, se intentan mostrar dentro de un mundo, se intentan mostrar con esa pretensión de lo singular.  Se muestran ahí para que el otro las vea, para que se les reconozca como alguien, intentan que en el encuentro se les reconozca porque buscan ese  gajo de identidad, ese dato de significación que les otorgue sentido y que las vincule con este mundo que se les presenta como competencia. Se intentan hacer relevantes buscando que la mirada del otro les mire con las características que ellas anhelan; es decir, debe de existir  una correspondencia originaria entre eso que  la mira y eso que ellas quieren que miren, de lo contrario aparecerá la tensión que avergüence.

           Por ello decimos, si la mejora busca hacerse notar en la persona quizá sea porque logre captar algún tipo de relación, digo esto porque en el intento de ser reconocido debe de existir una finalidad funcional, deben de existir ingredientes que permitan al individuo vislumbrase como un resultado eficaz, vislumbrarse como un estar dentro del mundo,  un mundo adecuado para la productividad y para la utilidad. Pero ese vislumbrarse ya tiene un sentido de existencia para la persona y es ahí donde la vergüenza aparece con un contra sentido, retiene pero empuja, la vergüenza en estas personas que se sometieron a una cirugía estética aparece venida de un conflicto emocional. Conflicto que mete a la persona en crisis, la golpea en su ánimo, la derriba, estas personas se encuentran decaídas y doblegadas por ese mismo malestar que les genera la cultura[5].

          Dato inquietante y esclarecedor es saber que hay pocos casos documentados que nos indiquen la participación de los indígenas en las cirugías estéticas. No es raro suponer, tal y como lo hemos visto en el estudio vergüenza y enfermedad, que las sociedades indígenas tienen mecanismos de purga para aliviar la vergüenza. Mecanismos que funcionan sí como un control social pero que también garantizan el alivio de sacar la vergüenza, en el deshacerse de ese mal que golpea el alma, ese mal encuentra su remedio y su alivio en el mito y en el rito. Esta solución [estructural] si se me permite la palabra, no se vislumbra la [no cura] del mal o del daño porque ella misma está involucrada en el sistema mítico de la comunidad. Por ello la vergüenza que tiene su origen en el conflicto tensa al individuo y sólo puede ser sacado de esa tensión mediante una fuerza superior que coloque el cuerpo y pensamiento del individuo en otro lugar.

          Ese tránsito del cuerpo y la conciencia se puede ver representado cuando el individuo ha comprendido que su acto daña el pacto social que la comunidad tácitamente lo había explicado. En este tránsito se busca el arrepentimiento y la renovación, se busca que el individuo sepa que hay fronteras y que las mismas fronteras tienen sus límites inquebrantables. Pero que sucede en este lado, en el lado de las cirugías estéticas y de los individuos citadinos.

         Notamos que  la vergüenza aparece también venida de un conflicto un conflicto emocional que curiosamente se encuentra en el tránsito de los momentos de vida. Estos momentos de vida delimitados por esa situación biográfica se encuentran sedimentados y aparecen cuando el cuerpo entra en juego con el mundo. Estas situaciones de crisis meten a la persona en un terreno compuesto de vergüenza. Vergüenza de no cumplir sus metas, vergüenza de no cumplir su promesa, vergüenza de estar así. Esta mirada retrospectiva de la persona nos posibilita ese sentido, ese juego de memoria que aparece para indicarnos que existe un aparato normativo que fija los tiempos del cuerpo, los tiempos del matrimonio, del noviazgo, de la entrada del trabajo, de la entrega del cuerpo al otro. De esta manera ubicamos que la vergüenza aparece en ese conflicto individual que se da al momento de tener una obligación social y no estar ahí. Todos estos son aspectos que están salidos de la norma, es por ello que al ver a estas personas notamos que no quieren ser guapas o atractivas todo el tiempo sino que quieren una vida normal. Una vida normada, pautada por el terreno cultural, desean que su cuerpo siga estando en circulación, que su cuerpo siga en lugar donde las cosas estén a su alcance. Evitan en todo momento ser excluidas por esas partes de su cuerpo que las coloquen en un punto considerado como negativo. Evitan la entrada a valores o a calificativos con la marca o señal de la vergüenza porque consideran que es una sensación que las vulnera, pero más aun, que les indica que algo de su vida está en esa tensión.

           Es de esta manera que encontramos que las personas que se someten a una cirugía estética también tienen un conflicto, un conflicto emocional que no encuentra cabida en su actual situación biográfica, es decir, no esperaban hacerse esa cirugía pero no soportan pasar por esa carga vergonzosa. Aquí, el sentido de la vergüenza lo ubican como una marca que los coloca en esa mezcla de valores negativos, valores que por supuesto han sido colocados por la cultura con el fin de evitar que los valores positivos de la cultura sean contaminados por aquellos. La vergüenza y su sentido se despliega no como un refreno, porque ellas ya están ahí, en la vergüenza, ellas se miran avergonzadas por su pasado, por su decisión, por haber hecho eso que no debían de hacer. Ese lado moral de la vergüenza las ata y las reprime, les molesta, por ello el lado estético de la vergüenza, quizá podría encaminar a una nueva relación, una relación que sólo se abre por el conflicto y que se consuma no con la carga moral de la vergüenza sino con la perspectiva de un nuevo momento cultural


[1] Jankélévitch, Vladimir. Pensar la muerte. México, Fondo de Cultura Económica, 2004

[2] Ibid, p. 125

[3] “No hay experiencia más que en el interior del cuerpo, es decir, todas nuestras experiencias están encarnadas, por más que el espesor del cuerpo se nos borre continuamente y desaparezca de la conciencia en nuestras vidas cotidianas” Díaz, R. (2005) La huella del cuerpo. Tecnociencia, máquinas y el cuerpo fragmentado”, México: Inédito.

[5] El temor de ser estigmatizado se asocia con el descrédito social y con el deseo de apartarse. Esos motivos aíslan a muchos enfermos. No hay duda de que la información médica y las propuestas de la ciencia deben replantear sus metas: indagar en las implicaciones de la vergüenza y de “ser distinto” es tarea necesaria. KRAUS, A. Vergüenza y enfermedad. México: La Jornada. 2006. http://www.jornada.unam.mx/2006/07/05/index.php?section=opinion&article=022a2pol

 

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  1. Algo así quería encontrar. Es sorprendente el peso social que existe con respecto a la apariencia, y en mayor frecuencia en las mujeres. Anteriormente el objetivo era la fertilidad y la permanencia de la especie, pero en la actualidad es un apego a la eternidad, por la misma globalización se aspira a un modelo “atractivo” que destruye la diversidad de manifestaciones físicas que nos hacen únicos/as. Creo que debería procurarse por una cultura sobre la salud, así a pesar de la edad, serían cuerpos sanos y por ende, atractivos.


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