25 febrero 2011 en 12:01 AM | Publicado en Sin categoría | Deja un comentario
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Por: Gabriela Espinosa Verde

Recuerdo que al leer la reflexión del biólogo y matemático Gerardo Hernández, en torno a la divulgación de la ciencia, no pude evitar reírme mucho, pero con ese tipo de risa que uno utiliza para expresar que además de gracioso algo es real.

En mis primeros intentos por entender lo qué es la ciencia y la importancia de divulgar sus conocimientos, me encontré con estas ideas que la hacen una forma de ver y entender el mundo, mismas de las que me apropié y volví mi estandarte. Cuando tuve que definirla en mi tesis de comunicación escribí: La ciencia es una representación de la realidad, una forma de ver y pensar el mundo a partir de la búsqueda y adquisición de experiencias y conocimientos racionales, sistemáticos y verificables.

Entonces, si es una representación y una forma de ver y comprender el mundo debe haber otras, me decía, y en cuanto intentaba pensar en otra forma me era inevitable traer a la mente la visión religiosa, por ello al leer el texto de Hernández las líneas que reproduzco a continuación, me encantaron:

“[…] Por alguna razón que no puedo entender ni eliminar, al escuchar el término ‘divulgador de la ciencia’, surge la imagen del individuo, generalmente vestido de manera formal que nos visista en nuestra casa los domingos para ofrecernos ‘la palabra del Señor’. El símil  no es exacto, pero da bien la idea.

“Los unos ofrecen conocimiento, los otros paz espiritual; unos creen mejorar la calidad de vida, los otros prometen la vida eterna; unos viven de ello, otros para ello; unos se apoyan en pruebas experimentales (algunas de ellas prácticamente irrepetibles), otros en milagros; ambos están ciertos del valor de lo que ofrecen, y abordan su labor con entusiasmo y entrega; unos engruesan sus filas con comunicadores y difusores sin que exijan de ellos el conocimiento profundo de lo que difunden, otros ignoran a todo aquél no iniciado hasta la médula de las creencias; unos se profesionalizan, los otros no; unos viven del estado y sus recursos, los otros de la caridad y el anonimato cotidiano, ambos creen saber de qué hablan, unos porque así lo aprendieron en el aula, los otros porque han buscado y encontrado respuesta a sus inquietudes; la religión forma parte de la cultura, la ciencia [aun] no […]”

Más adelante, en su texto, Hernández cuestiona si los divulgadores sabemos cuál es el significado social de nuestras acciones y los alcances que debe tener, ya que no hemos abordado nuestra propia labor  como un acto social y con una actitud científica, pues la divulgación aunque puede hacerse por gusto cuando se decide hacerla con fines sociales se debe responder con responsabilidad social a la pregunta  ¿cuál es el sentido de divulgar la ciencia?

Frente a esta situación él propone, por un lado auxiliarse de los científicos sociales para hacer de la divulgación y su impacto social un objeto de estudio, y por otro, reconocer que la divulgación no es una labor sencilla, ni divertida ni cómoda pues implica una tarea de comprensión, análisis y difusión para el divulgador y una actitud analítica y crítica para los receptores.

Sin duda, desde esta perspectiva la divulgación no parece tarea fácil, sin embargo, como el mismo Hernández lo menciona y como lo veremos en próximos post, ésta es una actividad apasionante que si bien no aspira a convertir a un público en crítico a través de la divulgación, al menos sí a mostrar que hay diversas formas de ver el mundo y la ciencia es una de esas opciones.

Como habíamos anunciado antes, como parte de la celebración de nuestro segundo aniversario, al mes publicaremos un post sobre divulgación de la ciencia y uno sobre tópicos de antropología física, con la intención de compartir contigo parte de la historia y las influencias que permitieron el nacimiento de este espacio.

Referencia

– Hernández Gerardo, Divulgación de la ciencia en: Estrada Luis (coord..) La divulgación de la ciencia ¿educación, apostolado o…?, DGDC-UNAM, México 2003, pp.16-31.

11 febrero 2011 en 12:01 AM | Publicado en Divulgación de la Antropología | 2 comentarios
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Por Gabriela Espinosa Verde

Quizás pensar en los dientes como evocadores del pasado traiga a nuestra mente imágenes de aquellos momentos cuando mudamos las piezas dentales o del dolor provocado por alguna caries. Sin embargo, los dientes pueden no sólo hablarnos de un pasado cercano: el propio, sino también de uno mucho más antiguo, el de nuestros antepasados.

En nuestra dentición podemos encontrar rastros de la alimentación, de algunas enfermedades, de ciertas prácticas culturales, de la edad, y no menos importante, de nuestro proceso ontogénico (de crecimiento y desarrollo). Además, la estructura de los dientes es tan resistente, que suelen conservarse mejor que algunos huesos y por ello constituyen una interesante ventana al pasado.

Para muestra, los resultados publicados en diciembre pasado, en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos (PNAS), en los cuales se plantea que la ontogenia de los neandertales iba más a prisa que en los miembros de nuestra especie, pero más lenta que  la de los grandes simios (gorilas, orangutanes y chimpancés).

Los seres humanos, dice el grupo de investigación, tenemos un proceso de desarrollo inusual, pues nuestro destete temprano, una larga infancia, un inicio tardío de la reproducción, los cortos intervalos entre el nacimiento de los hijos y una larga vida funcional se contrapone al destete tardío, la reproducción temprana y un largo periodo entre el nacimiento de las crías, en los grandes simios.

En el orden primate, al que pertenecemos, la erupción dental esta estrechamente vinculada a varios han mostrado que nuestros ancestros del Plioceno y del inicio del Pleistoceno, entre tres y un millón de años, tenían un proceso de desarrollo más rápido que el de nuestra especie. Pero, hablando de un tiempo ligeramente más cercano ¿qué tan diferente era la ontogenia de los neandertales con respecto a la nuestra?

Para acercarse a la respuesta, un grupo de científicos se dispuso analizar los restos dentales de fósiles de neandertal y de los primeros miembros de nuestra especie, y los comparó con la dentición de poblaciones humanas actuales. Dicho estudio se realizó siguiendo un método no destructivo, una histología virtual en 3D a partir de las imágenes generadas por un sincrotrón de rayos X (un tipo de acelerador de partículas).

En el estudio se utilizaron 90 dientes permanentes, de 28 neandertales y 39 dientes permanentes de  nueve fósiles humanos. Éstos se compararon con 464 dientes de humanos modernos. Los resultados, los humanos presentamos una maduración dental más lenta que los neandertales, por ejemplo:  mientras que en los humanos el primer molar comienza a calcificarse dos o tres semanas antes del nacimiento y la corona completa su formación alrededor de los tres años, en los neandertales la calcificación inicia al mismo tiempo que en sapiens pero completa su formación cerca de seis meses antes que los de nuestra especie.

¿A qué debemos que unas especies se desarrollen más deprisa que otras? Algunos consideran que se debe a que las condiciones severas de vida, que aumentan los índices de mortalidad de adultos jóvenes,  actúan como presión de selección para mantener  un patrón de maduración rápida; otros consideran, que los riesgos ambientales favorecen un lento crecimiento de los organismos juveniles; es decir, podría ser que las severas condiciones de vida obligarán a los neandertales a madurar ligeramente más rápido que los miembros de nuestra especio, o bien, que el arriesgado ambiente en que crecieron nuestros ancestros favoreciera una ampliación del tiempo en que los humanos jóvenes deben estar bajo la protección de los mayores.

¿Cuál es la opción? Los autores no presentan una postura al respecto, en su lugar, esperan que los estudios de ADN de neandertal den más luz sobre el asunto. Si bien, los dientes nos hablan del pasado son sólo una pieza en el enorme rompecabezas que es la historia de nuestro árbol evolutivo.

Referencia

Smith Tanya M, et. al. Dental evidence for ontogenetic differences between modern humans and Neanderthals, en: Proceedings of the Nartional Academy of Sciences of the United States of America, vol. 107, no. 49, 7 de diciembre de 2010, pp. 20923-209238.

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