25 marzo 2011 en 12:01 AM | Publicado en Sin categoría | 1 comentario
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Como parte de las celebraciones por nuestro segundo aniversario de  AFPQ hoy posteamos este texto de  uno de  los más grandes periodistas científicos. Aunque el contenido es de otra área de conocimiento me parece un buen ejemplo, no sólo de un ejercicio de divulgación de la ciencia sino también una muestra de lo maravillosa que puede ser la visión científica del mundo. Esperando que lo disfruten tanto como yo, los dejo con las letras de aquel que fuera -a travé sde sus libros- mi primer guía en esta aventura de la comunicación pública de la ciencia.

Gaby Espinosa Verde

Por: Manuel Hernando Calvo

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

“Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen: “Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro”.

El estudiante había respondido: “lleve el barómetro a la azotea del edificio y átele una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio”.

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudios, obtener una nota mas alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel. Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.

Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: coja el barómetro y láncelo al suelo desde la azotea del edificio, calcule el tiempo de caída con un cronómetro. Después aplique la formula altura = 0,5 A por T2. Y así obtenemos la altura del edificio. En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.

Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? Sí, contesto, este es un procedimiento muy básico: para medir un edificio, pero también sirve. En este método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura.

Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento mas sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro esta a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio. En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su periodo de precisión. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea coger el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle:

– Señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo. En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.

Éste y otros textos de Manuel Calvo puedes leerlos en http://www.manuelcalvohernando.es

11 marzo 2011 en 12:01 AM | Publicado en Divulgación de la Antropología | 1 comentario
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Por: Gabriela Espinosa Verde

¿Alguna vez en la vida has deseado algo con tanta fuerza como para dejar de lado todo lo que tienes e ir en su búsqueda? Quizás lo has soñado o pensado a menudo pero entre el deseo de hacerlo y la realidad siempre hay un abismo, que para muchos se vuelve infranqueable, no así  para Alfred Rust.

Rust nació con el siglo XX en Alemania, hijo de una familia humilde quedo huérfano de padre cuando era un niño. En esas condiciones aspirar a realizar estudios universitarios era un sueño, así que siguiendo su destino entró a un taller como aprendiz de electricista. Para finales de la Primera Guerra Mundial los conocimientos en su oficio eran tales que aprobó el examen de maestro electricista. Con sus conocimientos y experiencia viajó por toda Europa viviendo, aquí y allá, de hacer reparaciones eléctricas.

Al volver a su natal Hamburgo decidió que era hora de estudiar, buscó un trabajo estable, se inscribió a la Universidad Popular y de la mano de Gustav Schwantes descubrió su gusto por lo prehistórico. ¿Gusto? ¡Mas bien, pasión!

Un día, Rust decidió renunciar a su trabajo, tomó su bicicleta y junto con un amigo se marchó a Siria para excavar un sitio prehistórico. Pero la mayor locura no era abandonar el empleo y esperar sobrevivir  y pagar la excavación  con lo que  ganara en el viaje, haciendo reparaciones eléctricas, sino recorrer en bicicleta más de 4 500 km.

Como en toda odisea la expedición no fue sencilla, después de tres meses de viaje a través de los Balcanes y Turquía Rust enfermó de disentería e ingresó a un hospital danés en Siria. Para cubrir los costos de su hospitalización rehizo la instalación eléctrica del sanatorio, y luego trabajó cuatro horas diarias en él para pagar los trabajos de excavación de la cueva de Jabrud, ubicada a diez kilómetros del hospital.

Después volvió a Hamburgo y en tres ocasiones más fue a Siria y volvió a Alemania, siempre en bicicleta, así que además de datos sobre las culturas paleolíticas de Asía y de Europa, Rust vio lo que otros no habían podido ver: los paisajes que guardaban huellas del pasado.

En esos viajes, nuestro prehistoriador,  imaginó que los seres humanos prehistóricos asentados cerca de las orillas de un estanque arrojarían los huesos de su comida al agua, aunque sólo fuera para ver como hacía ¡plaf! en la superficie. Con el tiempo esos depósitos de agua desaparecerían, pero si podía descubrir su paradero seguro encontraría huellas de la Edad de Piedra.

La teoría del ¡plaf!, como se nombró a su propuesta, fue sujeto de muchas críticas, pues en el mundo científico casi nadie creía en un estanque de leyenda lleno de huesos de cazas prehistóricas. Aun con la corriente en contra, Rust imaginó en el Valle de Meiendorf el lago encantado en el que tanto había pensado.

Tal era el escepticismo ante sus propuestas, que Rust debió iniciar las excavaciones por su cuenta, viajando hasta el valle, como siempre en bicicleta, y llevando consigo una pala y un azadón. En cuanto apareció la turba el azadón ya no fue suficiente y debió conseguir un barreno. Realizó diversas perforaciones  hasta que el barreno mostró una faja de materia verde clara. Sin duda, era lodo sucio y viscoso proveniente de un antiguo lago en la región.

Eso no cambió la opinión de los expertos. Así que una vez más dejó su trabajo y decidió vivir con lo que el estado daba a los desempleados.  Después de encontrar los indicios de la existencia del lago, Rust debió lidiar con el agua que comenzó a brotar en abundancia desde el fondo. Hizo gestiones para conseguir una bomba con la empresa de Aguas Potables en Hamburgo y prosiguió la excavación, sufragando los gastos con lo que recibía de manutención, hasta que un buen día una pala se topó con un objeto duro. Rust se sumergió en el fango y se hizo del objeto: un asta de reno, un asta con marcas de haber sido trabajada por el ser humano. No había duda, todo lo que había imaginado era verdad.

Primero, vino el lodo que comprobaba la existencia del lago; luego, abundantes restos de animales cazados y sobretodo de renos en esos depósitos; más tarde y en una región cercana residuos de antiguas chozas humanas, y todo en su conjunto no sólo confirmó la idea de Rust sino que también dio los primeros indicios de lo que hoy llamamos la cultura de los cazadores de renos.

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