11 marzo 2011 a las 12:01 AM | Publicado en Divulgación de la Antropología | 1 comentario
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Por: Gabriela Espinosa Verde

¿Alguna vez en la vida has deseado algo con tanta fuerza como para dejar de lado todo lo que tienes e ir en su búsqueda? Quizás lo has soñado o pensado a menudo pero entre el deseo de hacerlo y la realidad siempre hay un abismo, que para muchos se vuelve infranqueable, no así  para Alfred Rust.

Rust nació con el siglo XX en Alemania, hijo de una familia humilde quedo huérfano de padre cuando era un niño. En esas condiciones aspirar a realizar estudios universitarios era un sueño, así que siguiendo su destino entró a un taller como aprendiz de electricista. Para finales de la Primera Guerra Mundial los conocimientos en su oficio eran tales que aprobó el examen de maestro electricista. Con sus conocimientos y experiencia viajó por toda Europa viviendo, aquí y allá, de hacer reparaciones eléctricas.

Al volver a su natal Hamburgo decidió que era hora de estudiar, buscó un trabajo estable, se inscribió a la Universidad Popular y de la mano de Gustav Schwantes descubrió su gusto por lo prehistórico. ¿Gusto? ¡Mas bien, pasión!

Un día, Rust decidió renunciar a su trabajo, tomó su bicicleta y junto con un amigo se marchó a Siria para excavar un sitio prehistórico. Pero la mayor locura no era abandonar el empleo y esperar sobrevivir  y pagar la excavación  con lo que  ganara en el viaje, haciendo reparaciones eléctricas, sino recorrer en bicicleta más de 4 500 km.

Como en toda odisea la expedición no fue sencilla, después de tres meses de viaje a través de los Balcanes y Turquía Rust enfermó de disentería e ingresó a un hospital danés en Siria. Para cubrir los costos de su hospitalización rehizo la instalación eléctrica del sanatorio, y luego trabajó cuatro horas diarias en él para pagar los trabajos de excavación de la cueva de Jabrud, ubicada a diez kilómetros del hospital.

Después volvió a Hamburgo y en tres ocasiones más fue a Siria y volvió a Alemania, siempre en bicicleta, así que además de datos sobre las culturas paleolíticas de Asía y de Europa, Rust vio lo que otros no habían podido ver: los paisajes que guardaban huellas del pasado.

En esos viajes, nuestro prehistoriador,  imaginó que los seres humanos prehistóricos asentados cerca de las orillas de un estanque arrojarían los huesos de su comida al agua, aunque sólo fuera para ver como hacía ¡plaf! en la superficie. Con el tiempo esos depósitos de agua desaparecerían, pero si podía descubrir su paradero seguro encontraría huellas de la Edad de Piedra.

La teoría del ¡plaf!, como se nombró a su propuesta, fue sujeto de muchas críticas, pues en el mundo científico casi nadie creía en un estanque de leyenda lleno de huesos de cazas prehistóricas. Aun con la corriente en contra, Rust imaginó en el Valle de Meiendorf el lago encantado en el que tanto había pensado.

Tal era el escepticismo ante sus propuestas, que Rust debió iniciar las excavaciones por su cuenta, viajando hasta el valle, como siempre en bicicleta, y llevando consigo una pala y un azadón. En cuanto apareció la turba el azadón ya no fue suficiente y debió conseguir un barreno. Realizó diversas perforaciones  hasta que el barreno mostró una faja de materia verde clara. Sin duda, era lodo sucio y viscoso proveniente de un antiguo lago en la región.

Eso no cambió la opinión de los expertos. Así que una vez más dejó su trabajo y decidió vivir con lo que el estado daba a los desempleados.  Después de encontrar los indicios de la existencia del lago, Rust debió lidiar con el agua que comenzó a brotar en abundancia desde el fondo. Hizo gestiones para conseguir una bomba con la empresa de Aguas Potables en Hamburgo y prosiguió la excavación, sufragando los gastos con lo que recibía de manutención, hasta que un buen día una pala se topó con un objeto duro. Rust se sumergió en el fango y se hizo del objeto: un asta de reno, un asta con marcas de haber sido trabajada por el ser humano. No había duda, todo lo que había imaginado era verdad.

Primero, vino el lodo que comprobaba la existencia del lago; luego, abundantes restos de animales cazados y sobretodo de renos en esos depósitos; más tarde y en una región cercana residuos de antiguas chozas humanas, y todo en su conjunto no sólo confirmó la idea de Rust sino que también dio los primeros indicios de lo que hoy llamamos la cultura de los cazadores de renos.

1 comentario »

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  1. ya tenia un tiempo sin leer el blog por falta de tiempo pero ahora que por fin entre me alegra encontrarme con esta excelente anécdota justo cuando necesitaba algo para reafirmarme que debo seguir mis metas, y como siempre gracias a todo el equipo por haber creado este blog =)


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