1 noviembre 2011 en 12:21 PM | Publicado en Antropología del comportamiento, Paleoantropología y prehistoria | 3 comentarios
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Por: Gabriela Espinosa Verde

¿Desde cuándo los muertos adquieren relevancia entre los vivos? Para intentar responder a esta pregunta hay que remontarse hasta la prehistoria de la humanidad. No sabemos exactamente cuándo aparece la conciencia sobre la muerte en nuestra especie o entre nuestros ancestros y desde cuándo, los que se han ido, influyen en las actividades de los vivos.

Sabemos que los neandertales han dejado indicios de posibles entierros, que los primeros miembros de nuestra especie sepultaban a sus muertos, pero de ahí a que estos últimos volvieran para ocupar un lugar en el imaginario de sus descendientes no parece una idea tan temprana en nuestra historia.

Víctor Fernández Martínez, director del Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid, nos aproxima a una respuesta. Para el investigador español los cambios que trajeron el descubrimiento y la expansión de la agricultura y la ganadería tocaron no sólo las formas de subsistencia, sino también, la organización social, pues la inversión que ambas requieren no puede cubrirse de manera individual.

Para la agricultura es necesario preparar la tierra, sembrarla, desherbarla, regarla, cosechar y barbechar; en la ganadería hay que atender y proteger al ganado, así como, llevarlo a los puntos de agua y alimento. La familia entonces se torna importante, entre más grande sea, más fuerza de trabajo se tiene.

Pero las implicaciones de cultivar van más allá: siembro hoy para cosechar después, trabajo hoy para recibir los frutos más tarde; por tanto, el antes es importante para el ahora. Así, en el neolítico, los antepasados tomarían un lugar relevante entre sus descendientes, quienes les agradecen el poder gozar hoy del fruto de lo que sus familias trabajaron en el pasado. Para entonces, los principales representantes de esos tiempos pretéritos son los ancianos.

Más tarde, la inversión de trabajo en la construcción de estructuras mortuorias, como los megalitos, y los ricos ajuares que acompañan a los muertos dejan ver la importancia que adquieren los que se han ido. Sin embargo, parece que ambas cosas buscan evidenciar la importancia que tuvieron en vida quienes yacen bajo estructuras monumentales o acompañados de grandes riquezas. Después, quizás, aparezca la idea de una vida después de la muerte y con ella una mayor importancia de los objetos que acompañan al cadáver.

Así, con esta idea, aparecen las nociones de un mundo distinto al de los vivos, un inframundo, un mundo de los muertos, de los espíritus. Entre los celtas, por ejemplo, en la víspera del 1° de noviembre se realizaba la fiesta del Samain, que conmemoraba el momento en que el caos del mundo se volvió orden y el inicio del nuevo año, además, ésta era la única noche en que las barreras entre el mundo de los vivos y el de los muertos desaparecían. Entonces, los muertos volvían y para evitar que influyeran negativamente en los asuntos de los vivos era necesario realizar una serie de ritos.

Con el paso del tiempo, los simples espíritus de los muertos se transformaron, en el imaginario colectivo, en figuras peligrosas a las que se debe evitar: brujas y demonios que recorren la tierra en la noche de Halloween.

En México, el 1° y 2 de noviembre está dedicado al retorno de los que se han ido, en estos días se colocan ofrendas en las casas o en los cementerios para invitar a los que ya no están a que vuelvan por un día a compartir el mundo de los vivos. Aunque estas son las fechas más representativas para recordar a los muertos en nuestro país, Catharine Good demuestra que en las comunidades agrícolas contemporáneas los que ya no están son importantes en los diversos momentos del ciclo agrícola, pues tienen la capacidad de ir ante la virgen y los santos para pedir por una buena temporada. Pero no sólo eso, los muertos pueden favorecer otro tipo de actividades productivas, como el comercio. Lo interesante es que si no se recuerda a los muertos, ellos pueden influir negativamente en las actividades productivas como la pérdida de cosechas o  las ventas escasas.

No sabemos cuándo apareció la conciencia de la muerte en nuestra especie, lo que si sabemos es que, tanto en tiempos pretéritos como en la actualidad, se ha concedido a los antepasados muertos la capacidad de intervenir en los asuntos de los vivos y se ha dotado a la ofrenda y ritos similares la posibilidad de que esa intervención sea positiva.

Fuentes:

  • Fernández Martínez Víctor M., Prehistoria. El largo camino de la Humanidad, Alianza Editorial, Madrid, 2007, 304 pp.
  • Good Eshelman Catharine, Trabajando juntos: Los vivos, los muertos, la tierra y el maíz, en: Broda Johanna y Catharine Good Eshelman (coords.), Historia y vida ceremonial en las comunidades mesoamericanas: los ritos agrícolas, CONACULTA-INAH/IIH-UNAM, México, 2004, 498 pp.
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