1 marzo 2012 en 1:22 AM | Publicado en Antropología del comportamiento, Divulgación de la Antropología | 18 comentarios
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Por: Judith Lizbeth Ruiz González

El siguiente texto fue presentado como ponencia en cartel en el XV Coloquio Juan Comas, realizado en 2009, en Mérida, Yucatán.

A través del tiempo, la muerte -para nuestra cultura- ha tenido un impacto social que se ha ido transformando a lo largo de tres etapas culturales: bajo la concepción de los antiguos habitantes de la cuenca de México, la muerte se pensaba como el paso a una existencia posterior; durante la Colonia, la idea de la resurrección fue un cambio apenas perceptible de la religión traída, donde la muerte por padecimiento resurge de manera distinta, y la represión social de los estudiantes en el 68 cambio para siempre el destino final.

La muerte como hecho social tiene lugar en un contexto tradicional y presupone representaciones y significados que la definen. Con base en el trabajo de campo de la tercera temporada en la Zona Arqueológica de Tlatelolco (2009) y de información documental, es que se presenta este esbozo antropofísico que nos permite explorar la analogía entre la relación atribuida a la vida y el significado de la muerte entre los habitantes que vivieron y viven en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.

En dicha plaza figuran tres importantes etapas históricas: prehispánica, colonial y contemporánea. De la primera resalta el recinto ceremonial de México – Tlatelolco, de la segunda, la Iglesia y ex Convento de Santiago Tlatelolco, y de la tercera, el conjunto urbanista Nonoalco – Tlatelolco.

La muerte

Dentro de las prácticas más importantes que han efectuado las poblaciones humanas y que han dejado rastro en los contextos arqueológicos se encuentran las costumbres funerarias, las cuales son un excelente medio para conocer las poblaciones pretéritas.

En este sentido, los rituales funerarios durante la época prehispánica muestran la enorme importancia que los muertos tenían para los vivos. Cuando se presentaba el deceso de una persona, los habitantes sabían perfectamente qué hacer: las características que el funeral tendría, los elementos que iban a acompañar al muerto y el sitio donde lo habrían de depositar. Esto se debía a que las honras fúnebres estaban perfectamente codificadas por los cánones ya establecidos y solían seguir un patrón común, nos dice Murillo.

La concepción mágico–religiosa de los actos rituales hacía que las practicas estuvieran encaminadas hacia el respeto y veneración de diversas deidades, dicha adoración involucró dar como ofrenda vidas humanas, tal es el caso de los infantes hallados en la estructura de Ehécatl y Quetzalcóatl, del recinto ceremonial tlatelolca, y que fueron sacrificados a partir de una gran hambruna suscitada en 1454, según refiere Guilliem.

El pensamiento entorno a la muerte se modificó con la conquista, pues la religión cristiana se pregonaba como parte de la vida cotidiana, la cual, manifestó el advenimiento de un nuevo drama social en los vericuetos de la Ciudad. Desde este momento, los colonialistas  impusieron diferentes patrones culturales a las estructuras prexistentes, tal es el caso de las prácticas funerarias, terreno en el que la ideología católica fue ganando relevancia. Bajo la perspectiva católica la vida se concibió como un breve paso por el mundo, una preparación para alcanzar el más allá y la esperanza para la salvación del alma.

 El ritual concerniente a la muerte, durante la época colonial, implicaba depositar a los familiares, ya sea dentro de algunos edificios o en sus atrios, por ejemplo en iglesias, catedrales, parroquias u hospitales. A este espacio, menciona Zabala,  se le designo con el nombre de cementerio. Posteriormente, la necesidad de sepultar a los difuntos en un lugar sagrado y cerca de dios fue perdiendo importancia para dar preferencia a la salud, es por ello, que los cementerios debían ubicarse en lugares altos, ventilados y fuera de los poblados.

La muerte dejo de ser parte fundamental de la vida cotidiana y se tornó ajena a la convivencia social, pues se consideraba que sus alegorías eran inarmónicas dentro del paisaje colonial. Además, la secularización de la muerte influyó potencialmente a que se alejara este fenómeno del mundo de los vivos, reduciendo a la lejanía del olvido todo lo concerniente con las prácticas funerarias en la Nueva España, explica Rodríguez.

El drama en la muerte

Dentro de las prácticas funerarias existe una amplia gama cultural debido a que cada sociedad hace frente a este fenómeno de manera diferente, a la vez que las representaciones sociales le proporcionan un toque particular en cada sociedad y época. Por medio del drama social se aborda el significado de la muerte a lo largo de tres periodos históricos en Tlatelolco.

La percepción de la muerte desde un enfoque diacrónico atraviesa por tres momentos: el México prehispánico, la colonia y, por supuesto, la época contemporánea. De acuerdo con Turner, estas tres épocas, a su  vez, corresponden a la fase de brecha, de liminalidad y de escisión. La primera concierne  al momento de la llegada de los españoles, donde se produce el rompimiento de la concepción de la muerte preexistente en esos momentos; esta brecha presupone una disociación de las creencias sagradas alrededor del ritual funerario, que manifiesta el advenimiento de otra realidad.

En la época colonial, que atañe a la segunda fase, la muerte se vuelve un entrecruzamiento dramático, ambiguo, un estar entre y en medio, recibiendo una imposición religiosa que implica la reincorporación  de nuevas pautas funerarias. Por último, el desenlacé trágico que no se olvida, momento en el que la Plaza de las Tres culturas fue convertida -el 2 de octubre de 1968- en un escenario terrorífico, cuando una manifestación pacífica fue reprimida por el estado, dando como resultado el asesinato de decenas de estudiantes que, entre el sonido del fuego cerrado, proyectiles y el tableteo de ametralladoras,  huyeron despavoridos llevándose en los zapatos la sangre de los caídos, sin poder refugiarse en la iglesia de Santiago o en el edificio Chihuahua.

A partir de este momento ocurre la escisión en donde una muerte violenta determina un cambio en la forma de escenificarla, donde algunos elementos de las épocas anteriores se retoman para  teatralizar con dramas diferentes el complejo fenómeno de la muerte; en ausencia del cuerpo físico se retoman patrones que crean un nuevo culto a la muerte expresándose cada 2 de octubre y cada día de muertos.

Bibliografía

    • Guilliem Arroyo, Salvador (1999) Ofrendas de Ehécatl-Quetzalcóatl en México-Tlatelolco. Tesis de Licenciatura. ENAH, México. D.F.
    • Murillo Rodríguez, Silvia (2002) La vida a través de la muerte. Instituto Nacional de Antropología e Historia. Editorial Plaza y Valdez.
    • Nolasco, Margarita (2008) “68 inédito”. En Diario de Campo. Núm. 100. Septiembre-Octubre.
    • Turner, Víctor (2002) Antropología del Ritual. Compilador Ingrid Geist. CONACULTA – INAH.
    • Zavala Aguirre, Pilar (2000) “Fuentes para el análisis de las prácticas funerarias en el nuevo mundo, siglos XVI-XVIII”. EN: Recopilación  de las Indias. Libro1, Vol. 22. Núm. 2 Págs. 190-207. Editorial Porrúa.

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