17 septiembre 2012 a las 8:21 PM | Publicado en Antropología del comportamiento, Primatología | 4 comentarios
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Por: Rosa Icela Ojeda Martínez

Antes de iniciar

En algunas partes de la península de Yucatán nadie nombraría, como lo hacemos quienes vivimos en las ciudades, selva a la reserva de la Biosfera de Calakmul, que es un bosque subtropical, allá se le llama monte o montaña. El término selva no es el apropiado para describir la reserva, pues en ella existen temporadas de secas, es decir, meses sin lluvia y en una selva el agua no debe faltar. Sin embargo, nuestra idea de selva, obedece a una etimología grecolatina que refleja abundancia de vegetación y fauna; aunque en algunas llamadas “selvas”, la tierra, los árboles y los animales pasen cada año un periodo de tiempo seco, casi hasta la muerte.

Escuchar los sonidos

“La selva” o “monte” en Calakmul, Campeche, no sólo es abundante en materia, también lo es en sonidos y colores. El ambiente sonoro que emerge de la convivencia de todos los seres de la selva es extraordinario. El sonido  es omnipresente, puedes escuchar más de lo que ves y puedes entender menos de lo que escuchas; esto es así porque desconocemos la mayoría de las relaciones  entre sonidos y emisores, es decir, escuchamos pero no sabemos quién lo dice. A lo largo del día las composiciones cambian: por la mañana las aves dominan la acústica; al medio día los árboles conquistan las ondas traídas por los cuatro vientos; en la tarde y por la noche, los insectos coronan la oscuridad con sus incesantes canciones.

Poco a poco estos sonidos se forjan cotidianos para el cerebro receptor, que ante tal ametrallamiento de estímulos no hace más que rendirse y lo convierte todo en habitual.

En la selva no hay peor castigo que no escuchar; y no me refiero a las personas con debilidad auditiva, estas no pueden escuchar con el oído, pero sienten las vibraciones del sonido con todo el cuerpo, eso no es un castigo, es una verdadera capacidad; me refiero a los que no escuchamos porque nuestro cerebro está parcialmente bloqueado, por nuestra propia voz y pensamientos.

En el “monte”  escuchar implica callar.  En el día, aunque los sonidos son más, parecen menos, las ondas sonoras son eclipsadas por la vista y la palabra. Pero, por la noche, cuando te dispones a dormir y no hay con quien hablar, las resonancias parecen más intensas, si sales a caminar no puedes ver a lo lejos, aun cuando tengas una lámpara, el corazón de la selva es oscuro, casi toda la percepción se concentra en el oído. Por  la noche existe más variedad de sonidos  que en una ciudad ruidosa, esta última es una niña callada comparada con los salvajes cánticos nocturnos de los insectos tropicales.

Interpretar las voces

Los mensajes trasmitidos por los otros animales, no carecen de significado para  los humanos, siempre tratamos de interpretar los sonidos que escuchamos; la significación del sonido es inherente a nuestro cerebro, pero esto no garantiza que nuestra interpretación sea correcta.

Para interpretar la vocalización de un animal no humano, a menudo nos valemos del contexto físico y situacional en el cual ésta se produce; por ejemplo, si escuchamos ladridos en medio de la noche después  del motor de un coche que pasa, lo más seguro es que imaginemos que el perro dirigió sus ladridos al automóvil.

Esas interpretaciones las hacemos a diario y no tenemos problema en aceptarlas. Sin embargo, cuando hacemos interpretaciones en un contexto científico y queremos asegurar que tal vocalización o sonido significa algo específicamente, tenemos que demostrarlo de alguna manera.

Para  interpretar lo más correctamente las vocalizaciones y los gestos de los primates no humanos, primero debemos conocer su sistema de organización social y su ecología. Después, necesitamos pasar suficientes horas observando  qué hacen y escuchando qué “dicen”. Encontrar las regularidades en su comportamiento  ayudará a interpretar sus actos comunicativos. Interpretar es algo inherente a nuestra condición de sujetos racionales, siempre estamos significando lo que sucede a nuestro alrededor. Sin embargo, en estos casos, interpretar y demostrar que tus suposiciones son verdaderas, es algo más difícil.

La estadística puede ayudarnos a encontrar relaciones significativas entre un fenómeno y otro, pero los mensajes sólo pueden ser comprendidos a través del contexto en que son emitidos y éste puede variar tanto, como el número de veces que sea producido el mensaje, es decir, un mismo elemento puede significar cosas distintas, dependiendo del contexto situacional.

Las ciencias del lenguaje han revisado este fenómeno en la comunicación humana desde hace tiempo, pero su estudio en la comunicación animal es reciente. Sabemos poco sobre cómo los primates no humanos coordinan sus vocalizaciones para darles un sentido específico y uno general al mismo tiempo, y sobre cómo armonizan estas vocalizaciones con el resto de los sonidos del medio ambiente.

El que desee sumergirse en el universo de los sonidos de la selva debe aprender a escuchar y a diferenciar un sonido de otro, no basta sólo ver, pensar y analizar, el reto consiste en delimitar un mensaje de otro, como cuando aprendemos a hablar y a entender nuestra lengua materna.  

Nuestro cerebro filtra el ruido para que no nos volvamos locos, pues nuestra capacidad de atención y procesamiento de información en tiempo real es limitada, por ello,  el cerebro depura y selecciona lo que es importante en ese momento.

En primatología, cuando estamos siguiendo o buscando una tropa de monos arbóreos, generalmente es más sencillo identificar su posición a través del ruido que hacen sus integrantes al desplazarse o de las vocalizaciones que emiten, pues el follaje del universo arbóreo permite ver poco, en este contexto el sonido puede guiarnos más que la vista. 

Cuando recibimos una instrucción compleja, generalmente se nos muestra cómo hacer las cosas, reforzándose el ver con el escuchar; es raro que sólo se nos den instrucciones visuales, generalmente visión y comprensión del lenguaje se complementan, así,  vista y  oído se mezclan  para obtener una integración. En la  selva pasa igual, la vista y el oído se potencializan y cooperan para poder procesar la cantidad de estímulos que llegan al sistema cognitivo. Sin duda todo el cuerpo participa de la percepción y análisis de la información,  pero darle prioridad al oído en un ambiente selvático es un ejercicio interesante de la primatología, sobre todo cuando el objetivo es entender ¿qué dicen los monos?

 Bibliografía

  • Burling, R. (1993) Primate Calls, Human Language, and Nonverbal Communication, Current Anthropology, vol. 34, no. I:20-53.
  • Bernardis, P. y M. Gentilucci (2005) Speech and gesture share the same Communications system, Neuropsychologia, vol. XXX: 1-11.
  • Loeches-Alonso, A., F. Carvajal-Molina, J. M. Serrano y S. Fernández-Carriba  (2004) Neuropsicología de la percepción y la expresión facial de emociones: Estudios con niños y primates no humanos, Anales de Psicología, vol.20, no. 002:241-259.
  • Oliveira Dilmar, A.G. y C.Ades (2004) Long-distance calls in Neotropical primates,  Annals of the Brazilian Academy Sciences, vol. 76, no. 2: 393-398.
  • Blair, R.J.R. (2003) Facial Expressions, Their Communicatory Functions and Neuro-Cognitive Substrates, Philosophical Transactions: Biological Sciences, vol. 358, no. 1431: 560-572.

4 comentarios »

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  1. Me gusto, yo tengo una experiencia cuando caminaba con mis abuela por el monte de la sierra mazateca ella me contaba que cuando la primavera (ave) canta es porque nos advierte algo algún peligro y valla que si nos salvo porque cinco metros adelante había un serpiente de cascabel, “escuchar es ver con los oídos”.

    • Gracias por compartir un poco de tu experiencia con AFPQ y con sus lectores.

      Gaby EV

  2. El artículo es muy bueno pero la ortografía es pésima. No pusieron acentos donde sí, y donde no, ahí están. Si no hubiera sido por la calidad de la información, lo dejaba de leer.

    • Mil disculpas por los acentos. En efecto, durante la edición del original se generaron algunos errores. Gracias por seguir leyendo y por el comentario.

      GabyEV


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