Pinceladas de la memoria

Por: Gabriela Espinosa Verde

Transcripción del audio: Juan Valenzuela Sánchez

El encuentro con la antropología

Yo siempre había pensado qu tenía que salir de mi tierra para estudiar algo.

En 1973, cuando tenía 19 años, llegó la representación del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) a Sonora. Abrieron el Centro Regional Noroeste del INAH, en Hermosillo, y necesitaban una secretaria, me solicitaron ayuda para encontrar una y dije que a lo mejor tenía alguién disponible. Entonces, renuncié a mi trabajo y me instalé en el INAH. Para mí fue entrar a un mundo muy distinto, a un mundo más fresco, a un mundo dónde estaban las respuestas que yo había estado buscando.

Trabajé cuatro años con Betriz Braniff y Arturo Olivero, los acompañé a sus excavaciones, a su trabajo de campo, así empecé a ver qué era eso de la antropología y me dije: yo quiero estudiar eso. En provincia, cuando te estás formando en la preparatoria, conoces cosas muy generales sobre la antropología, pero nunca te imaginas que en México hay un lugar en que se puede estudiar.

En 1977 decidí venir a la ciudad de México para iniciar mis estudios en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), en ese tiempo quería ser arquéologa. Llevé el tronco común y eso me permitió tener otra óptica y ver que había muchas antropologías.

De repente me vi parte del Comité Sindical de la Delegación III-24, que aglutina a los trabajadores técnicos y manuales del INAH, mi cargo era el de Secretaria de Trabajo y Conflictos, entonces, los conflictos empezaron para mí.  El cargo lo había ocupado un hombre, una persona muy hábil que había resuelto muchos problemas, y de pronto los trabajadores se encuentran con que el Secretario de Trabajo y Conflictos es una muchacha de 24 años y cuestionaban ¿Qué carácter va a tener frente a las autoridades del INAH para defender nuestros intereses?

Hubo que lidiar con varias cosas: primero, conmigo misma para convencerme de que lo podía hacer; segundo, tratar de convencer a los agremiados, principalmente a los señores, de que una mujer es capaz de hacer las cosas y hacerlas bien. Poco a poco me fui ganando su confianza. Pero no podía con las dos cosas, así que abandoné la escuela por un año para hacerme cargo de mis responsabilidades laborales…

¡Más, en breve!

◊◊◊

Por: Gabriela Espinosa Verde

(Con el apoyo en la transcripción del audio de Juan Valenzuela Sánchez)

Aunque pareciera que en nuestro andar por el mundo seguimos un sólo camino no es así, al igual que las múltiples ramas que  dan forma y diversifican el árbol de la vida, los distintos senderos que recorremos entretejen una singular historia, en este caso la del dr. José Luis Vera Cortes.

Definir quién  se es tiene que ver con lo que se hace

 Desde que llegué a la antropología física dije: esto es lo mío. Supongo que a todo el mundo le pasa el estar enamorado de la disciplina, es una condición importante. Yo estoy enamorado de ella porque es una disciplina interesante en la medida que pretende abarcar muchos campos tradicionalmente divididos.

Soy José Luis Vera, antropólogo físico y me muevo en varios frentes en la antropología física, pero he tenido una aproximación muy histórica, muy filosófica de la disciplina y eso -a veces- hace que uno sea interpretado como una clase de personaje extraño dentro del gremio.

Cuando algún colega me crítica por mi orientación filosófica, pienso: se equivocan porque lo que más me gusta en la vida es la antropología física, lo que pasa es que hay muchas formas de acercarse a ella.

De la biología a la antropología física: de predicador a evangelizado

De chavillo me gustaba mucho la historia y la biología. Cuando tuve que decidir por una licenciatura opté por la biología e ingresé a la Facultad de Ciencias de la UNAM. Todo iba bien y hacia mitad de la carrera conocí a alguien que estudiando biología estaba cansada de ella y se iba a cambiar de carrera. Recuerdo que le dije no te cambies,  la biología se pone muy bien, pero cuéntame a qué te vas a cambiar. Me empezó a hablar de la antropología física y al otro día fui a la ENAH. Esa compañera nunca se cambió, ella se hizo bióloga y yo me hice antropólogo.

 Lo primero que me sorprendió al llegar a la ENAH fue su carácter. Venía de ciencias, en donde de lunes a sábado tenías clases de siete a dos de la tarde con una hora libre entre las diez y las once, con laboratorios y todo eso. Al llegar a la ENAH recuerdo a gente tocando la puerta y preguntando:

 -¿Perdone, este es el taller de la frontera norte?

– No, aquí no es.

Volvían a tocar la puerta y preguntaban:

– ¿Perdón,  este es el taller de lítica?

– No, no, aquí no es…

– ¿Perdón, este es el taller del rock?

Y yo decía ¿qué es esto? ¿En qué institución estoy? Me parecía muy raro y en estas peculiaridades me dí cuenta que la ENAH daba para lo que uno quisiera y a veces a pesar de la ENAH y no gracias a ella. Es decir, la escuela te ofrecía la posibilidad de tomar rutas, de vincularte con gente interesante, de tratar de colaborar con ellos pero tenías que rascarte con tus propias uñas, esa fue mi primera sensación. Eso es algo que no debería ser así. La escuela tiene muchas otras virtudes, sin embargo, la organización y el ofrecer condiciones, a lo mejor, no es su fuerte.

Me gustaba la biología, me gustaba mucho la evolución y en el tránsito descubro la primatología. Para entonces, aun tomaba cursos en la Facultad de Ciencias y estaba inscrito en uno de etología con un profesor de origen armenio, que luego fue rector de la UAM Xochimilco, Avedis Aznavurian. Él nos dio un curso fantástico, trabajamos en el delfinario de Aragón haciendo estudios de cortejo en delfines de hocico de botella (Turciops truncatus). Esto a la vez que estaba en la ENAH y en este contexto entiendo que la primatología y el comportamiento eran el acceso a la evolución.

Con esta perspectiva, empiezo a trabajar desde el segundo semestre, primero sin salario, en Investigaciones Biomédicas en la UNAM con un médico que hacia estudios de fisiología de la conducta, en un tiempo donde no había comités de bioética. En ese momento opté por estudiar  monos verdes africanos en cautiverio. De hecho gané una plaza como técnico académico en ese instituto, pero al no estar claramente establecido el paso de técnico académico a investigador después de cinco años, decido renunciar.

Además, ser antropólogo en biomédicas era una cosa muy extraña. Alguna vez que me presentaron como antropólogo alguien dijo ¡Qué bonito! yo tengo un primo que es poeta, o sea, le parecía que estaba como a la par.

Me acuerdo que dejé biomédicas en diciembre del 90. En ese momento ya me había titulado y lo hice con una tesis que en buena medida salió de ahí, sobre neotenia y evolución humana. Coincidentemente, cuando decido renunciar se abre una plaza en la ENAH para dar cursos de evolución humana, concursé por ella y la gané el 14 de febrero de 1991. Mi rival fue un paleontólogo especialista en mamíferos marinos, por ello no fue difícil ganarle aunque tenía una buena trayectoria, eso fue hace 20 años. Lo paradójico fue que debieron pasar diez o doce años para que pudiera dar un curso de evolución humana porque siempre lo tomaba alguien más.

Neotenia y evolución: la arriesgada tesis de licenciatura

El proceso de la tesis de licenciatura es muy bonito, pero hay que reconocer que al final uno termina reconstruyendo cosas y dándoles un sentido que a lo mejor en ese momento no tuvieron.

Trabajaba con primates y fui corredor en atletismo, competí durante quince años, de tal forma que me interesaba mucho la antropología del deporte y me interesaba la evolución, me interesaban los primates. En este proceso Eyra Cárdenas fue fundamental. No sólo fue mi maestra sino que fuimos muy amigos durante mucho tiempo.

 En aquella época ella estaba a punto de irse de año sabático a Panamá, estoy hablando de principios del 89. Recuerdo que una noche soñé con la tesis, con como de alguna forma podía conjuntar primatología, evolución humana y juego, no deporte, juego.  Para entonces había leído muchas cosas de Stephen Jay Gould. Él era el autor que más me había gustado, me parecía que era una pluma fabulosa. Había estado leyendo cosas de ontogenia y filogenia y soñé la tesis donde podía unir todas esas cosas.

Acto seguido llamé a Eyra y fui a su casa, fue un sábado de enero o febrero, y le dije  quiero hacer la tesis, me quiero titular y quiero titularme antes de que te vayas de año sabático. Me respondió ponte a hacerla, suena bien. Le entregué el proyecto que armé en un fin de semana. El 25 de julio me estaba titulando, pero no fue fácil.

Aun cuando he tenido una orientación muy teórica en la tesis había una parte práctica, hice un estudio craneométrico para el cual tuve que medir cráneos de seres humanos y descarnar cabezas de primates que estaban guardadas en frascos de formol. De hecho eso hizo que perdiera la sensibilidad en las yemas de los dedos durante varias semanas porque se filtraba el formol en los guantes.

Al final yo creo que era una tesis, vista a la distancia, bien arriesgada porque hablé del origen de la cultura a partir no de la morfología sino del retraso en el ritmo de desarrollo y de la permanencia de comportamientos infantiles. Es una tesis breve que conjugó estudios de morfología, evolución y juego, pero que para ser de licenciatura fue muy aventurada, como suelen ser las tesis de licenciatura de la ENAH.

Al respecto, alguna vez, Miguel Botella me dijo ¡qué raro! aquí eligen unos temas de licenciatura que en otros países serían como, ya eres mayor, tienes como 40 años investigando, entonces si abordas esas problemáticas y aquí las agarran de inicio. Creo que es dado los problemas del mercado de trabajo. La tesis es la posibilidad de abordar un tema que realmente te interese desde el inicio. A veces es cierto que no está uno muy maduro como para poderlos abordar, pero también se convierte en una experiencia fundamental en la vida académica de cada uno. Ahora que quieren quitar las tesis de licenciatura, yo pienso que algo se perderá, pero las disciplinas también se transforman.

Luego me enteré que Santiago Genovés votó por ella para premio INAH, pero estaba mal escrita porque la escribí muy a la carrera. A mí sólo me dieron mención honorífica,  gano una chava.

Circunstancias que cambian la vida

Llego y me hago antropólogo con tres eventos: descubrir la filosofía de la ciencia y el propio evolucionismo, participar en un  proyecto como Ludus Vitalis y el apoyo de Santiago Genovés.

Hacia el 90 ocurren dos cosas que marcan mi trayectoria. Una, es el resultado   de renunciar por cuestiones familiares a una beca, que gané para hacer una maestría en morfología funcional de primates y evolución humana en Arizona, Estados Unidos. Ante tal situación me dije mientras me quedo aquí haré una maestría.

Decidí volver a la facultad para hacer la maestría en ciencias porque era la que más tenía evolución y yo sentía que el evolucionismo era un área emblemática para la disciplina, pero poco abordada por los antropólogos físicos. Gracias a que el programa tenía una orientación en historia y filosofía de la biología descubrí la filosofía de la ciencia, la cual me encanto.

El segundo hecho importante fue estar en contacto con las personas que iban a iniciar un proyecto editorial Ludus vitalis, una revista de filosofía de la ciencias de la vida. Ahí conozco muchísima gente que luego se vuelve muy improtante para mí, por ejemplo, José SanMartín, de la Universidad de Valencia, que luego sería mi director de tesis, a quien conozco desde hace 20 años y con quien todos los años tengo proyectos en común. También conocí a Camilo José Cela Conde, de  la Universidad de las islas Baleares, con quien  he tenido mucho intercambio y cada año voy a dar cursos en el posgrado que tiene de congnición y evolución humana.

Esta experiencia me abre un mundo que es muy sano. Creo que la antropología y la antropología física, en particular la mexicana,  había vivido mirándose al ombligo y al entrar en contacto con otras comunidades se comprenden ciertas cosas,  para bien y para mal, es decir, uno a veces sataniza al propio gremio pero en todos lados se cuecen habas.  El salir y darte cuenta en otros espacios que no todo es dorado y que nosotros tampoco estamos tan mal es importante.

 La adopción como hijo académico

 Las disciplinas siempre buscan a sus padres fundadores y gente con la cual vincularse, muchas veces es una decisión personal con quién te quieres vincular pero en mi caso con Santiago Genovés no fue tan así.

Hubo una tercera cosa importante que me ocurre hacia el 90, entrar en contacto con Santiago Genovés. Lo había escuchado y lo había visto en la televisión desde  que yo era pequeño, cuando presentaba documentales de historia, creo que eran de John Clarck, sobre historia universal. Más tarde, debido a que estuve  metido en el mundo del atletismo gané un premio que consistía en escoger una serie de libros de la UNAM y yo escogí La violencia en el país Vasco y sus relaciones con España, de Santiago Genovés.

Por ahí de los 90 me enteró que había sido jurado de los premios INAH y que buscó contactarme porque le había gustado la tesis. Luego me contacta y me propone que hagamos juntos una sala de museo: Una Balsa en el tiempo, de Universum.  En ese momento yo estaba diseñando un par de salas para un museo de Sinaloa, cuando se lo comenté me dijo, ¿estás haciendo un museo? ¡olvídalo! cuando termines me vienes a ver.

Pasa un año, lo voy a ver y me hago su ayudante. Al principio era una relación completamente como de asistente, pero poco a poco nos vamos cayendo bien y poco a poco comienza vincularse conmigo.  A veces me llamaba y me decía:

¡Oye! estoy en casa quiero que vengas pero no quiero que vengas para trabajar, quiero que vengas para platicar, ¿puedes venir?

Sí, si voy.

-Por cierto, estoy en Cuernavaca.

 Me lanzaba a Cuernavaca y pasábamos mañanas hablando de un montón de cosas y además con los amigos. Genovés siempre fue como muy bohemio, conocía gente de muchos sitios. Su vecino en Cuernavaca era Ricardo Garibay y llegaba a casa de Genovés con su ruana y sus chanclas. Hablábamos de literatura y de box.

 Un día que estábamos hablando de box, del Ratón Macías, Garibay se enojó y me dijo mientras golpeaba la mesa:

Usted no puede hablar de eso.

¿Por qué?

Es que usted no tiene edad para haberlo visto

No, pero he leído y también tengo los recuerdos de mi padre y de otras gentes

Está bien, en otro caso debatiría hasta el final pero ahora estoy viejo y ya no lo voy hacer, pero lo invito a mi casa cuando quiera.

 Genovés me dijo que Garibay nunca invitaba y me sugirió que fuera  si era el caso, pero se murió en el inter y nunca fui.

 Probablemente hay antropólogos a los que admiro más que ha  Genovés, pero con él se me abrió un mundo distinto y no tanto por las relaciones sino porque nadie me ha estimulado más en la vida que él. Era ir a verlo y salir de su casa con emoción y diciendo, yo quiero hacer cosas, me estimulaba mucho.

 Un día, justo antes de irme a España, a hacer el doctorado recuerdo que me abrazó, se puso a llorar y me dijo tal vez sea la última vez que nos vemos pero quiero decirte que, y me echó una serie de flores donde me decía de algún modo que me estaba adoptando como su  hijo académico, por decirlo así. Me quedé muy sorprendido, pero ya nos habíamos hecho amigos y pasamos muchas cosas juntos.

 Fue muy bonito que el día de mi defensa, como dicen en España, de la tesis doctoral Santiago Genovés viajara a la Península Ibérica para estar presente, no le dieron la palabra sólo estuvo en el público  y eso fue muy estimulante. Por eso pienso que  hay gente que es importante en tu trayectoria, no tanto por lo que le aprendes sino por lo que te estimula a seguirle par ahí. Pero el apoyo de Genovés también me trajo cosas en contra. Él no era un tipo muy simpático con el mundo, particularmente con el gremio, el hecho de que decididamente me apoyara me trajo directamente bloqueos de mucha gente. Alguna vez que dijo algo muy halagador de mí la siguiente cosa fue que alguien me bloqueó algo más que un artículo sin haber tenido nunca un conflicto, pero Genovés desataba muchas pasiones.

El eslabón perdido y la España rural

Desde la maestría me había orientado hacia la filosofía de las ciencias y ahí empecé a trabajar con el tema del eslabón perdido y en el doctorado lo hago tema de tesis, el resultado El hombre escorzado.

 La lectura de los textos de Gould fue un factor importante porque al ser el padre del “equilibrio puntuado” negaba la idea del eslabón en su discurso, en tanto que su teoría es discontinuista. Luego, al llegar a España mando hacer una búsqueda en la Universidad de Valencia sobre la noción del eslabón perdido para ver la importancia del tema.

 La respuesta a dicha búsqueda fueron pilas y pilas  de fichas que en el título del artículo decían eslabón perdido y que no eran de paleoantropología sino de pedagogía, química, física, astronomía y me contestaron el tema es irrelevante, no hay fichas en paleoantropología. Las pilas de fichas mostraba una visión continuista del cambio donde los eslabones intermedios son entidades importantes para entender una dinámica continua.

La tesis de doctorado se vuelvío muy disfrutable para mí por varios motivos: uno, porque el tema unía varias cosas que me gustaban y cuando eso sucede trato de amalgamarlas en un solo discurso y dos, el proceso de escritura. En España hay mucha vida social, la vida del bar es una vida cotidiana, asisten las familias con los chavos. Después de haber estado dos años, casi tenía que regresar y había avanzado muy poco con la tesis, pido una prorroga y digo, me tengo que aislar para trabajar la tesis.

 Para ello decido irme a un pueblo de montaña al interior de Valencia, Titaguas de la Serranía y ahí permanezco siete meses. Aquel era un pueblo de trescientos habitantes, con tres bares y su población dedicada a la cría de cerdos y el cultivo de olivos, almendros y viñedos. Una vez ahí, yo hacía cuentas y me decía: a mí me gusta dormir, así que si duermo doce horas y luego salgo a caminar como siempre a la ermita cuatro horas, son dieciséis, y si después me voy al bar otras cuatro horas, son veinte, así que no me salvo de trabajar al menos cuatro horas diarias.

Al final me acostaba a dormir a las tres o cuatro de la mañana, me despertaba a las once y me iba a caminar a la ermita y volvía para empezar a trabajar a las cuatro de la tarde y de ahí nuevamente hasta las tres de la mañana. Así salió la tesis y fue muy bonita experiencia conocer el mundo rural español, que es muy distinto al mundo rural mexicano.

Yo me crié en un rollo rural. Toda mi infancia paso cerca de Tepepan en una colonia que recién se formaba donde no había luz, no había agua; había cerdos, había burros, la gente cargaba el agua con aguantadores y cosas de esas. Pero vivir la experiencia en España de ese mundo rural fue muy distinto.

Los habitantes decían un antropólogo aquí en el pueblo ¿Qué estará haciendo? Pensaban que hacía una tesis sobre ellos, las fiestas del pueblo o algo así y cuando les decía estoy trabajando sobre el eslabón perdido, se me quedaban viendo y decían, ¡ah! muy bien, ¡que interesante! La experiencia fue tan importante que cada que voy a España, voy al pueblo porque tengo mi amigo el veterinario, la tendera, sigo teniendo una relación con ellos.

Aprendiendo el arte de la docencia

 La docencia es una experiencia bonita y complementaria. A uno no le enseñan a dar clases. Algunos vienen más o menos capacitados de origen, de fábrica, para hacerlo. Los que no, aprendemos sobre la marcha. Creo que la docencia es una experiencia super importante y formadora no sólo para los estudiantes sino para uno, puesto que cambia la forma como uno da clases.

Hace poco echaba cuentas y  ando por los noventa cursos impartidos. He dado cursos en la ENAH, en la Facultad de Ciencias, en Investigaciones Filosóficas, en Investigaciones Antropológicas de la UNAM, en Chapingo, en el Tec de Monterrey (donde llegue muy prejuiciado y terminó siendo una buena experiencia), en Valencia, en la Universidad Menéndez Pelayo de España, en la de las Islas Baleares, en Palma de Mallorca. He dado clases en muchos sitios y más allá de la experiencia formadora llama mi  atención como cambia, como uno va aprendiendo.

 Cuando empecé a dar clases mi estrategia era decir todo lo que sabía respecto al tema, eran unos cursos infumables porque daba información y muy rápido, no prologaba ni presentaba los temas. No es que fueran malos cursos porque había información, pero eran absolutamente antipedagógicos. Con el tiempo uno se va preguntando qué es lo importante, que la gente aprenda en datos, que tenga información o que aprenda a pensar de una cierta manera o que aprenda a buscar esa información en el momento en que le haga falta.

 A veces, incluso el estimular es extraño.  Yo creo que en la medida en que uno esta estimulado también puede transmitir, pero en ocasiones ocurre que también uno se estimula y los otros no o al contrario.

 A mí me pasa que doy clase respecto de ciertos temas y se me pone la carne de gallina mientras estoy hablando. Luego me da vergüenza por que no quiero pasar por sensiblero. Una vez, hablando de las huellas de Laetoli me emocioné y  se me puso la carne de gallina, me bajaba la camisa para que no me vieran.  Una de las preguntas del examen final fue ¿por qué son importantes las huellas de Laetoli? y una chica contestó, porque emocionan al Profe.

 No sé si ahora doy mejores clases pero la paso mejor. Lo que sí cambio fue el sentido de cómo llevar a un estudiante a aprender, a razonar de una cierta manera. La tasa de mutación de una molécula orgánica, cuando lo requieras la puedes buscar en un libro, pero aprender a pensar evolutivamente es más difícil y, creo yo, más importante.

Siempre cuento la anécdota de una chica de arqueología que tomaba clase con el antiguo testamento en las piernas, era muy religiosa. Recuerdo que en el examen,  particularmente en la parte de evolución humana, fue la que mejor contestó y cuando la felicité me dijo sí, pero no creo ¡eh!, yo no creo en esoAprendí lo que me dijiste pero yo no creo en eso.

 ¿Entonces qué hago la repruebo o la paso? ¿Qué es lo que yo debería enseñar a esta persona? Se aprendió los datos, se aprendió la información y fue capaz, como nadie, de devolvérmelos, me cuestionaba.

 Siempre bromeaba con la idea que uno aprende por regurgitación, tú echas un rollo y valoras como bien o como mal en la medida en que te los devuelvan igual a como se los echaste, es casi aprender por regurgitación, porque si me los devuelves distinto  no los valoro como bien.

 Aquella chica de arqueología acreditó con diez, pero si me puso a pensar que tal vez yo fallé, que no fui capaz. Pero ahí te metes en un terreno difícil, no fui capaz de que aprendiera a pensar evolutivamente pero ella tenía fe y eso tampoco es despreciable porque es un universo importante. Ahora sí que bienaventurados los que tienen fe, yo quisiera, pero no tengo.

 También es difícil dar clases cuando te encuentras de algunos estudiantes de “a ver convénceme” y pues no, si están aprendiendo  no deberían tener esa actitud. La docencia se paga mal en general.  Realmente dar clase, y disfrutar dar clase, obedece a otros argumentos, cuando se da ese clic con un grupo la retribución es de otro orden. No se da siempre pero cuando se llega a dar realmente, dices si vale la pena y a veces se da.

 El gusto por escribir

 El gusto por escribir parte del gusto por leer.

En mi casa no había muchos libros. Mi papá es un señor que no terminó la secundaria pero que siempre le ha gustado leer, sobre todo el periódico. Uno de mis compañeritos de secundaria era hijo de una actriz de teatro clásico, era muy chistoso, porque íbamos a su casa y había desnudos de la mamá en la sala y los chavitos de secundaria no sabíamos bien a bien qué hacer con esa información. Ellos tenían una super biblioteca, de donde pedía libros prestados, al igual que de una biblioteca pública que se encontraba cerca de casa.

 Empecé a leer a lo bruto, pero de cosas que yo ni entendía pero que intuía que ahí había un universo importante. Bajo esas condiciones leí a Proust a los 13 años, no le entendía un carajo pero  decía seguro que hay algo importante. De hecho hace poco vi a la mamá de mi amigo y nos pusimos a platicar. Le regalé un libro que publiqué Las Andanzas del caballero inexistente y le dije te lo regalo Sara porque no sabes lo que tu biblioteca representó para mí.

 Creo que el gusto por escribir me viene de allí, de leer. Escribía como todo el mundo, supongo, en la adolescencia algunas cosas que guardas, que te da pena mostrar. Después, cuando regresé de hacer el doctorado me di cuenta que a escribir se aprende escribiendo, pero hacen falta tips, así que me inscribí en un diplomado de creación literaria. No lo acabé, pero el hecho de obligarte a estar escribiendo y haciendo ejercicios de creación literaria fue importante.

 En ese diplomado de la SOGEM recibí la mejor clase que me hayan dado en la vida, desde el kinder hasta el doctorado, dramaturgia que la impartía Hugo Argüelles. Recuerdo que al final de la clase las personas se levantaban y aplaudía como si fuera una conferencia magistral, todas las clases.

 Los textos académicos los suelo escribir como ensayos, como los textos con otra pretensión, porque creo que no son tan distintos,  en el fondo buscan algo parecido que en el caso de los textos académicos no sólo es desatar un razonamiento sino provocar una emoción que te vincule más. Esto del lenguaje literario y el lenguaje científico no tendrían que ser tan excluyentes creo, pero en fin.

 La posibilidad de escribir un texto más libre convierte al hecho de escribir en una experiencia que disfruto mucho. Escribo muy rápido, una ponencia a veces termino escribiéndola dos días antes o la noche previa a su presentación, pero la llevo pensando tres meses. Entonces es ficticio el cuánto tardas, la escritura me sale rápido, pero el diseñarlo, el plantearlo me lleva más tiempo.

 Evo Dev(b)o y la Fabulosa máquina del dr. Cronos

 No es la primera vez que hago radio, en España tuve un programa sobre música y literatura mexicana, no hablé de ciencia. Era hora y media  los miércoles. El radio engancha mucho, es muy bonito porque potencialmente te oye mucha gente pero tú ahí estas en corto, no ves a la gente y eso te aligera.

La idea del programa de radio on-line Evo Dev(b)o es de Bernardo Robles y Axel Baños, entonces, como ellos adoptan antropólogos me invitaron un día y me la pase muy bien, por lo que me sugirieron que inventará algo para el programa. Lo primero que pensé es que como tengo muy buena memoria y Fernando López dice que soy la enciclopedia de los conocimientos inútiles, pensé en hacer gala de anécdotas de la historia de la ciencia o de lo que fuera, para recurrir a datos chuscos,  divertidos pero inútiles.

Me gusta mucho el libro y la película de La máquina del tiempo, entonces pensé que tal viajar en el tiempo en una máquina que está descompuesta y te manda donde quiere, eso te permite ir al futuro, ir al pasado, ir a donde quieras. Pero quería jugar con la idea de que el que viaja es otro, el inventor de la máquina, el dr. Cronos.

El problema es cuando el dr. Cronos viaja al futuro, tengo que inventar más cosas que cuando viaja al pasado porque para el pasado tienes todos los elementos. Por ejemplo, la historia del viaje que hizo Cronos al descubrimiento de la estructura del ADN, la detonó el hecho de que el fin de semana estaba viendo llover y vi dos gotas que se entrecruzaban en el cristal. El resto es ambientar y  como me gusta mucho la historia de la ciencia tengo datos. Mucho de lo que digo es cierto, me invento algunas cosas, la ambientación, pero muchos de los datos son reales, a Watson no le gustaba ir al laboratorio, pensaba que Crick era un petulante, le gustaba quedarse en la casa de los amigos. Sobre la base de cosas como esas invento. El momento de ponerme a escribir es muy sabroso.

¿Antropología Física para qué?

La mayor parte de nosotros no vamos a vivir más de noventa años y si esos están marcados por una forma más interesante y noble de interactuar con el mundo me parece que eso ya vale mucho la pena. ¿Antropología física para qué?  Por una parte, esto que tiene que ver con el compromiso social; por la otra, una visión del mundo distinta con formas de interacción diferentes y más ricas, que finalmente se traduce en forma mejores de vivir, en la medida en que se es capaz de asimilar un discurso fundamentalmente humanista.

Antropología Física para todos. En antropología física tienes una parte aplicable, muy instrumentable, que puede cumplir una labor clara: hacer estudios de nutrición y si  luego se traducen en políticas hay un conocimiento y una aplicación. Así muchas áreas de la antropología física pueden tener un impacto social y en ese sentido son importantes porque cumplen una labor y le dan a la disciplina una presencia ante la sociedad, pero esa es una visión muy instrumentalista.

 La idea de una antropología aplicada es noble en principio, pero no quiere decir que todo aquello que no sea aplicable no tenga un valor. A veces los tecnócratas piensan que todo debe de ir en esa línea, que si el conocimiento se traduce en conocimiento aplicado o en técnicas, en desarrollo, entonces el conocimiento vale.  No creo que sea así, aunque esa parte también es importante.

 Yo me voy al presupuesto aquel de los marxistas clásicos que decían uno conoce en la medida en que transforma y transforma en la medida en que conoce, y más recientemente con los postulados de Hacking de representar e intervenir, es decir,  el conocimiento es transformador por sí mismo aunque no se aplique en tecnología, el conocimiento posibilita formas de interacción diferentes con el mundo, entonces el conocimiento por sí mismo es importante.

  Habiendo trabajado mucho tiempo en docencia a veces piensas, cuando ves un grupo de colegas, ¿y donde se van a acomodar? ¿van a poder vivir de ello o no van a poder vivir de ello? No es exclusivo de la antropología física y más ahora, es difícil encontrar un mercado de trabajo y piensas ojalá se puedan vincular, pero que si no lo logran seguramente la antropología les habrá dado un ángulo de visión, una mirada, una forma de ver la vida que te cambia y que hace que vivas de modo distinto.

A lo mejor no terminan trabajando todos de ello, pero el hecho de haber aprendido una disciplina, una ciencia, ciertos postulados, hace que mires el mundo de forma diferente y en el caso de la antropología hace que mires el mundo de un modo mucho más rico, o así debería de ser al menos. Conozco gente que la antropología no sólo les cambio la vida porque  lograron un modus vivendi sino porque les cambió su visión del mundo y eso no es poco.

Recuerdo a Anabella Barragán, fue compañera de mi generación y ya era típica entonces. A ella le transformó, le enriqueció tanto, ahora además vive de ello, pero ella ¿cuánto tiempo no vivió de ello? vivió para ello. Entonces, si  el conocimiento es transformador, la antropología física que aborda una temática tan interesante como nosotros mismos, vistos desde ciertos esquemas, te posibilita diferentes formas de interactuar con el mundo, formas más ricas e interesantes.

 Su vida ligada al atletismo no sólo incidió sobre la temática de la tesis de licenciatura, sino también sobre otro de los senderos en la vida del dr. Vera, los estudios de experiencia y corporeidad que se acercan a las individualidades y que al teorizar sobre el cuerpo lo conducen a otra temática de su interés, el racismo en México y sus expresiones.

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Por: María Teresa Menéndez Taboada

Transcripción: Rodrigo Daniel Hernández Medina

Los inicios de una carrera…

En la preparatoria lo que me gustaba era fundamentalmente la filosofía. Filosofía y Letras era la carrera que yo había escogido originalmente para mí, pero tuve un profesor fantástico en la parte de biología que me entusiasmó bastante por este ramo e inclusive estuve como ayudante de laboratorio; era una cuestión honorífica en la Universidad de San Luis Potosí.

Una vez que terminé la preparatoria vine a México, a la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Politécnico. Eso fue en 1961 (soy de la generación 1961-65 ) y creo que fui muy afortunado porque tuve profesores que acababan de regresar de hacer sus maestrías o doctorados en Europa o Estados Unidos, entonces nos brindaron la información más reciente que ellos habían obtenido en el extranjero, entonces, la formación que yo tuve fue un privilegio.

Esto no quiere decir que yo aprendí todo lo que me dijeron, pero me proporcionó la idea de una frescura completamente diferente.

¿Qué le gustaba a Lauro en aquel entonces, además del estudio?

Previo al ingreso a la profesional, tenía lecturas de literatura bastante amplias, me gustaba la literatura y leía muchas novelas de diversos cortes; empezando desde los clásicos y todo lo que pude leer. En ese tiempo consideraba que tenía espacios libres para la lectura pero, cuando llegué a la profesional, decidí romper con las lecturas de literatura para poder leer aspectos que sabía que no iba a poder abordar más tarde. Como mi preferencia era hacia la botánica, privilegié la zoología que, según yo,  nunca iba a volver a ver. Así, también asistí a laboratorios de bacteriología, microzoología, hasta estuve en el laboratorio de parasitología como ayudante, porque yo sabía que eso no lo iba a volver a ver y era mi oportunidad para saber qué cosa era aquello.

No tenía muchos distractores, alguna vez y lo recuerdan mis compañeros de generación, me tuvieron que “raptar”, uno me agarró de un brazo y otro me agarró de otro brazo, pararon un taxi y así nos metimos los tres en el asiento de atrás para que yo no me fuera, ¡y es que me habían invitado a escuchar a Louis Armstrong en el Auditorio! Claro que fue fascinante, pero sí, era como ratón en ese entonces.

Entre plantas, polen y prehistoria…

En la parte de ciencias biológicas yo aspiraba a ser botánico, eso es lo que yo quería hacer y en el último año de mi carrera, en 1965, tuve la oportunidad de conocer al profesor José Luis Lorenzo, que en ese momento era el Director del Departamento de Prehistoria del Instituto. En ese momento el Departamento de Prehistoria constaba de dos cubículos; el cubículo de la Dirección donde estaba el profesor José Luis Lorenzo, y una sala, en la calle de Moneda 16, bastante grande donde estaban apiñados todos los arqueólogos que pretendían hacer prehistoria.

Después me ofrecieron la posibilidad de entrar al Instituto, aspecto que tomé y desde luego lo que les interesaba al Departamento de Prehistoria, no era la botánica a la que yo aspiraba, sino la botánica para especializarse en palinología. Acepté con la idea que yo no sabía nada de palinología, así es que era cuestión de tener que enseñarme, como  autodidacta porque en México en ese momento no había quién supiera de palinología. Bueno, Mónica Bopp Oeste, era arqueóloga,  había estudiado algo de palinología en Nueva York  y los primeros trabajos en esa área en México, son de ella, sólo que Bopp no hizo escuela.

Por otro lado cabe agregar que en esos momentos el edificio de Moneda 16 que albergaba a la Escuela Nacional de Antropología e Historia, se cambió de sede al nuevo Museo de Antropología. Entonces el edificio colonial quedó vacío y el Departamento de Prehistoria se expandió por todos lados; creció como lechuga hasta ocupar todo el edificio.

Entonces hubo la posibilidad de crear un laboratorio de extracción de granos de polen y una parte del laboratorio para análisis microscópico; lo que yo hacía en aquel momento era más bien descripción morfológica de granos de polen actuales, lo que finalmente fue mi tesis en la Escuela de Ciencias Biológicas. Una vez que terminé,  tuve oportunidad de hacer mi estancia en el laboratorio de Tumamoc Hill, a cargo en aquel momento de Paul Martin, connotado paleontólogo, que se había dedicado como parte de su formación, a hacer análisis polínicos. Por aquella época escribió una obra sobre el suroeste de Estados Unidos que tituló Los últimos 10,000 años.

Por esta obra y por trabajos que él había desarrollado en el campo de la zoología,  tenía enorme fama y le escribí para ver si era posible trabajar y aprender la extracción de granos de polen y la valoración y cuantificación de granos de polen fósil. Me contestó que sí y tuve la oportunidad de ir a trabajar al lado de Paul Martin, un espléndido hombre y una personalidad muy abierta y que realmente me brindó toda suerte de facilidades para trabajar.

Llevé unas muestras de tierra de una excavación que se estaba iniciando por aquellos momentos en Tlapacoya y allá hice la primera extracción de granos fósiles. La hice en el laboratorio de Tumamoc Hill en Tucson.  Fue muy satisfactorio todo el tiempo que estuve allá y aprendí una técnica de extracción que es una maravilla, fue la que yo traje y que finalmente implanté en el Departamento de Prehistoria de aquel momento.

Heredando la Palinología

En el último Congreso Nacional de Botánica de México y el Primer Congreso Internacional de Botánica, vinieron varios investigadores de diversas partes del mundo y ahí conocí al doctor Thomas van der Hammen, holandés, que había estudiado el Pleistoceno de Colombia. Como se había casado con una colombiana, hablaba perfectamente el español y le pedí personalmente si podía aceptarme en su laboratorio, en Ámsterdam y pues me abrió las puertas y el INAH me brindó todo el apoyo económico para trasladarme.

Thomas van der Hammen me enseñó otra suerte de valorar los granos de polen. Él era alumno directo del fundador de la palinología en Europa, von Post, así que en esa secuencia soy como nieto del fundador de la palinología.

De esta manera se me hizo bastante claro ya en términos ecológicos lo que significaban los granos de polen, entonces le imprimí una suerte de característica especial al análisis polínico en México, de manera que cuando se celebró el Primer Coloquio de Palinología en México, vinieron ora vez los especialistas de Estados Unidos y escucharon mis interpretaciones y me invitaron a dar una conferencia a Tumamoc Hill,  para mostrarle a Paul S. Martin mis resultados y el tipo de inferencias que estaba haciendo, lo cual era particularmente contrapuesto a lo que él hacía.

Fue muy satisfactorio que me invitaran al lugar donde estuve por primera vez, pues esto de darle un enfoque diferente, ser un poco contestatario de no adecuarme a las reglas, no aceptar todo lo que se me dice sino estarle buscando, ha sido una característica de mi personalidad para bien y para mal, un poco porque esto también me ha costado una serie de sinsabores como cambios de trabajo.

Conformando una trayectoria…

En Prehistoria estuve a lo largo de quince años y de ahí me pasé a Salvamento Arqueológico, aunque quise seguir con la parte de palinología en esta otra parte del Instituto, nunca hubo los recursos suficientes para implantar un laboratorio en forma y, además, los intereses que se tenían eran diferentes. Ahí imperaba la velocidad, porque ese tipo de arqueología se tiene que hacer de manera muy veloz. Así que no es lo mejor para un trabajo que requiere muchísimo tiempo, de todas maneras ahí tuve la oportunidad de dedicarme a otro tipo de análisis que fue la identificación de semillas. Por cierto tengo por ahí sin publicar, una clave de identificación de semillas que era mi fundamento y bueno para hacer esa clave invertí muchísimo tiempo en lograrla y fue precisamente mi falta de resultados en Salvamento una de las cuestiones más criticadas, una dependencia donde las cosas les urgían y yo no tenía el tiempo que necesitaba.

De cualquier manera tuve la oportunidad de llegar en Salvamento Arqueológico, al proyecto de Xochimilco y pude analizar infinidad de chinampas, formando así una colección fabulosa que tiene más de un centenar de especies  diferentes de vegetales, identificados casi todos a partir de semillas. Existen también muchas evidencias de fauna, como moluscos de agua dulce,  algunos de ellos extintos por completo y que ya no se conocen en la cuenca de México, a lo mejor existen en otras partes, pero aquí ya no. Lo mismo ocurre para algunas de las semillas y plantas que ocuparon el agua inicialmente. Ese trabajo también está bloqueado porque no lo pude concluir en forma de redacción, de monografía; sólo existe un informe que entregué al Departamento de Salvamento en dos volúmenes, pero no está publicado. La situación ahí se hizo bastante tensa y preferí cambiarme a la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Pasé 17 años en salvamento, nada más.

Su incursión en la ENAH y a la Antropología Física.

Llegué a la Escuela en 1998, de manera que tengo 12 años aquí. Inicialmente, como he trabajado tanto con arqueología, pensé en entrar justamente a esa rama, máxime que yo implanté en la Escuela de Antropología el curso de Ecología para arqueólogos. La primera vez que impartí esta materia fue en el Museo Nacional de Antropología y fue una optativa, pero vieron la importancia que tiene la ecología sobre todo cuando se dieron cuenta que era el sustrato sobre el cual se basaba lo que en aquel momento se llamaba la Nueva Arqueología. También impartí dicha asignatura en la Universidad de Morelos, durante varios años y estuve en la Universidad Autónoma de México, en lo que en aquel tiempo se llamaba la ENEP Zaragoza, pero ahí impartí una materia que ha sido siempre una fascinación para mí, que es la Geología Histórica.

Impartí a la carrera de Biología la materia de Geología Histórica,  pues esa es la parte fundamental de la evolución, y es casi por satisfacción personal que decidí impartirla.

Más adelante, como ya había varios biólogos que daban esta clase en arqueología, decidí pasarme a Antropología Física, aprovechando que estaba aquí casi de recién ingreso el doctor Sergio López, a quien conocía de muchos años atrás porque ambos estuvimos en el Sindicato de Investigadores, entonces él fue Secretario de Organización y yo Secretario de Trabajo y Conflictos. Nos conocimos desde aquellos remotos años y él me abrió las puertas de la academia de Antropología Física para ver si podía entrar. Me dieron una audiencia y expuse mis deseos de participar en esta licenciatura, en respuesta me pasaron las materias obligatorias que se impartían en la carrera y dijeron ¿de aquí qué puedes impartir? Entonces vi una materia que se llamaba Antropología Ecológica y otra que se llamaba Geología Histórica y dije pues ésta y aquella. Así entré a Antropología Física.

He seguido la parte ecológica, antes era la ecología del pasado a través de los granos de polen, después fue ecología a través de semillas, ahora es ecología en donde el hombre está involucrado, pero creo que con mi carácter de no quedarme con los brazos cruzados, le di un sesgo a la antropología ecológica. Estas son dos disciplinas que engloban todo; la ecología es una disciplina, tradicionalmente multidisciplinaria, podríamos decir transdisciplinaria aunque no me gusta el término, pero en fin, se nutre de muchas disciplinas y la antropología también es una disciplina que tiene múltiples facetas que aborda al hombre desde diferentes niveles, no nada más la parte biológica sino también la parte psicológica y la parte cultural.

Me he dado a la tarea de ver el origen de la cultura y no aceptar la cultura como algo hecho, sino rascar en sus orígenes si es posible; creo que mi profundización en el campo de la antropología está por ese camino: ver el origen de la cultura.

No sé, a lo mejor hago muchas bolas a los alumnos al tratar de meterles esta visión que por otro lado no es ortodoxa y que puede crear muchos conflictos, con inclusive otros cursos que se imparten de manera más ortodoxa a lo que yo hago.

Reflexionando en Antropología y Ecología.

Sigo pensando que esto es lo mejor a lo que yo puedo aspirar. Creo que a los alumnos les debo inculcar también este espíritu de rebeldía hacia los hechos dados. En la ciencia y sobretodo en el campo de la Antropología Física, se conjunta el aspecto biológico y cultural. La ciencia tiene un lenguaje muy propio, en el sentido de lo que dicta la ciencia es lo que ya nadie puede tocar; en este sentido creo que la ecología, al tener cimientos en tantas disciplinas aborda este nivel. Por otro lado, la antropología y sobre todo algunos sectores de ésta y hasta de la filosofía dicen que la ciencia es ideología, en contraposición con el sentir sublime que tiene la ciencia de sí misma, las humanidades le bajan la espuma pero rapidito. Creo que en ese sentido es muy conveniente que estén bajo un mismo prisma antropología y ecología.

Creo que los alumnos deben buscarse su propia personalidad y de la misma manera que fenotípicamente todos somos diferentes, creo que intelectualmente deben ser todos diferentes también, no tenemos que formar robots que salgan de una carrera, ésta o cualquier otra, pensando todos de la misma manera, creo que la obligación es motivarlos para aflore la diversidad.

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Por: Gabriela Espinosa Verde

(Con el apoyo en la transcripción del audio de Juan Valenzuela Sánchez)

La historia individual esta inevitablemente atada a la historia social por la que ésta transcurre, por ello, las siguientes pinceladas nos hablan no sólo de quién fue y quién es José Luis Fernández sino también de ese México en el que ha vivido.

Del sueño de ser médico al de ser arquitecto

“Yo me he dedicado siempre a cosas muy de gabinete. No soy un antropólogo de campo, he ido cuando he tenido que ir. El mundo empírico para mí está muy lejos de mí aparato cognitivo, siempre le he dicho a mis compañeros y alumnos: ‘Yo soy etéreo’. Nunca me ha gustado viajar, es algo que no está en la emoción de mi vida. Más allá de la librería Gandhi no llego. Esto es muy censurable, pero así me gusta, así he elegido un poco este camino.”

Nací en el Distrito Federal hace muchos años, en 1953. Cuando era chico yo quería ser médico. Mi papá me llevaba a la matinée a ver películas de monstruos: Frankenstein, El hombre lobo, Drácula, en ellas siempre uno de los héroes es el doctor, el científico, el que hace cosas. Ahora entiendo que era un doctor en ciencias, pero en ese tiempo no entendía la diferencia entre médico y doctor y quería ser médico.

Pasa el tiempo, muchos años, termino primaria, empiezo secundaria  y por allá del 66 empecé a trabajar como ayudante de mecánico, ayudante de hojalatero, etc. A los 17 años me hice barnizador y de eso me mantuve toda mi vida. Mis intereses se fueron más hacia la arquitectura porque al ser barnizador yo trabajaba mucho con arquitectos en cosas de decoración de interiores, entonces yo quería ser arquitecto.

Los clientes comentaban que la medicina y la arquitectura eran carreras muy caras. Los que eran arquitectos me decían: “los pinceles, los cuadernos, los aparatos que usan los arquitectos para dibujar son carísimos, el restirador” y yo era pobre.

Los médicos me decían algo peor: “usted como barnizador no va a poder estudiar medicina, porque la medicina es tiempo completo en la facultad y luego hay que hacer guardias de 24 horas en los hospitales y usted no puede llegar con las manos llenas de barniz ni de pintura ni de nada, usted no puede estudiar medicina sino tiene quien lo mantenga”, entonces desistí.

Para esto empecé a estudiar la secundaria nocturna porque en mi época normal no la terminé. La reinicié por ahí del año 69 en lo que se llamaba “Escuela Secundaria Nocturna para Trabajadores”, donde el turno era de 5 a 9. La terminé y me quedé pensando: sí arquitecto, yo quería ser arquitecto para hacer diseño interior, decoración de interiores.

¡A la antropología física por culpa de Tacho! (y de la lingüística)

“La lingüística, fue la razón por la que llegué a la Antropología Física, fue de puro accidente, porque no fui por mi cuenta, fui a acompañar a Tacho.”

Hago mi examen de admisión a la preparatoria y por ese tiempo estaba empezando el nuevo sistema que se llamaba Colegio de Ciencias y Humanidades, yo quería la prepa pero me tocó el CCH en el pedregal, el CCH Sur. Ahí nos daban muchas cosas de humanidades: literatura, lectura de clásicos, redacción; luego yo tomé griego, latín, estética, que era como filosofía del arte y me empezó a gustar esa temática.

Terminé los seis semestres e hice el intento de entrar a la Escuela Superior Nocturna de Música y reprobé. Luego hice el intento de entrar a la Esmeralda para ser escultor y reprobé. Entré a la Facultad de Filosofía y Letras a la carrera de Lengua y literatura Hispánica, pero yo no quería ser poeta ni novelista ni escritor ni nada de eso, yo quería ser lingüista. De hecho la lingüística todavía es mi amor oculto. Quería ser filólogo. Mi meta trazada era: estudio Literatura, me recibo y me voy al Colegio de México a estudiar en el Centro de Lingüística para ser filólogo.

En una ocasión, un compañero mío del CCH que estaba en la facultad como oyente, Tacho, Anastasio se llama, me dice: “¡Oye! acompáñame a antropología por que ahí dan ocho seminarios del capital”  y él era marxista. En ese momento no tenía que hacer y le digo “vamos”.

El profesor Javier Romero era el Director de la Escuela [de Antropología] en ese tiempo y la escuela estaba en Chapultepec, en el Museo de Antropología  y mientras Tacho se va a buscar a no sé quien para que le diera informes, me quedo ahí viendo los miles de papeles que siempre están pegados en la escuela y encuentro un plan de estudios de la carrera de lingüística, en ese momento se me iluminó la vida y dije “esto es lo que yo busco precisamente”.

En ese tiempo estaba empezando el propedéutico, voy a hablar con el maestro Javier Romero, porque pensaba que la máxima autoridad como en cualquier escuela del mundo, era el director, y no, resulta que era algo que se llamaba “El Comité de Lucha”, que eran maestros y estudiantes, era la época del marxismo. El maestro Romero me dice: “Sí, no hay ningún problema tome su curso propedéutico”.

Me inscribí en el curso, que era muy largo, duraba casi un mes con clases diario. Estudiantes de octavo semestre lo impartían y la mayoría eran militantes de partidos de izquierda, que en ese tiempo eran clandestinos: el Partido Comunista, el Partido Revolucionario del Trabajo, el PT que ya existía y algún otro.

Todos los compañeros que iban al propedéutico nos hicimos muy buenos amigos. Entre ellos andaba aspirando a la carrera, aunque él ya era restaurador, Luciano Cedillo, que en una época no muy lejana fue el Director del Instituto [Nacional de Antropología e Historia]. Yo me sentía muy a gusto con estos compañeros porque era como ir a ver a los amigos y lo demás era grilla, era como adoctrinamiento político partidista.

Dejé de tomar en serio la carrera de letras y me inscribí 1976 a la Escuela de Antropología con el fin de estudiar lingüística. En ese tiempo no era como ahora un proceso de aceptación de parte de la Institución sino nosotros decidíamos si aceptábamos o no quedarnos en la escuela. Yo dije: “me quedo en antropología”.

Uno no entraba directamente a la carrera sino que hacía tres semestres de años generales y en tercer semestre llevaba introducción a las demás especialidades: antropología social, etnohistoria, arqueología, lingüística y antropología física, y un curso de estadística.

El profesor que me tocó de lingüística era la decepción, era una maestra.  Yo estaba decepcionado porque en la carrera de literatura había llevado un poquito de filología, un poquito de lingüística, un poquito de fonética, y decía “esto no es lo que yo espero de la lingüística y si esto es lo que enseñan aquí, pues yo no me meto”.

Había otro profesor que nos dio la materia de Antropología Física general,  Alfonso Sandoval, un maestro maravilloso, la quinta maravilla dando clases y nos hablaba de la genética, la fisiología, el neandertal, los australopitecos, la evolución del hombre, todo aquello interesantísimo y entonces mis viejas intenciones de ser médico me revivieron  y dije “esto es como medicina, voy a llevar bioquímica y fisiología y anatomía  y esas cosa de la evolución”. En el cuarto semestre se elegía la carrera y yo me metí a Antropología Física.

La formación como antropólogo físico

“Fernando Montiel, un maestro impresionantemente bueno, que nos daba bioquímica nos hacia ver, que eran aspectos muy biológicos, que él no sabía de lo otro en cuestiones sociológicas ni políticas ni nada y que no nos iba a poder ayudar en ese aspecto. Nosotros nos sentíamos como si empezáramos a estudiar la carrera en el cuarto semestre y los tres anteriores de repente no nos eran muy útiles ni muy importantes ni  muy sólidos”.

Los tres primeros semestres eran materias generales de puro marxismo. En el plan de estudios había materias como hábitat, economía y sociedad, metodología de las ciencias sociales, historia del pensamiento antropológico, pero en la realidad lo que nos daban era materialismo histórico, materialismo dialéctico y economía política, era la época en que el marxismo estaba en efervescencia.

Esto provocaba un choque fuerte al entrar a la licenciatura propiamente dicha porque durante tres semestres nos hacían como medios militantes marxistas. Éramos unos híbridos un poco mal hechos de medio economista, medio sociólogo, medio politólogo, medio científico social y cuando entrabamos a las licenciaturas había una ruptura brutal, excepto en antropología social, ellos seguían teniendo cuestiones campesinas, teoría del estado, este tipo de cosas que si ofrecían continuidad a lo largo de los ocho semestres.

Nosotros, sin en cambio, llevábamos fisiología, bioquímica y anatomía. Después de haber llevado marxismo eso era brutal.  El profesor que nos daba la clase de anatomía, el Dr. Carlos Guzmán Cuervo, que era el anatomista de la Escuela Superior de Medicina del Politécnico, nos decía: “miren, aquí, hablando de músculos, por ejemplo, una inserción de origen es eso y una inserción propiamente dicha, es eso. Aquí no hay que la del proletario es diferente que la del burgués, evolutivamente así pasa. Entonces, por favor, no me vayan a empezar a decir que si el proletariado, que si la anatomía del burgués, que si la anatomía del obrero”.

Ya estábamos dentro de la carrera y empezábamos a llevar materias específicas de la especialidad, en ese tiempo no se decía la licenciatura se decía “la especialidad”.  Empezamos a conocer a los antropólogos físicos mexicanos que estaban en ejercicio en el INAH y en la UNAM. Conocimos al Dr. Carlos Serrano, quien nos dio paleoantropología y evolución, y a la postre fue mi director de tesis.

El Dr. Fernando Montiel, nos daba bioquímica y fisiología y después nos dio otras materias optativas, algo equivalente a embriología, un laboratorio de biología molecular y dos cursos de antropología molecular. Cuando en este país no se hablaba de ello, él no lo mencionó y cinco compañeros le pedimos un curso de antropología molecular. Nos dio dos semestres y de ahí elegí hacer mi tesis, una tesis malísima, pero en ese tiempo nadie hablaba de eso y entonces era una novedad. Además, sólo duré un semestre como pasante.

Hay dos cosas que son históricas en mi currículo, una de ellas es que  cuando yo me titulo estaban en la media luna, donde antes se hacían los exámenes profesionales y ahora es la sala de exposiciones temporales, Carlos Serrano, Fernando Montiel y Santiago Genovés como mis sinodales. Me acuerdo que Genovés dijo en público que “era la primera vez en su vida que era sinodal en México y en el nivel de licenciatura”.

Genovés siempre fue mi ídolo, lo consideraba el antropólogo más importante de este país, el más sólido, el más pesado, el más productivo, el más sabio y accedió a ser mi sinodal porque en un congreso alguien dio una ponencia sobre cosas moleculares y me escuchó hacer un comentario, llamé su atención y de ahí hicimos una buena relación.

Los avatares de la vida profesional

“Mi interés fundamental en la antropología física se centró en la evolución humana. Durante los primeros años de mi desarrollo profesional, ya una vez como pasante y luego como licenciado, fue haber hecho trabajitos, ponencias, cosas sobre evolución, tanto de antropología molecular como de evolución del lenguaje y del cerebro.”

Intenté meterme a hacer psicobiología, de hecho estuve inscrito en el posgrado de  la Facultad de Psicología de la UNAM.  Aun no existía el Instituto Mexicano de Psiquiatría. Los ancestros de la tropa de primates que ahora está en psiquiatría en ese tiempo estaban en la Sección de Investigaciones Cerebrales, en el Instituto Nacional de Neurología, donde estuve como estudiante de posgrado, pero me retiré porque no era lo que yo pensaba, no iba con mis intereses.

Yo quería investigar para mi tesis la evolución del ritmo alfa en el cerebro porque resulta que los chimpancés, de todos los primates no humanos, dicen los expertos, son los únicos que tienen un patrón cerebral muy parecido al ritmo alfa. El ritmo alfa sólo lo tienen dos animales en el universo viviente: los delfines y los seres humanos.

Después, tomé algunos cursos de la maestría de lingüística en la ENAH, pero apenas empezaba y estaba muy desorganizada. Después hice la maestría en pedagogía, esa si la terminé, incluso mi trabajo lo hice sobre cuestiones de adquisición del lenguaje y aprendizaje. Luego ya hice mis cursos del doctorado en antropología y en este momento estoy tratando de terminar la tesis.

En todo este inter empecé a dar clases primero como profesor de hora-semana-mes, en unas materias que ya no existen, una se llamaba antropología general y otra antropología física general.  Ahí empecé a probarme como maestro y me di cuenta  que  me gustaba dar clases. No sé si lo hago bien pero me siento cómodo, me encuentro como en mi elemento, me siento muy relajado, me divierto, me gusta. Por esa razón, me metí a estudiar pedagogía para aprender cuestiones de educación.

Cuando nos movimos al edificio de Cuicuilco, la doctora Eyra Cárdenas, quien fue mi gran amiga, era la coordinadora de la carrera. En ese tiempo no había jefatura se llamaban coordinaciones porque no era un cargo honorario, no tenía un sobresueldo.  Entonces, se abrió el concurso de oposición para una plaza de medio tiempo, fuimos varios compañeros de mi generación a concursar y yo gané por que ya era licenciado.

Luego pedí el tiempo completo y no me lo otorgaban por disciplina presupuesta. Más recientemente, se liberó una plaza de tiempo completo para la Dirección de Antropología Física (DAF), renuncié a mi plaza de medio tiempo y concursé por la de tiempo completo. Después, me enteré porque me lo dijo la que, en ese tiempo, era la jefa de personal del Instituto, que yo había puesto a discutir y a buscar en documentos mi caso porque en la historia del Instituto nunca había pasado que un investigador ya contratado con plaza definitiva, concursara por una de tiempo completo, por que eso no era así, era automático, uno simplemente pedía el tiempo completo y se lo daban ya estando titulado.

Soy, creo, el único investigador que en la misma institución ha hecho dos concursos de oposición en diferentes instalaciones del Instituto: una en la  ENAH por allá de 1981, y otra en el 89 ó el 90 para la Dirección de Antropología Física. Eso es el otro evento histórico en mi curriculum.

Ameghino y la historia de las ciencias

“Ahora les digo a los estudiantes y a mis exalumnos, cuando me preguntan sobre evolución, ‘que me volví mormón y ya el evolucionismo y la evolución no muy me interesan, ya no me deslumbran, ya no tanto’. Algunos lo entienden como broma, otros creen que es en serio, que sí soy mormón, no es cierto, es una forma de decir: “la evolución ya no es la pasión de mi vida como lo fue en algún momento”. Ahora estoy muy desactualizado cosa que en otros años no ocurría.”

El episodio de Ameghino es anecdótico. La convocatoria en la que participé para ganar la plaza de tiempo completo solicitaba un osteólogo y yo no era tal, entonces me puse a pensar ¿que proyecto hago? Terminé haciendo algo sobre cráneos precerámicos, es decir, cuestiones de poblamiento y  prehistoria de América. En ese contexto, entre otros autores entro en contacto con la obra de Florentino Ameghino porque el hablaba del origen del hombre en América.

Me pongo a buscar cosas y no encontraba más que referencias muy malas, inclusive ofensivas hacia él, pero un día por casualidad me llegó el catalogo completo de su obra, tenía 276 publicaciones, yo dije: “un señor que como investigador ha escrito 276 cosas entre libros y artículos; en inglés, en francés y en español no puede ser ningún tonto como lo insinuaban”.

Me puse a estudiar sus libros, me costó mucho trabajo encontrarlos entre bibliotecas y librerías de viejo.  Además, debí estudiar, aprender y entender la historia de la Argentina del siglo XIX para contextualizar la importancia científica, social y cultural de Ameghino, la cual es importantísima porque cuando Sarmiento sube a la presidencia, en 1868, se pone a estudiar la obra de Ameghino porque lo admiraba mucho. Con base en ello, abre una política de poblamiento, una política demográfica de una región que estaba desierta porque Juan Manuel de Rosas había eliminado a los indios. Por eso Argentina es de pobladores europeos, entre italianos, alemanes, suizos, suecos, polacos, etc. Además, siempre he sostenido que Ameghino es el introductor del darwinismo  y el fundador de los estudios paleoantropológicos en América Latina.

Justamente entrando en este contexto, me tuve que adentrar en cuestiones de historia de la ciencia. Para ello, un arqueólogo que fue mi alumno y ahora somos grandes amigos: el arqueólogo Martín Rojas me enseñó todo esto. Él es mi maestro de epistemología, de historia de la ciencia, porque llegaba aquí a mi cubículo y me preguntaba: “¡Oye! ¿Tu que opinas del trabajo de Thomas Kuhn? ¿Qué te parece a ti el cinturón protector de Lakatos? Yo no sabía de lo que me estaba hablando y se lo dije. Me acuerdo que un día llegó con unos libros de estos autores, me los dio, los fotocopié, me puse a leer, me maravillaron y a partir de ahí estudio estas cosas. Actualmente, estoy trabajando en cuestiones de la frenología, que es un capitulo importante de la historia de la Antropología Física. Mi línea de estudio actual es la historia de la Antropología Física, ahí si estoy al día, estoy actualizado tengo mucha información.

Antropología física ¿Para qué?

“El antropólogo físico en países como Inglaterra y Estados Unidos es asesor en cosas de anatomía, morfología, ortopedia, etc. Los conocimientos que tiene de evolución, de anatomía comparada, de morfología, morfología de primates, se los pasa a los ingenieros biomecánicos, a los expertos en traumatología y en ortopedia; se usan en la ergonomía en cuestiones ni más ni menos que industriales;  ahí, en la ingeniería de factores humanos el antropólogo juega un papel importante.”

Una cosa que me ha ocurrido es que ha habido personas que se han ido ha estudiar al extranjero y regresan o se van a estudiar a otras facultades, aquí mismo en México, y luego me hacen comentarios, que a mi me agradan mucho, sobre los que les ha servido, en sus posgrados y nuevos cursos, lo que yo les hablaba de Lakatos, Popper, Kuhn y de otros autores. También hay una cantidad de compañeras, compañeros y exalumnos que igual dirán: “yo nunca entendí para qué eran esas clases ni de qué servía, además, Fernández es muy mal hablado”. Pero algo que me gusta es que nadie ha dicho que yo era inepto, que yo no conocía mi tema, que no preparara mis clases, que fuera yo a improvisar cosas.

Socialmente hablando, la filosofía, la historia de la ciencia y conocimientos de este tipo, para el público en general e inclusive para otros profesionistas de corte más pragmático, como ingenieros o contadores, siempre tienen el problema de ¿todo eso para qué sirve? Si yo voy al banco a hacer un análisis de finanzas para qué me sirve saber la filosofía de Descartes o de Bacon o de Lakatos, no le ven la utilidad porque viven en un mundo pragmático, de inmediatez; lo inmediato es así, para qué me sirve esto en este momento que tengo que acomodar estas cajas o que tengo que construir esta casa o esta carretera o este puente. Es un nivel diferente de transformación de pensamiento. Por ejemplo, hablando de computadoras mucha gente no sabe que todo el desarrollo de la filosofía de las ciencias matemáticas y la lógica, que otros llaman matemáticas puras están ahí en la computación.

En esta computadora que está en mi escritorio hay sistemas y un montón de cosas que desarrollaron filósofos de las matemáticas, como Bertrand Russell, Norbert Weiner (o Albert North Whitehead), Kurt Gödel, Hilbert, todos ellos que hablaban de lógica, de matemáticas de cosas absolutamente abstractas y que en otro momento del desarrollo de ese conocimiento alguien dice: “todo esto sirve para diseñar sistemas de comunicación a nivel formal”, concretamente toda la teoría de la información y que ahora forma parte de nuestra vida cotidiana.

En Europa, en los departamentos de filosofía de la ciencia hay programas de aplicación de esos conocimientos al mundo cotidiano, se llama evaluación de tecnología y por ejemplo, en países desarrollados independientes económicamente y científicamente, hay patentes de tecnologías y conocimientos propios: Alemania, Estados Unidos, inclusive España, donde los que evalúan el impacto de esa nueva tecnología para la vida cotidiana de la gente común y corriente de todos los días, son los filósofos de la ciencia, ahí tienen una utilidad inmediata así como la quisiera el ingeniero, el contador o el administrador aquí en México, para eso existe.

Respecto de mi línea de trabajo que es la historia de la antropología creo que es fundamental. para entender qué es la antropología física y qué no es, qué fue y qué no ha sido. Es muy importante saber la historia de la disciplina, cualquiera que esta sea, para saber cómo se han formado las tradiciones de investigación, por qué esas tradiciones de investigación se han ido por esos caminos y no por otros, por qué no se han desarrollado nuevos caminos.

De repente, cuando uno se pone a estudiar la historia de la Antropología Física en México, entiende ciertas estructuras de conducción y comportamiento, tanto científico como social y laboral de los departamentos de antropología física y uno entiende por qué en el pasado se encuentra ciertas estructuras de gobierno de los directores de esos departamentos, los que eran los más importantes científicos en ese momento, y entonces uno empieza a conocer, cómo eran, qué publicaban, qué les interesaba, manejaban poder, por supuesto que sí, ¿cómo manejaban ese poder? ¿Para quién manejaban ese poder?, etc. Todo esto para conocer quiénes fueron los conductores, los que desarrollaron, los que hicieron a nuestra disciplina y por dónde se fue la disciplina y explicarnos por qué se fue por ahí y no por otro lado, eso es en un caso.

En los casos pragmáticos de la aplicación, por ejemplo, la somatología o el crecimiento y desarrollo, son importantísimos en temas de salud pública, salud comunitaria, medicina social, alimentación, nutrición; o explicar antropológicamente la obesidad: hay una serie de tradiciones, de culturas, de costumbres, de creencias, ¿Por qué me alimento así y no de otra manera? Por otro lado, la osteología juega un papel importante en la reconstrucción de la historia del pasado.

La cereza del pastel: la cocina y lo que esta por venir

“Tengo poco más de 40 años cocinando y me gusta mucho. En un momento dado hablando de que mi trabajo ha sido etéreo siempre, y yo muy abstracto, cinco estudiantes me preguntaron ‘por qué no daba un curso de cocina’, y dije ‘no, ¿cómo un curso de cocina en la ENAH?’ Me lo dijo una persona y luego otra, y así hasta que fueron cinco y me dije: ‘ya son cinco personas, ya prácticamente es un cursito […] puedo dar un curso de cocina y ahí si me pongo empírico, ahí sí salgo de lo abstracto, enseñarles cómo cocinar, además de enseñarles cosas de historia de la cocina, hablarles de los grandes cocineros como Carême, Blumenthal, Ferran Adrià.’ Hablé con la academia y les dije que quería hacer esto.

Se inscribieron muchos, yo no quería más de ocho y se inscribieron 14. Hice dos demostraciones de cómo cocinar alimentos, les enseñé un poquito de cata de vinos y hablamos de Lévi-Strauss y Marvin Harris, estos etnólogos que han hecho etnografía de la cocina.

Me gustó tanto que pienso hacer el contenido de esto en un Proyecto de Investigación Formativa que se llama Antropología Gastronómica y la idea es enseñar cultura gastronómica, introducir al estudiante en la cultura del comensal y hacer algunas visitas a ciertos lugares, pueblos y colonias, para ver cómo se cocina.

José Luis Fernández no se considera un investigador y reconoce que no participa en congresos porque no se siente cómodo y se enferma de los nervios, prefiere la vida docente porque esta llena de novedades.

“Yo creo que el profesor universitario, en general, debe ser una persona que por lo menos este instruida en su tema porque de repente el estudiante, y es por lo que me gusta la docencia, pregunta cosas que uno ni se imagina. Entonces, uno se pone a leer, buscar o estudiar y aprende. Además, cada semestre se conoce gente nueva, para bien o para mal, cada semestre hay nuevo estudiantes, nuevas formas de pensar, cada semestre hay novedad, por eso me gusta la docencia.”

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Por: Gabriela Espinosa Verde

Considero que debemos de estudiar todo esto, en mi caso, la tafonomía. Lo que estoy intentando hacer es entender lo qué les estaban haciendo a estas gentes y por qué se los estaban haciendo y darlo a conocer, es parte de nuestro patrimonio, parte de nuestra historia y eso me lleva a no sólo estudiarlo sino también a publicarlo.”

Amante de la osteología, la tafonomía y el México prehispánico, investigadora de la Dirección de Antropología Física (DAF) del INAH la Dra. Carmen Pijoan se encontró con la antropología física cuando intentaba adentrarse en la arqueología y aunque su primer grado académico en antropología lo obtuvo con un estudio en “vivos” el tiempo encaminó sus pasos hacia la investigación de restos óseos humanos.

Las raíces

Soy una mexicana aunque no me lo consideran muchas veces. Mis padres son originarios españoles, pero yo soy hija de mexicanos, ellos ya se habían nacionalizado cuando yo nací. Mis padres son refugiados republicanos y aunque vinieron de España les encantó el país y se hicieron mexicanos luego, luego. Nunca trataron de regresar a España.  Y ese aunque es porque cuando dices que eres mexicana, te dicen que no, no lo eres.

El inesperado camino a la antropología física

Son esos tumbos que uno da. Una vez me dijo Ruz todos los caminos llevan antropología. Yo empecé estudiando química y me salí porque no me gustó. Me puse a trabajar y después entre a la ENAH para estudiar arqueología, a la segunda clase yo dije: ¡Noooo! Lo que me gusta es la antropología física.

Mi padre consideraba que debíamos estudiar ciencias puras: física, matemáticas, química. A mi la física no me gustó. Las matemáticas se me hicieron un tanto complicadas, sobre todo en el último año de preparatoria, no me tocó un buen maestro y entonces me quedó abierta la química pero no.  La química los primeros años es mucho de memoria y yo no tengo buena memoria, no me acuerdo de las cosas. Entonces dejé la química y ya desesperada dije: ya no voy a estudiar nada.

Salí de química y me puse a trabajar con el arquitecto Ramírez Vázquez y él fue el que me dijo por qué no estudia arqueología y dije bueno, vamos a ver. La escuela estaba arriba del museo y yo vivía a cuatro cuadras. Entré a antropología cuando mis compañeros de química ya estaban ya saliendo de la carrera. Ya entré grande.  Empecé a estudiar y me encantó.

Cuando nosotros estudiábamos llevábamos un tronco común de dos años donde cursábamos materias como antropología física general, lingüística general y así, te daban un barnizito de todas las antropologías y ya después en el tercer año entrabas a la especialización. Pero, desde la segunda clase me gustó la antropología física.

Nosotros somos tres hermanos, mi hermano Carlos, que es el mayor, quería ser médico y mi papá le dijo no, cómo, la medicina, vamos a una medicina social. Tantos “peros” le puso que estudió veterinaria, pero en realidad se dedicó ha hacer vacunas y cosas así.

La arqueología a mi papá le encantaba, pero cuando llegué y le dije olvídate de la arqueología voy a estudiar antropología física dijo ¡esas [ciencias] biológicas! y yo me le quede viendo y le dije ¡Oye, papa!  Y de donde querías que nos saliera lo de las ciencias puras, mis dos abuelos eran médicos, mi tío (el hermano de mi papá) era médico, mis bisabuelos eran médicos, de dónde quería mi papá que nos saliera la física y la química.

Tuvimos algo para irnos a las biológicas, tan es así que el más chico de nosotros, al cual yo le llevo nueve años, también estudió veterinaria y trabajó veterinaria. Los tres nos dedicamos a las biológicas y los tres tenemos doctorado.

La escuela y los compañeros

Éramos una bola de locos pero nada en especial. Bueno, el problema de la época en que estudié es que me tocó el movimiento del 68. Cuando empezó el movimiento del 68 estábamos en huelga, terminó el movimiento y seguimos en huelga. Fue más de medio año y hubo mucha deserción, de 250 personas que entraron ese año conmigo quedamos muy pocos. La generación de antropólogos físicos nada más éramos ocho y de esos había gente que habíamos recogido en el camino. De mi generación creo que éramos cinco.

Era una generación muy chica, agradable. En este tipo de generaciones formas lazos con tus compañeros, los maestros son realmente maestros porque si le pueden dedicar tiempo para atender a sus alumnos en lugar de dar una conferencia como actualmente se hace.

Luego, empezó a entrar gente como Josefina Mansilla que querían acabar pronto y se incrustaron en nuestra generación. Terminamos juntos José Antonio Pompa, Josefina Mansilla y personas de otras generaciones. Yo venía con mucho gusto a mis clases y aprendí muchísimas cosas.

El primer paso hacia la profesionalización: las discromatopsias o ceguera al color

Me dije una tesis facilita, que no tenga muchos problemas y me metí con discromatopsias que tiene más pelos que una burra. Pero, es interesante porque hay una negación de las personas discrómatas, es decir que tienen ceguera al color, por admitir que no ven los colores, eso es muy categórico. Después tienen tendencias a elegir carreras donde necesitan ver los colores.

Es un proceso y a mí me gustó ver esas cuestiones. Hice estudios en secundarias, es más hice que los papás de los que eran discrómatas fueran para darles una plática. En ese momento no había nada escrito en español, en inglés había mucho. Siempre me preguntaban dónde podemos leer porque los escuincles en la secundaria negaban que no vieran los colores. También me puse a estudiar obreros de una fábrica donde trabajaba y el único que encontré discrómata estaba en la sección de pintura. Como digo es muy curioso y fue interesante pero no me convenció.

Lo que pasa es que las discromatopsias las estábamos viendo, en aquel entonces, estoy hablando de 1972-1975, como un marcador genético y así no funciona, no te ayudan a determinar si alguien es indígena o no es indígena y cosas de ese tipo en las poblaciones. Hay poblaciones indígenas que presentan valores exorbitantemente altos, más altos que los europeos y entonces se tienen que ver las razones genéticas por las cuales hay incidencias tan altas en unas y en otras no. En teoría los grupos indígenas no tendrían que tener ceguera a los colores pero pude ver que como marcador genético no funcionaba y se perdió el interés antropofísico a las discromatopsias.

El nacimiento de una pasión

Terca porque me decían No, Carmen. Teresina Jaen no creía, ¡creía!, en la tafonomía, pero yo terca, ahí me quedé y ahí sigo.

Empecé a trabajar aquí en 71 con osteología.  Puedo no tener paciencia para muchas cosas, pero me puedo pasar horas en la bodega y en el laboratorio restaurando huesos, horas, semanas, me vale, es amor por lo que hago. Me gustó más eso porque tengo problemas para relacionarme con otros seres humanos, soy un tanto parca no arisca, pero el vivo como que no, aunque sí me metí, revisé un montón de niños de primaria, secundaría y preparatoria con lo de las discromatopsias.

Luego volví a ir a una secundaría que había trabajado para mi tesis y con otras personas tomé dermatoglifos, cerumen y cosas de ese tipo. Pero, me desesperaban los niños porque, a nivel primaria entiendes que aun no sepan muchas cosas, pero a nivel secundaría ya son lo suficientemente grandes para saber de dónde proceden sus padres y sus abuelos, de dónde son originarios y no tenían la menor idea ni el menor interés y a mí eso me sacaba de quicio y yo dije no por ahí no va. Me gusta más la osteología, que no me rechiste. Aunque de repente estoy viendo un esqueleto y le dijo ¿y tú, qué te paso? Hablo con las cosas.

Y de ahí a la famosa tafonomía ¿cómo fui a parar en eso? Fue muy chistoso, un día llegó una arqueóloga, Rosa Reyna, y me dijo ¡Hay! Carmen fíjate que ahí tengo unos materiales y nadie me los ha querido trabajar. La verdad, ya tengo el libro completo y no tengo ningún informe sobre los materiales óseos, sobre los esqueletos. Y le dije bueno, yo te los trabajo. Y salió el único caso que tengo de canibalismo muy claro en el preclásico: marcas de corte, golpes y todo ese tipo de cosas y yo sólo decía ¡y esto! ¿Qué será? ¡Y esto! ¿Por qué?

Involucre hasta a Alejandro Pastrana porque una vez me lo encontré, no me acuerdo en donde, él estaba hablando de que la obsidiana, las huellas de desgaste, y le dije ¡Oye, Alejandro! yo tengo las huellas ¿tú me puedes decir el instrumento? Nos pusimos a trabajar juntos. Yo no sabía ni qué era tafonomía ni nada, hasta que después encontré que otros estaban trabajando las marcas de corte y toda la parte cultural y me encantó. Me encantó averiguar por qué había esas marcas, qué estaban haciendo y meterme también en las razones, el ritual y todas esas cosas.

El imposible de olvidar, el entierro número 14 de Tlatelolco

Ya había empezado a trabajar en lo del entierro 14, los materiales de Tlatelolco son maravillosos porque están en buenas condiciones, en general. Josefina Mansilla y yo encontramos a Linda Manzanilla y nos dijo porque no entra al doctorado y dijimos pues vamos. Las dos escogimos una investigación que ya estaba empezada porque eran un montón de materiales, muchísimos materiales, pero yo ya estaba metida en la parte de marcas de corte y la tafonomía y me interesaba saber qué con ese entierro.

¿Por qué el entierro 14? Porque era de los pocos de los que había algo de información. Tlatelolco fue excavado en los años 60 y no hubo nunca un informe arqueológico. Entonces no había información y del 14 había unas transparencias y por medio ellas yo pude ver que los habían enterrado desmembrados, etc., etc. Lo siguiente fue averiguar dónde estaban. A González Rul, que había sido el director de las excavaciones, lo invitaba, le daba una torta y un refresco y le pasaba las transparencias: haber cuéntame.

Poco a poco empecé a publicar y me regaló rollos de fotografías y más información. Luego aparecieron las libretas de campo, pero para entonces ya me había recibido. Así que toda la información es a base de fotografías de ese entierro. En eso me ayudó Salvador Guillen porque le dije tengo todas estas fotografías haber que me puedes decir. Calculamos la profundidad con base a un fulano que estaba ahí parado, midiendo cuantas veces cabe, de qué época era el entierro. Fue muy interesante el proceso.

Yo le ayudaba a Josefina, Josefina me ayudaba a mí porque en ocasiones se nos hacían así los ojos, se nos cruzaban de ver tantos huesos y tantas marcas de manipulaciones. Nos tuvimos que regresar varias veces porque de repente me decía:

¡Mira! Ya viste los esternones están cortados.

– ¡Ah!

Regrésate a ver todos los esternones.

Ya viste las cabezas articulares tienen golpes con pigmento negro en el fondo.

¡Ah!

Regrésate y empieza otra vez. Porque al principio sólo estábamos viendo marcas de corte, marcas de corte y fracturas intencionales, que no las hay.  Fue una investigación realmente investigación donde de repente veíamos algo y regrésate porque no lo habíamos visto. Nos tardamos y fue cansado, deja la parte de la escritura que también, la parte de la investigación: eran más de diez mil huesos.

El seminario-taller de tafonomía en hueso

¿Por qué empecé el seminario? Venia gente a preguntarme, además yo me di cuenta de que hablábamos el mismo idioma con un lenguaje diferente, todo el mundo mencionaba las cosas de manera distinta. Una de las razones del seminario era que igualáramos términos. Xabier Lizarraga ya había hecho su seminario y dije esta muy padre eso del seminario, de estudiar juntos.

El interés actual, por eso sigo con Tlatelolco, es empezar a ver grupos de edad y sexo. En realidad, la tirada de revisar los materiales es ver qué grupos, cómo se divide la población. Porque para mi es una población completamente de índole ritual con relación a la población normal, no son entierros normales.

Quiero ver si hay grupos de niños, de adultos; ver si hay más mujeres o más hombres, qué porcentajes y ese tipo de cosas porque lo hemos encontrado, por ejemplo, en el tzompantli hay mujeres no nada más hombres. En el entierro 14 también hay hombres y mujeres, eso nos da una pauta de que se sacrificaban por igual, eso es lo que queremos determinar con la colección de Tlatelolco y esa fue la razón del seminario.

La cocina: más allá de los huesos y la tafonomía

Yo creo que es la aplicación de la química que nunca terminé. A mi me gusta la cocina, y a mi madre también le gustaba. No nos gusta la cocina diaria, pero la cocina así nos ha gustado siempre tanto a mi madre como a mí.

Mi madre como buena hija de familia de principios del siglo pasado no sabía cocinar y de pronto se encuentra en Paris viviendo con su padre él le dice me vas ha hacer de comer y ella responde pues no sé ni cocer agua. Y le compró un libro de cocina. Mi mamá y yo, las dos aprendimos a cocinar y a bordar a base de libros.

Yo empecé por mermeladas porque era una manera de hacer regalos de navidad. Hacía mis mermeladas y las regalaba. Pero, empezaron aquí en el museo a decir porque no las comercializas a nosotros nos gustaría tener mermeladas no sólo en navidad sino todo el año. Fue cuando empecéha hacer más, aparte una amiga de mi hijo necesitaba ganar dinero y estaba estudiando para chef, entre las dos  iniciamos el negocito de las mermeladas y los turrones.

La pregunta obligada: antropología física ¿para qué?

Primero, porque me gusta. Segundo, porque considero que debemos de estudiar todo esto, en mi caso, la tafonomía. Lo que estoy intentando hacer es entender lo qué les estaban haciendo a estas gentes y por qué se los estaban haciendo y darlo a conocer, es parte de nuestro patrimonio, parte de nuestra historia y eso me lleva no sólo a estudiarlo sino también a publicarlo. Todos podemos estudiarlo pero el chiste es darlo a conocer, por eso pienso que nuestro papel como antropólogos físicos es darlo a conocer para que la gente lo sepa.

Aunque he tenido malas experiencias, porque das una conferencia y se te presentan los que dicen:

– No hay sacrificios en México

– Yo tengo evidencias

– No, era que estudiaban la anatomía.

Hay el rechazo de reconocer las costumbres que tenían las culturas de México, de creer que sólo eran ideas de los españoles.

El aquí y el ahora…y de paso el mañana

Ahora sigo con Tlatelolco, pero también estoy haciendo Xochicalco: las marcas de corte y toda la cuestión.  Y a la interpretación le estoy dando vueltas y vueltas porque no es parejo, hay como núcleos de huesos y no es lo mismo, cada núcleo es diferente. Hay que explicar lo que significa. Me voy a morir estudiando marcas de corte, de aquí me quiero ir a Tula. Sí, ganas de seguirle hay muchas.

De la química a la antropología física, de los huesos y la tafonomía a las mermeladas dulces y de chile “El arrebato”, de Tlatelolco a Xochicalco y de ahí a Tula, así es la Dra. Pijoan quien a pesar de advertir al inició de la entrevista que era un tanto parca nos permitió reconstruir con ellas a través de sus letras parte de esas historias que le han contado los huesos del pasado.

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Por: Gabriela Espinosa Verde

“Pienso que la antropología en general, es una disciplina académica que te permite reconsiderar el papel que tú juegas, en el momento en que tú estas y en el lugar donde tú estas, que te permite llegar a ser soberbio y que te puede permitir aprender la humildad como individuo, y la humildad como especie.”

Tras el arribo desde España

Soy hijo de refugiados españoles que vinieron después de la guerra y fueron recibidos por Lázaro Cárdenas. Me crié en un ambiente básicamente permeado por la cultura y el arte. Mi padre era pintor, mi madre fotógrafa y los amigos más cercanos de la familia eran pintores, fotógrafos, escritores, aunque también había los que se dedicaban a las empresas. Por ejemplo,  había uno que era vidriero, que hacia piezas maravillosas.

Fuimos una familia en la que no hubo televisión hasta después de que terminé mi maestría, todo era leer y escuchar música, principalmente música ranchera, clásica y algo de música española. Viví en un rancho. Tuve una educación sumamente liberal, muy abierta. Mis padres tenían la idea de que la educación debía de ser algo que le gustara al individuo. Nos enseñaron a que nos gustara aprender.

Buscando el sendero

En la preparatoria estaba bastante indeciso y no porque no supiera que estudiar sino porque quería estudiar muchas cosas. Me gustaba biología en general, pero en particular la microbiología. Me encantaba el teatro, la literatura española y la arqueología. De hecho, cuando llegó a mis manos el libro de C.W. Ceram Dioses, tumbas y sabios, dije yo quiero ser arqueólogo y leí mucho de arqueólogos. En la prepa pregunté, donde se estudia eso y nadie tenía la más remota y peregrina idea.

Un día,  fui al Museo de Antropología y ví que había unas escaleras que subían y otras que bajaban a uno y otro lado de la entrada principal. Entonces me dije allá nunca he subido ¿qué habrá? Subí y estaba un letrero que decía Escuela Nacional de Antropología e Historia. Y dije creo que ya le atiné. Entré, pregunté: ¿si era? ¿si ahí se podía estudiar? Pero como había sido el movimiento del 68 no había clases, no tenían para cuando las fechas de inscripción. Mal que bien me enteré que es lo que tenía que hacer y esperé largos 8 meses hasta que pudieron abrirse las posibilidades de estudiar.

Al entrar te hacían dos exámenes: uno de cultura, otro psicopedagógico. El de cultura lo digo entre comillas porque verdaderamente te preguntaban cosas como: ¿cuál es el estado de la República que más arroz produce? y ¿Por cuáles estados cruza el Río Usumacinta? Como yo no tenía la menor idea, el resultado dijo que yo era totalmente analfabeta, o poco menos. Afortunadamente en el examen psicopedagógico, saque 100 sobre 100, entonces me dijeron: es analfabeta pero genio y me dejaron entrar.

Mi idea era estudiar arqueología, pero en esa época había un convenio con la Universidad, y debías estudiar dos años generales [antes de especializarte]. En ese entonces, tuve el infortunio de tomar clases con el arqueólogo José Luis Lorenzo, que podría ser un buen arqueólogo pero era un pésimo maestro. Tuvimos un mal encuentro en una clase, le hice una pregunta, me dijo que me pusiera a leer y le respondí que porque había leído y había leído algo diferente a lo que él estaba diciendo era que le preguntaba.  Él dijo que yo nunca iba a poder ser arqueólogo  y me reprobó con 4.5. En esa época si sacabas menos de 5 no tenías derecho a examen extraordinario sino a examen a titulo de suficiencia y obviamente en esos exámenes  el presidente del jurado era el maestro que te había reprobado. Como él me dijo que no iba a pasar, me dije hay que ver que opciones hay.

Luego me di cuenta que los mejores maestros los había tenido en antropología física y había temas que me gustaban mucho como la biología, me entusiasmó la evolución, había tenido dos esplendidos maestros que eran Johanna Faulhaber y Juan Comas, y dije: si los buenos maestros están aquí, pues aquí me meto y así surgió mi idea de estudiar antropología física.

Construyendo una antropología del comportamiento

Entré, me apasionó y en un principio me fui dirigiendo a estudiar paleoantropología pero  no podíamos hacer mucho en México, y encaminé mis pasos hacia la genética.  Tuve algunos problemas con la primera tesis que iba hacer, que era sobre maduración ósea en Síndrome Down y Síndrome de Turner. Pero, cuando empecé a leer  sobre psicología y etología,  decidí hacer mi tesis sobre antropología del comportamiento. Esa fue una propuesta que tomó por sorpresa a los maestros. El único que podría haber sido oficialmente mi director de tesis era Santiago Genoves, por ser el único que trataba el tema, pero finalmente no estaba yo muy de acuerdo con todas sus ideas y además era enemigo de  Comas y  de Janna, y yo era alumno de ambos. Así que no fue mi director.

“¿Cómo vamos a entender al animal humano si no entendemos su comportamiento?  Si los niños crecen o no creen, están nutridos o no están nutridos se refiere justamente al comportamiento, a formas de vida, a relaciones sociales”.

Me parecía fundamental generar una manera de estudiar el comportamiento no mejor que la psiquiatría, la psicología o la etología sino que partiera justamente desde la perspectiva antropofísica, que tomara en cuenta tanto el desarrollo ontogenético como la evolución humana; que tomara en cuenta la biografía del individuo como la historia del grupo en que el que vive y se desarrolla, así como la historia de la humanidad; que tomara aspectos psicológicos como biológicos, sociales, políticos y filosóficos.

Cuando hice mi proyecto de tesis le pedí a la doctora Johanna Faulhaber que fuera mi directora y aceptó. Hice un proyecto y de todas maneras quise que Juan Comas  lo comentará, así que se lo llevé, lo leyó, y me dijo: sólo tengo dos comentarios que hacerle, uno, esto no es antropología física, lo cual me caló; y el segundo comentario era, pero si insiste lea la bibliografía que va a necesitar y venga a verme dentro de 15 años. Entonces yo le contesté:  doctor estoy convencido que con respecto a lo que dice en la bibliografía tiene toda la razón, pero con respecto a lo que dice en el primer punto yo le voy a demostrar que si es antropología física.

Nueve meses después le llevé la tesis concluida. Un día, como dos semanas después, fui al Instituto de Investigaciones Antropológicas a ver a Male Sáenz, la hija de Johanna Faulhaber. Al verme pasar Comas me dijo: Lizarraga venga para acá. Entré a su cubículo de investigación, abrió su cajón, sacó mi tesis, y dijo: ya leí su tesis y sólo tengo dos comentarios que hacerle, uno, usted me ha demostrado que sí es antropología física; dos, por qué es tan ambicioso y en vez de hacer una tesis hizo tres.  Han sido los dos elogios más grandes que he recibido en mi vida.

Mi tesis de licenciatura y maestría se llamó: Ideas en desarrollo para una antropología del comportamiento. Fui muy cauto, no dije cuantas ideas eran ni en qué grado de desarrollo estaban pero seguí trabajando en eso hasta consolidar un modelo teórico metodológico para el abordaje del comportamiento. Creo que la antropología del comportamiento, por un lado, ya ha sido reconocida como una parte importante de la antropología física, no solamente en México sino también en otros países, pero por otro, la escuela de antropología quiere seguir haciendo gente que sólo mida huesos o mida niños.

La trayectoria docente

“La docencia es un campo importante. Creo que es un campo en el que uno además retribuye mucho de lo que ha conseguido. Si yo aprendí, si a mí me dieron sus conocimientos, mucha gente, pues yo voy a tratar de transmitir eso que recibí y eso que yo he podido ir descubriendo y creando, o a lo mejor inventando también, a lo largo del tiempo”

Luego, yo quise irme a vivir a España y Juan Comas me dijo que había un proyecto en la Universidad de Barcelona para hacer la carrera de Antropología a la manera de México y le habían pedido que sugiriera quién podía hacerse cargo del área de Antropología Física. Desafortunadamente, al llegar allá hubo crisis económica, fue el año en que hubo las primeras elecciones democráticas después del franquismo y la crisis económica impidió que el proyecto se realizara.

Tuve que regresar a México y pocos meses después, salió una convocatoria para profesor de tiempo completo en la ENAH. Metí mi proyecto sobre comportamiento y sexualidad, ahí me inicié en la vida profesional. Entonces, empecé poco a poco a tratar de meter en la curricula de la Antropología Física el comportamiento y la sexualidad, primero como materias optativas, y después conseguí que quedaran como materias obligatorias.

Mi trayectoria como profesor ha sido muy satisfactoria. Sin temor al orgullo vano, creo que he sido bastante buen profesor, he dado clases infames como cualquier otro, he dado clases que no me gustaba dar. Siendo profesor de tiempo completo tenia que dar clases que me hartaban, por ejemplo,  dí por 15 años antropología física general, y yo estaba verdaderamente hasta el gorro de la materia. Yo decía: para que darles este resumen de lo que estarán viendo durante cuatro años en la carrera, me parecía ridículo. Cuando eran años generales tenia sentido, pero cuando entras directamente a la carrera de antropología física, yo dije como pa’ qué.

Pero, esa materia me sirvió mucho para no perder el hilo de lo que estaban haciendo otros compañeros, para no olvidarme que estamos constituidos de músculos y de huesos, de células, genes y todo eso.  Y no olvidar algo muy importante, que somos animales, en el sentido más taxonómico de la palabra. Cuando yo oigo antropólogos decir: “los hombres y los animales”, me parece que es un antropólogo, muy poco antropólogo, que no se ha antropologizado lo suficiente.

Porque somos animales y te dicen: sí, pero un animal muy peculiar, todos los animales son muy peculiares; o estamos en la cima, ¿en la cima de qué? estamos todos en el mismo nivel, todos los que estamos vivos somos especies exitosas y todos los que han desaparecido son especies que se extinguieron punto. En ese sentido somos iguales, pero tenemos características particulares que son interesantes y que nos permiten además ver cómo nos relacionamos. Todo eso me permitió explorar la docencia.

Finalmente, siento que uno puede llegar a desgastarse como profesor, por eso he dejado de dar clases. La última vez que lo hice, los alumnos estaban muy contentos pero yo no. De todas las clases que dí en el semestre sólo dos días salí satisfecho. Entonces, dije no, antes de que digan: te acuerdas cuando era buen maestro porque ahorita verdaderamente de lastima, y antes de dar lastima, compermisito ya me voy.

Realidades que no pueden negarse aun ahora

Un día la maestra Johanna Faulhaber se molestó conmigo hasta que finalmente terminó riéndose porque yo empecé a saludar a todos mis colegas como ¡Hola inútil! entonces me preguntó por qué saludaba así y le respondí: porque la antropología es inútil maestra, no sirve para nada. Se enojó y le dije:

“Mire maestra, usted se ha pasado 30 años de su vida estudiando  como crecen y se desarrollan los niños y los jóvenes mexicanos para que los pediatras y los médicos no sigan tomando como referente las tablas norteamericanas o inglesas y no  sigan diciendo que todos son una bola de chaparros y desnutridos, sin embargo, es lo que siguen usando ¿por qué? Porque las hicieron médicos, porque a los antropólogos no nos hacen caso y por qué es inútil, en última instancia es apasionante, es encantadora, es maravillosa, la antropología en general, pero la humanidad ha podido muy bien vivir sin saber del Homo erectus y del Australopitecus afarensis. O sea, podría ser útil, pero es igual de útil la poesía. A los políticos, a los empresarios, a los ecónomos les importa un rábano la poesía, la pintura a no ser que sea como coleccionistas, al igual les importa un rábano la antropología, entonces en esa medida es una disciplina que uno hace por gusto, por placer, para mí es un divertimento académico”.

Mas allá del divertimento académico ¿Antropología física para qué?

Una de las características del animal humano, no me atrevería a decir que exclusivamente del animal humano, pero si importantemente en él, es preguntarse quién soy, qué hago, de dónde vengo, a dónde voy, para qué sirve esto. Justamente la pregunta de antropología para qué es una pregunta muy antropológica, que es estudiar el fenómeno humano para qué, pues para entender el fenómeno humano y ahí te vas con un círculo vicioso, que además te permite pensar el entorno, pensar a los demás, y pensarte a ti mismo de manera diferente.

Somos una especie desmesurada, somos una especie hedonista, todas las especies son hedonistas pero la nuestra es particularmente desmesurada.  Los bonobos, los chimpancés, los delfines son desmesurados, pero nosotros tenemos la desmesura de la desmesura, siempre queremos llegar más allá, tener más, abarcar más, poder más, y eso es un fenómeno que me parece fascinante de estudiar.

El antropólogo físico como escritor

Creo que he escrito algunos artículos que son de una densidad apabullante, que son en realidad casi ilegibles. Cada vez trato de hacerlo más ligero, no menos profundo. Me encanta escribir, me encanta el idioma español, adoro el idioma español y me encanta leer novelas, yo pienso que un antropólogo que no lee novelas es un pésimo antropólogo, porque si hay buenos antropólogos son los poetas, los novelistas y los dramaturgos.

Hay textos como el de El placer hizo al hombre y el displacer a la humanidad, que es el ensayo que mas trabajo me ha costado. Lo estaba escribiendo y estudiando y sacando libros y todo, y de repente me decían: ¿cómo vas? Y yo decía esta es una pelea a 18 rounds y voy perdiendo, o sea, voy perdiendo conmigo mismo. De repente después de varios meses de estar dando vueltas me dí cuenta que estaba poniendo todos los argumentos en contra de la idea que yo quería defender y me dije: ¡Perdón! Tomate una copa, relájate y vuelve a empezar por que si era muy, muy difícil, y ahí, en ese momento fue cuando conseguí hacer el clic para comenzar ha armar el modelo teórico-metodológico que ahora trabajo.

Xabier Lizarraga es doctor vox populi porque aunque no existe ningún documento académico que avalé ese grado, las opiniones de los otros no lo niegan y su modelo de comportamiento humano lo respalda. Mientras tanto:

“Estoy tratando de vivir un poco más, porque durante mucho tiempo me dediqué de tiempo completo a trabajar y ahora quiero que de ser posible, el tiempo libre que me quede dedicármelo a mí. Sigo trabajando pero sin ponerme metas tan inalcanzables”

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por María Teresa Menéndez Taboada

Tuve la oportunidad de conocer a la doctora Abigail Meza Peñaloza cuando entré al posgrado del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, y desde ese momento me di cuenta de que estaba ante una mujer fuerte, trabajadora y emprendedora; sin duda me siento afortunada de haberla conocido y de aprender tantas cosas de ella. Es una antropóloga ejemplar y agradezco que nos permita conocerla mejor a través del viaje en el tiempo que realizaremos a continuación.

Exhumando a Blanca Nieves en la primaria…

Nos veían como  bichos raros, tanto los demás niños de la escuela como nuestros propios primos, ya que con nuestros juegos se espantaban mucho.

Yo creo que a mi familia nos veían siempre como a los Locos Adams, somos cinco mujeres y un hombre; o sea somos bastantes y de edades muy seguiditas, cuando mucho año y medio, dos años nos llevamos; pero sí, teníamos unos juegos medio extraños y los demás se espantaban; había uno que cuando lo cuento todos dicen que desde niña ya era así de macabra o de ahí marqué mi profesión; ¿te acuerdas de los muñequitos chiquitos que salían en los Twinky Wonders? unos pequeñitos, bueno que eran de Walt Disney y demás, pues yo era fan de Blanca Nieves, esa era mi consentida; formábamos equipos entre todas mis hermanas, las cuatro más chicas, y secuestrábamos a uno de los otros y los enterrábamos en el jardín en unas cajitas que eran como de ampolletas; decíamos que eran ataúdes de cristal y los enterrábamos, entoncesel otro equipo se juntaba y empezaba a buscar por todo el lugar y hacíamos hoyos por todas partes…hasta le dabas horas de vida (risas). En uno de esos tantos juegos, se perdió mi Blanca Nieves, ya nunca apareció, pero cuando los demás niños veían nuestros juegos, como que no se emocionaban mucho.

Desde  la primaria realmente me gustaba mucho la historia  y literatura en general, en matemáticas fui buena hasta que salí de la primaria; ya cuando las hormonas empezaron a funcionar y el cerebro se me hizo más femenino, fui muy mala para las matemáticas. Pero me gustaba mucho historia, geografía y literatura.

Agarrando el rumbo…

Desde esos momentos, ya estaba pensando entre estudiar arqueología (que me encantaba) o historia, pero como que veía que si estudiabas historia te ibas a convertir en maestra de historia y cuando veía a mi maestra de historia, decía –no es mi máximo llegar a ser algo así-. Posteriormente en algún momento pensé en estudiar bibliotecología y un poquito etnología, porque también lo que  desde niña siempre me interesó mucho fueron las cuestiones de la religión, ya que en la familia hay muchas religiones, o sea lo que menos hay son católicos (que son del lado de mi papá),  hay cuanta rama de protestante te puedas imaginar; mormones, y de todos menos testigos de Jehová, afortunadamente; hasta unas primas que son judías. Entonces a mí me sorprendía muchísimo eso de las fiestas religiosas; bueno, en la casa nunca se celebró Navidad porque unos decían que sí, otros que  no, sin embargo,  desde muy niña leía la Biblia y se me hizo el libro más terrible que a la fecha he leído, y nada coincidía, entonces cuando preguntaba algo, todo el mundo te decía -eso no se pregunta-.

A los nueve o diez años yo iba a ser Hare Krishna,  había tantas religiones en la casa, que decía -¿por qué no voy a escoger la mía?- obvio, mi mamá casi se infarta y mi papá también…

En la prepa me fui al área de humanidades, pero también me gustaba muchísimo biología. Además me encantaban las etimologías, ahorita ya se me olvidó pero sabía leer bastante bien latín y griego; para ese entonces ya me estaba enfocando  a  estudiar  letras clásicas o letras hispánicas, pero seguía pensando en la idea de la antropología y en la posibilidad de la arqueología; entonces fui a la ENAH a pedir informes,  pero se me fue ampliando más la gama y cada vez era más indecisa.

Cuando salgo de la prepa estudié casi un semestre de letras hispánicas,  aunque por una tarugada, yo tenía mi pase directo y me equivoqué,  lo hice para hispánicas en lugar de clásicas, pero dije bueno  luego me cambio. Pero te das cuenta de que todo está muy enfocado hacia la docencia, entonces seguía pensando en la ENAH.

Decidí irme a la ENAH, iba muy seria, muy decidida entre arqueología y etnología.

En el propedéutico me traumé cuando vi que etnología eran ocho seminarios de el Capital, dije –no, yo eso no me lo voy a chutar-, y ese fue mi por qué no estudié etnología.  Arqueología me traumó porque nos tocó que hablara Blas Castillo, un arqueólogo, con su cara de deprimido diciendo no hay trabajo, y dices -¡no!-,  y aparte como no soy nada buena para el dibujo y soy una desorientada de lo peor, o sea confundo izquierda y derecha, si hago un plano lo hago al revés, dije –no, creo que no voy por ahí-, y me quedé con la idea de que antropología física era una cuestión más de biología humana y un poquito de lo cultural, entonces como a mí me gustaba mucho biología, dije -¡ah! pues por ahí voy-, y ya fue como me decidí realmente, aunque en un principio yo no pensaba estudiar antropología física.

Me acuerdo mucho de Javier Guerrero, quien nos dijo –Si tienes problemas contigo estudia psicología, si tienes problemas con la sociedad estudia sociología, si tienes problemas con ambas cosas estudia antropología-.

Sus primeras exhumaciones.

Entré a la ENAH en 1986, y desde el cuarto semestre traté de andar en campo, iba a proyectos, andaba en excavaciones. Leía lo que me gustaba, y tenía suerte, la verdad sí me iba bien y a los maestros les caía bien, en realidad no andaba tan perdida, tenía siquiera el hábito de leer  (que mucha gente no tiene), leía muchísimas cosas que no tenían qué ver, pero a veces las tareas las hacía o los exámenes  los desviaba a lo que acababa de leer y se reían.

La primera práctica dentro de un seminario fue con Zaid Lagunas, nos llevó a hacer un recorrido a Teotenango, por ahí en el Estado de México , fue una práctica muy tranquila, hicimos el recorrido en Semana Santa.  Una vez me tocó andar una temporada muy corta en excavación en Monte Albán, también en  proyectos etnográficos, hasta anduve de asistente de un fotógrafo que trabajaba en National Geographic, y así fue como conocí gran parte sobre todo del sureste y  conocí todas las zonas arqueológicas de esa región, además hacía pequeños guioncitos, me pagaban y me paseaba.

También trataba de tomar clases en etnología, la verdad tomé muchas y fue donde más aprendí.

Mi tesis de licenciatura fue algo muy chistoso, porque desde sexto semestre o poco antes ya había pensado en dedicarme a osteología, pero como siempre ha sido muy difícil el acceso a materiales o en la ENAH no había colecciones (eran todas del museo) y bueno era un problema;  yo quería hacer una tesis sobre osteología y ya no me acuerdo ni por qué ya no me dieron acceso a la colección que pensaba trabajar y bueno todo un drama… ya tenía mi proyecto de investigación, ya tenía supuestamente hasta mis tiempos de titulación y ¡pues nada!, como no había colección, pues ¿qué íbamos a hacer? Entonces con Socorro Báez, como éramos compañeras de generación (que de hecho nosotras nos empezamos a llevar muy bien ya casi a finales de la carrera), pues también le pasó lo mismo, quería osteología pero ya no le dieron el acceso que esperaba a la colección y pues ¿qué hacemos? Al empezar a contar nuestras desgracias nos dimos cuenta  de que las dos éramos zurdas  y que nadie había hecho nada sobre zurdos realmente, entonces nuestra tesis la hicimos juntas Socorro y yo; fue sobre zurdos precisamente, un estudio de predominancia manual desde un enfoque evolutivo.

No sabíamos ni por dónde, ni cómo hacerle, ni nada, y empezamos a ver quién nos iba a dirigir porque pues algunos decían -están medio locas- En ese momento, nos había dado clases un biólogo, Ricardo Mondragón, y lo buscamos para que nos orientara con bibliografía y ahí nos dijo-¿quién las dirige?- , respondimos –no, pues nadie– y él -¡yo!, yo les quiero dirigir la tesis-. Entonces nosotras llegábamos  cada semana con un capítulo nuevo, y aquel como también era zurdo, hicimos nuestro mini grupito de zurdos y no pelaba a nadie más que a nosotras, la verdad él también se entusiasmó mucho y realmente hicimos la tesis… yo creo que en seis meses, rapidísimo, nos tardamos en titular casi un año porque el que estaba de lector secreto perdió el manuscrito.

Mano de obra barata pero crecimiento enriquecedor.

Mi primer trabajo fue como peón en un salvamento del edificio que hicieron en relaciones exteriores, vimos que un amigo estaba trabajando ahí, un compañero de generación, entonces lo fuimos a buscar, y nos decían –ah pues sí, si quieren trabajar aquí pueden trabajar– pero nos dijeron –pues no hay de otra mas que de peones–  y nosotros  dijimos –pues sí, no importa-, incluso rayábamos en  la lista de peones;los sábados en la mañana estábamos ahí formados, no sé cuánto duré, pero sí aguanté como unos seis meses creo… entonces estaba formadita ahí como los peones el día de la lista, pero simpatiquísimo porque uno de los hijos o parientes del cabo de excavación  se me acercaba y me decía –si quieres te busco trabajo de secretaria– yo le decía que no, aparte a mí me encanta excavar; siempre estaba sucia, cochinísima, llena de tierra y no como muchos arqueólogos que están desde afuera dirigiendo su excavación, yo no, yo me meto y excavo; entonces me decían –oiga le conseguimos otro trabajo, si quiere puede hablar con mi tío– y  le contestaba –no, no se preocupe-; pero en una de esas ya estaban las obras de la línea 8 del metro y otro amigo arqueólogo que estaba trabajando ahí me dijo que necesitaban un antropólogo físico,  porque empezaron a salir los cientos de muertos del hospital de Naturales, y pues ahí voy yo con Socorro Báez; ese fue ya nuestro primer contrato serio y formal en el INAH en una excavación, y eso fue divertidísimo porque igual fueron meses de excavación, más de quinientos (esqueletos) los sacamos prácticamente nosotras.

Abigail excavando en Oaxaca.

En esas épocas nadie hablaba de tafonomía, las únicas que decíamos eso, y porque habíamos leído a Marc Micozzi, éramos Socorro y yo, los demás  arqueólogos decían-¿qué les pasa?- Un osario  (como se define a un osario), nosotros decíamos que era una fosa común, y bueno había toda una serie de interpretaciones y diferencias en cuanto a cómo hacer el registro, entonces yo digo que ahí fue como mi maestría y doctorado tanto en excavación y paleopatología; hubo una cantidad de enfermedades que diagnosticamos ahí; incluso, aunque yo no dudo que en otras colecciones haya, pero las primeras que empezamos a hablar de negros y de otros grupos de individuos en excavaciones, fueron ahí, y también fue muy rico porque justo en esas épocas que estábamos trabajando se invitó a mucha gente, ahí conocimos a Marc Micozzi(vino a dar un curso), también vino Julie Mather Saul; a todos ellos, cada que venía un extranjero  especialista en osteología, nos lo llevábamos hasta Salvamento Arqueológico a revisar los materiales para constatar nuestros diagnósticos, a Ubelaker también  lo conocimos así.  También en el congreso internacional SICAE, que la sede fue aquí en México, conocimos a Tim White y a Iscan (que nos enseñó a  determinar  edad con tercera costilla); a ellos hasta nos los llevábamos en metro.

De hecho, Salvamento Arqueológico quería tirar esa colección porque era colonial y pensaban que los coloniales no sirven,  pero nos pidieron que hiciéramos un catálogo, y gracias a que oí que las querían tirar hablé a la ENAH para que se  llevaran la colección para allá; entonces fue desde excavar, limpiarlos, catalogarlos, hacer métrica y curaduría,  lo  cual hicimos básicamente entre dos personas.

Luego, de ahí me fui a estudiar la maestría en arqueología en la Universidad de las Américas, y bueno de repente le ayudaba a la gente de Salvamento Arqueológico a revisar materiales. Cuando estaba en el último semestre de la maestría,  me invitaron a trabajar en un rescate que se hizo en una carretera de México-Tuxpan, Libramiento Pirámides, entonces ahí me aventé a excavar Teotihuacán y cosas loquísimas y padrísimas, el hallazgo del siglo: una colección de figurillas polícromas que se encontraba por primera vez. Después me vine acá a la maestría del Instituto e hice mi maestría en antropología física, en esa sí me titulé, y luego el doctorado en estudios mesoamericanos.

Viajando por el mundo de la antropología.

He ido al extranjero, como por ejemplo el clásico turismo académico de los congresos en Uruguay, en Paris, y en un proyecto que tuvimos en colaboración con el Instituto de Investigaciones Antropológicas  con el doctor Carlos Serrano y con Tim White, estuve dos temporadas en Berkeley; posteriormente en el 2007 me fui con Socorro y con Henry Gilbert a una temporada de campo en Etiopía. Eso fue loquísimo, yo creo que es el sueño de todo antropólogo y más de un antropólogo físico ir a África y a Etiopía, yo creo que eso ya es lo máximo, porque realmente todo lo que te dicen de África es otra cosa, simplemente al ver a la gente yo no dudé que de verdad ahí está nuestro origen, y se ve hasta en el fenotipo, las mujeres son perfectas, son hermosísimas, el cráneo es perfecto, el cuerpo es perfecto; lástima de las condiciones en las que viven, pero realmente tú ves ahí el ideal de especie: la proporción, el  tamaño, la distribución de grasa, y dices –todo eso tiene que salir de aquí-, y bueno, ya después  cuando salió (de África) se fue adaptando y diversificando y todo lo que quieras.

Estuvimos como un mes y encontramos restos sobretodo de primates no humanos, salió un molar de un homínido.

La zona en la que estuvimos en Etiopía es muy cercana a la zona de Middle Awash, donde está toda la mata de hallazgos paleoantropológicos, el principal grupo que está ahí son los Affar. La verdad los Affar son maravillosos, o sea es otra cosa estar en contacto con una población ágrafa, que todo lo manejan por tradición oral, es maravilloso, es loquísimo, o sea, cada que se ven empieza el periódico familiar. Elema, que es un tipo genial, habla como ocho idiomas y creo que cuando tenía qince años Tim White lo entrenó; ahorita el señor ya tiene como setenta años, esta fuertísimo y es inteligentísimo, entonces él más o menos te va contando todo. Todavía ves gente con escarificación facial, con mutilación dental, ya no me tocó ver a nadie con deformación cefálica,  pero seguro en algunas regiones todavía se hace. Una vez que fuimos a visitar a la familia de Elema, sentías esa actitud con los niños de que les dabas asco por tener la piel blanca, incluso otra persona que también iba en el grupo, un gringo que es genial, nos decía que a él le tocó en Kenia que le tallaran la piel para quitarle la pintura blanca.

Abigail y su guía Zumbul en Etiopía.

También en otra de las ocasiones íbamos en dos vehículos, yo iba en uno, y vimos que al otro carro  en donde iban Socorro y Henry los empezaron a rodear unas mujeres, el chofer las logró esquivar, pero se les fueron encima y rodearon el coche porque nunca habían visto personas blancas, realmente  por más que hay globalización, claro que sí, y que en las calles de Addisves piratería y que venden discos de Shakira, Paulina Rubio, lo que sea, aún hay lugares tan remotos en este planeta,  que entonces te pones a pensar qué es lo que pasó realmente con los primeros viajeros, y no es por justificar, pero muchas de las visiones que había de clasificación, de tipología, pues se dio porque no estás acostrumbrado a ver esas cosas, yo creo que sí es bien humano el hacer tipologías y clasificar; eso te da una imagen de lo que debieron haber sido esos viajeros, las crónicas, las impresiones, y que sí, dentro de poco ya van a desaparecer los Affar, porque el trabajo que hicimos fue porque iban a construir una presa, van a inundar gran parte de esos territorios. Elema siempre era la angustia total, me preguntaba – ¿Cuántos animales tienes?- (su riqueza se mide con los animales) y le decía,  –yo ni a gato llego– (se reían);  –no, ya de verdad dime ¿cuántos animales tienes?-, ellos me empezaba a decir: tengo tantos camellos, tantos chivos, tantos no sé quépero  a mí no me creían.

Nunca te enseñan realmente la complejidad social y cultural que implican estas sociedades, son impresionantes todas las redes sociales y familiares que deben  tener, todas las cuestiones de parentesco, el mismo idioma es complicadísimo; creo que lo más enriquecedor fue el contacto con la gente.

No hay nada nuevo bajo el sol…

Lo malo es  que actualmente ya no puedo leer lo que más me gusta, porque ahora pasa lo que todo mundo dice cuando eres un investigador: te ponen un letrero que dice “se lee ajeno”, ya que tienes que pasártela  leyendo tesis, dictaminando trabajos, artículos, proyectos; también doy clases. Lo que he intentado hacer cuando doy las clases, es tratar de preparar mis temas o mi programa de acuerdo a lo que a mí nunca me enseñaron y que me hubiera gustado aprender; los autores ahora sabes que son los básicos y que te los guardaban bajo llave; conmigo es al contrario, tienen que leerlos.

A los estudiantes les recomiendo empezar desde los clásicos, aunque digan que fueron escritos en los cuarentas o en los veintes, siguen siendo una maravilla porque ya te están diciendo muchas cosas que a lo mejor en ese momento no se podían demostrar por falta de técnicas y que ahora las hay.

La lista de básicos yo digo que sería: el manual de Bass, The Human Osteology de Tim White, aunque muchos dicen que los dibujitos no son muy buenos; el de Ubelaker (Human Skeletal Remains), Paleopatología  de Ortner, el de Steinbock  quetambién es  de Paleopatología y ya está viejito pero es muy bueno;   el que a fuerza hay que revisarlo y no sólo es de osteología, pero está en Alemán, es el Martin. Hay otro que es  de variables anatómicas de todas las especies, tienen huesos de cualquier vertebrado, el autor es Le Duble que es una maravilla; otro básico, claro que sí, el Testutde anatomía, pero aunque sea ya muy viejito (y en la Facultad de medicina tienen varios) de verdad ahí te encuentras todo, o sea todas las variables anatómicas, todas las descripciones ahí van a estar y es una lástima que no lo hayan reeditado, es algo que vale la pena tener o revisar.

Perpectivas de la osteología en México…

El problema es cómo está toda la investigación,  ha habido unos recortes espantosos y  pues no se da dinero para investigación; hay cosas que son de alta tecnología y que están siendo aplicadas,  es ahí donde más se le está dando (dinero). La ventaja y que tiene como un doble filo en la antropología física, en particular en la osteología, es la cuestión forense y que desafortunadamente con toda la violencia que hay, sí se necesita gente preparada, pero el problema está en que no se preparan antropólogos físicos forenses en ninguna parte y están saliendo muchas escuelas “patito”, me ha tocado verlo, les prometen cosas que no son, y aunque sí hay muchos, lo cual me da gusto, es que hay algunos que están trabajando en la PGR y siento que hasta a veces los están utilizando como chivos expiatorios y no les dan las herramientas suficientes para trabajar.

Pero yo creo que sí se está abriendo un poco más de campo en ese sentido, pero de que sí hacen falta, pues ¡claro que hacen falta un montón de antropólogos físicos! Desfortunadamente estamos manejados por las escuelas norteamericanas y demás, pero ahora veo más facilidades para estudiar posgrados en el extranjero, que cuando yo era estudiante o recién salí.

Les digo a los chavos -prepárense y váyanse a hacer un posgrado al extranjero- , les va a dar otra expectativa y a lo mejor hasta consiguen colocarse en otra parte del mundo a trabajar.

Creo que la tradición de la antropología física en México es muy buena, sobretodo en la osteología digo que es buenísima; sigue siendo muy respetada a nivel internacional, en Latinoamérica, en Europa e incluso los gringos. A mí me dio clases Romano y mucha gente formada por el profesor Romano: Sergio López, el doctor Serrano; hay personas muy buenas en osteología y la gente sí está interesada en ellas; pero que se acerquen a los mejores maestros y tratar, ni modo, aunque suene malinchista, pero también te va a contar mucho una buena preparación y que vayan al extranjero.

Realmente he hecho lo que he querido, pasé muchísimos años sin trabajo, así horrible; o andar pasando de un contrato a otro en salvamentos, pero finalmente yo siempre he hecho lo que he querido. Yo digo que los antropólogos somos vagos de profesión…trabajo más de ocho horas, los fines de semana y las vacaciones también, pero porque es un gusto; pero yo no podría tener un horario de oficina, que tuviera así reglamentariamente que entrar a las 8 de la mañana y salir a las 6 de la tarde, creo que no lo podría hacer; quizás si tuviera otro trabajo en el que ganara el doble o el triple de lo que gano, pero ¿a qué costo sería?, creo que hasta de salud mental y salud física;  veo mucha gente de mi edad que ya ha pasado por alguna intervención quirúrgica, que ya tiene colitis o gastritis, pero igual puede pasar por mal pasarte, pero realmente por tensiones, yo creo que no me ha pasado.

Que te paguen por hacer lo que realmente quieres, yo creo que es una fortuna, y preguntaría ¿Cuánta gente lo  hace?

Amigas y colegas. Socorro Báez y Abigail Meza (2005).

Mis consejos…

De entrada que tengan siempre en cuenta que no se van a hacer millonarios con estas carreras, eso en primer lugar; en segundo lugar, que es de tiempo completo y que no lo veas como un sacrificio, creo que eso es lo peor, y mejor  que realmente veas que muchas satisfacciones van a ser, a lo mejor no tanto de reconocimiento internacional y científico, pero sí personales; nunca vas a llegar a las verdades profundas y exactas, que no existen, y que tengas en mente eso, que siempre vas a tener que estar haciendo nuevas preguntas, nuevas ideas; porque todo esto no se acaba y ahorita con toda la presión que hay tecnológica y de competencia, que está realmente terrible, pues tienen que darse tiempos para acabar y titularse.

Antes en la licenciatura mucha gente hasta tenía empleos sin tener el título, pero ahora tienen que pensar que la licenciatura es nada, ya tienen que estar pensando dónde va a ser la maestría, el doctorado y el posdoctorado, y crearse  la idea de que no es tan sencillo,  tan técnico como a veces parece la osteología. Hay todo un bagaje  teórico realmente muy rico y muy importante, que a veces se les olvida a algunos profesores. Mucha gente  te dice que la antropología física no tiene teoría y eso es falso, tiene la teoría más fuerte; la teoría evolutiva. Tienen que hacerse esa idea y desde el principio tratar de ver dónde colocarse, aunque sea de mano de obra gratis porque así siempre va a ser, también empezar a hacer prácticas de laboratorio, prácticas de campo; que te des cuenta en qué consiste la investigación, si es lo que quieres hacer, o si quieres docencia también tienes que prepararte  para eso, no está fácil dar clases.

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Por Gabriela Espinosa Verde

“Para mí la antropología física fue mi vida, tanto a niveles académicos como a niveles de docencia. Fue la actividad primordial a la que dediqué gran parte de mi vida.”

Originaria de Panamá, María Teresa Jaén Esquivel llegó a México a mediados de los años 50 del siglo pasado. A sus 19 años lo último que imaginó es que en aquellas vacaciones descubría al amor de su vida y que esa pasión la llevaría a escribir, tras el paso de los años, su nombre a lado de aquellos, de los que fue alumna y que ocupan páginas importantes de la historia de nuestra disciplina como Juan Comas Camps, Javier Romero Molina, Ada d’Aloja, Eusebio Dávalos Hurtado y Arturo Romano Pacheco.

El inicio de un viaje interminable

“Mi viaje a México iba a ser por 30 días, ya llevo desde 1955 a la fecha viviendo en este país, el cual adopté como mío y nunca dude que la antropología física era la carrera que yo quería seguir.”

Llegue a la Escuela de Antropología por pura casualidad. Vine a México de paseo y obviamente una visita obligada era el Museo de Antropología y estando en mi segunda o tercera visita al Museo alguien me dijo arriba esta la escuela de antropología. Me metí en una de las clases que estaba dando el maestro Juan Comas Camps, que daba la clase de antropología física general y de ahí para el real me enamore de la antropología física y me quede en México. Tengo ya más de 50 años en el INAH. Ese fue mi primer encuentro con la antropología.

La Antropología Física reunía muchas de las cosas que yo buscaba.  Cuando yo era más joven mi ideal era haber estudiado medicina. Pero en mi generación, éramos pocas las mujeres que nos metíamos en el campo universitario para hacer una carrera, porque se esperaba que nosotras fuéramos maestras, lo cual fui, yo soy maestra normalista en primera instancia. Hice la carrera en Panamá pero nunca la ejercí porque en mis primeras vacaciones, después de egresar de la escuela, vine a México y me quedé aquí.

Tan bien se esperaba que te casaras y tuvieras tu familia. Yo me case pero con la Antropología Física y de lo cual no me arrepiento.  Ha sido la carrera que ha llenado todos los aspectos anímicos de mi vida y a la cual le he dedicado buena parte de ella. Ahora tengo 76 años, de los cuales la mayoría de ellos los he pasado aquí en México y mi vida ha girado siempre en el Museo.

La vida como estudiante

Los recuerdos que yo tengo son muy buenos, fabulosos, de buenos compañeros, de haber trabajado en distintas áreas del país, lo mismo en Oaxaca que en las cuevas del norte de México, gracias a que éramos tres y alumnos del profesor Romano. En aquel entonces él era el único antropólogo físico que llamaban cuando encontraban materiales óseos y obviamente, como éramos sus alumnos cargaba con nosotros a casi todas las excavaciones.

Gracias a él pudimos adquirir una gran experiencia de campo. Además, como yo tenía una inhabilidad para el dibujo con él aprendí a tomar la fotografía y subsané esa falla gravísima,  porque yo no podía dibujar ni una mala línea. No sólo se trataba de describir los entierros había que dibujarlos y si no podía la mejor forma era tomando fotos. No puedo hablar de nada negativo en mis experiencias como estudiante, al contrario para mí fue enriquecedor.

Me acuerdo que alguna vez el maestro Comas me quería llevar a la Universidad y entonces, Pablo Martínez del Río me decía:

De mi depende que le den el visto bueno para que pueda irse de ayudante de Comas.  Yo le aconsejo que mejor se quede en el INAH,  porque aquí va a combinar la teoría con la práctica. Porque si usted se va para allá va hacer más lo teórico que lo práctico. Va a ser una muy buena teórica, va ha ser ‘ratón de biblioteca’ pero usted no va a tener la experiencia que podría obtener en el trabajo de campo que puede realizar en el INAH. Espérese”.

Y sí, efectivamente, muy poco tiempo después el maestro Santiago Genovés renunció a su plaza que tenía en la Escuela de Antropología, me llamó el Dr. Dávalos y me dijo que: estaba esa plaza vacante. Y le dije: maestro yo soy extranjera, no puedo trabajar. Y dijo: se le puede arreglar. Tuve que arreglar mis papeles para qué gobernación me dejara trabajar. Me acuerdo que, en aquel entonces, una de las justificantes para que gobernación me diera el permiso es que había sólo 13 antropólogos físicos para todo el país. Contando a los que fueron mis maestros. En el año de 1993 me hice ciudadana mexicana.

Retratos de una sociedad no tan del pasado. Los retos de ser extranjera y mujer

Había que luchar contra mi yo femenino en un medio de puros hombres y además no tener la privacidad que a veces se requiere. Teníamos que convivir en el campo, compartir un Sleeping Bag, y no tenía un espacio para mí.  Uno como mujer, aun en la época actual, requiere tener sus propios espacios. Y en este tipo de trabajos, sobre todo cuando sale uno al campo no lo tienes. Lo que sí no sucedía era eso de que  soy mujer y entonces eso yo no lo hago. Entre nosotros no hubo esa diferencia.”

Vengo de una familia patriarcal. A nosotros, desde pequeños, nos inculcaron que teníamos obligaciones, teníamos que comportarnos de determinada manera y teníamos que ser muy responsables en la escuela, en la casa y en todos lados. Una mala calificación sino tenias un verdadero justificante merecía un castigo.

El responderle a los mayores, para nada. No es como en la actualidad que los alumnos cuestionan al maestro. El maestro estaba muy por encima de nosotros.  Era muy difícil establecer un contacto amistoso porque muchas veces llegaba, daba su clase y adiós, nos vemos hasta el otro día, estudian tal cosa y nosotros no cuestionábamos, ni discutíamos porque considerábamos que era una falta de respeto.

Cuando llegué a México los retos fueron muchos. Primero, estar en un país que no era el mío. Segundo, en México la sociedad era bastante conservadora. Yo vivía con una familia mexicana muy tradicional en la cual se aceptaba pero no se comprendía la actividad que realizaba y menos cuando tenía que irme de práctica de campo. Yo era la única mujer de mi generación. Entonces me tocaba salir al campo con puros hombres, lo cual, incluso para mí no era fácil.

En el círculo social en el que yo me movía no era bien visto la actividad que yo desarrollaba. La prueba esta en que la relación con compañeros fuera del ámbito de la antropología era muy difícil, al grado que mis amigas me decían “nunca digas que es lo que haces porque te van a huir como la peste bubónica” ¿Por qué? Porque no se comprendía el papel de una mujer metida estudiando huesos y viendo cosas raras, me hacían el hueco, el vacío, era muy difícil mantener una relación con personas que se movieran fuera de tu ámbito académico.

Éramos muy pocas las mujeres profesionistas y menos en el ámbito de la antropología y peor aun en el de la antropología física. Que era poco conocida y poco apreciada en cuanto a su quehacer. Es más, nosotros nos quejábamos de que cuando decías antropólogo físico te relacionaban con arqueología o con la etnología o la antropología social, y la antropología física era así un mundo raro y poco conocido.

¿Ha cambiado esa visión de la antropología física?

Yo creo que sí. Digamos que ha cambiado un poco, se ha difundido un poco más. Sin embargo, sigo sintiendo que la antropología física esta subvaluada en cuanto a sus posibilidades de aplicación en diferentes ramas del conocimiento. Quizás hay más comunicación con los medios electrónicos modernos y se ha procurado un poco difundir el quehacer del antropólogo físico, pero siento que estamos subaprovechados.

Relaciones antropología física-arqueología

En mi época no tenías más que dos alternativas: o te dedicabas al vivo o te dedicabas al muerto, nos decían, y los que nos dedicábamos a las poblaciones pasadas éramos calificados de achichincles de los arqueólogos. Así nunca lo vimos, más bien trabajamos de común acuerdo. Ellos encontraban huesos y decían: vengan los antropólogos físicos para que los exploren y no había una competencia entre uno y otro. Cada uno tenía su propio quehacer. Al contrario, yo siento que nos enriquecíamos mutuamente en nuestras investigaciones y compartíamos la información.  Desgraciadamente, esos nexos se perdieron y cada uno trabaja por su lado y a veces te llaman y otras, como vulgarmente se dice: ni te pelan.

En mi caso, yo nunca sufrí de ese tipo de problemas, siempre trabajé de común acuerdo con mis compañeros los arqueólogos. Como nosotros llevábamos materias en común con nuestros colegas de otras especialidades y compartíamos más de un año con ellos antes de meternos la especialidad, no había tanto esa separación. Decíamos somos antropólogos.

Siento que se ha perdido esa conexión, esa parte que yo considero muy importante: la comunicación. A menos que sea niveles personales, pero a niveles de la escuela cuántos hay que no saben que hace un lingüista o qué hace un etnólogo o un antropólogo social. Eso es lo que se ha perdido.

El camino hacia la titulación

Soñaba al maestro Javier Romero Molina porque todas las tardes pasaba por la oficina y me decía: qué paso, qué paso Señorita Jaén, ya, ya tiene la tesis. Le decía: no maestro es que no acabo. Y decía: no, no, hay que hacerla y rápido.

Al principio yo me sentí, una vez le dije casi llorando, al profesor Romano:

“Le voy a poner un símil, estoy nadando en un montón de información así como islotes que no sé como los voy a conjuntar y no sé lo que quiero hacer, ese es mi problema. Y el maestro Romero me ha dicho que me da 15 días porque sino él me va ha dar un titulo y voy a tener que trabajar como tarea algo que quizás, a lo mejor, no me interesé. Lo único que me contesto el maestro fue: haber como le va ha hacer porque usted tiene un compromiso y usted se tiene que recibir.

Además, tenia la amenaza de Hacienda que si yo no me titulaba en un plazo de seis meses me cortaban la plaza y así me quedaba otra vez predicando en la loma. Yo sí agradezco que me hayan presionado para que hiciera una tesis en un periodo bastante corto, porque tenía dos, una la presión del maestro Romero: qué paso, ya mañana nos vamos a titular o qué; y luego la de Hacienda que me cortaba el pago cada determinado tiempo, mientras que justificaba yo mis materias impartidas y las calificaciones. Pero él último plazo que dieron ya era perentorio tenía que presentarme en la oficina de Hacienda con el titulo profesional o en su defecto el acta del examen. No había de otra, por eso me recibí en los tiempos en los que lo tenía que hacer.

La profesora

A mi me gustaba la enseñanza. La disfruté muchísimo, lo que pasa es que ya en las últimas generaciones, resultaba para mi muy cansado estar cuatro horas parada y como decía: ya me canse de que uno hacia su mejor esfuerzo y muchas veces no tenías la misma respuesta. Al grado que una vez les dije a los alumnos:

No importa que yo me pare de cabeza aquí. Ya me canse de ser merolico. De repetir clase tras clase y tras clase lo mismo y lo único que me están demostrando es que no les interesa. De la manera en que lo digan, yo no sé que esperan de un curso de osteología. En osteología que van ha aprender, aprenderse los huesos y sus distintas partes anatómicas; aprender a medirlos, o sea, la técnica de medición. Y no podemos ir más allá si ustedes no se aprenden esto. Si ustedes no aprenden a reconocer los huesos no vamos ha seguir. No saben ni siquiera cuál es el fémur, la tibia, menos aun diferenciarlos por lado. Peor aun si les pido que me determinen el sexo”.

Realmente es frustrante. Al principio eran grupos pequeños, era muy ameno, eran muy participativos los grupos. Pero de repente yo sentí, que muchos estaban diciendo que iban a estudiar antropología física y se ponían en la actitud de ¿para qué? Yo decía ¿por qué? ¿Qué esperas de la antropología física? Y te encontrabas de todo hasta respuestas como esta: Porque no iban a estudiar matemáticas. Y ese era su error sino como vas a cuantificar tu información.

La estadística tiene su base en el algebra y las matemáticas o qué, hay otra manera. No es ciencia ficción. Cómo vas a cuantificar tus datos. Porque la antropología física no es como la biología del hombre individuo, vas a estudiar poblaciones, grupos de individuos, que nosotros vamos a tratar de determinar qué los diferencia, en qué se diferencian unos de otros o cuáles son las similitudes que tienen. ¿Cómo vas a solucionar eso, así ha ojo de buen cubero, de que yo pienso o me parece?  Y así muchas cosas, que de repente, lo decepcionan a uno.

Hay muchos, como digo: alumnos de cuerpo presente y de mente ausente. No digo que todos son así, hay muchos como esos en todos lados, pero antes éramos más poquitos y se nos daba más de lleno y había que empujar.  Yo me acuerdo que éramos tres compañeros y había uno que decía: apúrate porque tienes que sacar nueve, porque si tu sacas ocho, yo saco siete y el otro compañero va ha sacar seis y si tu sacas seis yo saco cinco y el otro saca cuatro, no, para nada, así que !órale!

Había esa competitividad: de que si yo hice esto, tu haces esto otro. Estábamos en desventaja por un lado y ventaja por el otro, porque no había clase donde no te tocara intervenir. Prácticamente teníamos clases particulares.  Además en mi plan de estudios, nosotros no obteníamos el grado de licenciatura, nos seguíamos hasta la maestría. Esto fue hasta que se rompe el convenio con la UNAM, y entonces se debe obtener la licenciatura, la maestría y el doctorado.

Antropología Física Colonial: El ex-convento de San Jerónimo

“Decíamos que nos quedábamos en la época prehispánica y de ahí no pasábamos ¿Qué paso, en el periodo subsiguiente, en el México colonial o virreinal? De esa población puros textos históricos. Por muchas otras cosas podíamos conocer sobre su vida cotidiana. Sobre su aspecto físico están los cuadros de las castas y se habla sobre el mestizaje. Existen trabajos fabulosos de Aguirre Beltrán sobre este tipo de cosas, pero no teníamos la evidencia directa. No habíamos estudiado los restos coloniales de las gentes que vivieron en esa época, que abarcan muchos años.”

El proyecto del Claustro de Sor Juana se inició a raíz de las obras de restauración que hicieron en el Centro Histórico de la Ciudad de México en los años setenta, del siglo XX. La primera vez que acudimos fue porque levantaron el piso de la iglesia y empezaron a aparecer entierros. Entonces, llamaron al INAH y al profesor Romano en particular. Fuimos comisionados en esa primera temporada tres o cuatro meses.

Después, volvieron a encontrar entierros y nos dimos a la tarea de explorar, el maestro Romano, algunos de los trabajadores que nos fueron asignados y yo, el coro bajo de lo que era la iglesia de San Jerónimo. Esos trabajos terminaron en el año de 1981. Se exploró todo lo que era el subsuelo del coro bajo, que fue el sitio donde se enterraba a las monjas. Además, se habían encontrado los cimientos de las primeras construcciones conventuales en ese sitio. También nos tocó explorar las primeras mojas profesas de esa comunidad religiosa.

A partir de esa fecha, yo sigo allá en el Claustro estudiando los restos óseos y pretendiendo terminar la investigación de tesis de doctorado. Después de muchos años me decidí ha hacer el doctorado en la ENAH. El cual terminé pero falta un gran requisito: la tesis, y ahí no tengo al profesor Romero que me este diciendo: ya, ya. Porque no es los mismo los tres mosqueteros que veinte años después.

Empezamos a trabajar, empezamos ha hacer una serie de cosas y no es fácil. Y menos, cuando se te echan todos los años del mundo encima. Hay días en que estas muy inspirada y hay días en que no te sale nada. Pero hay vamos. Lo que estoy haciendo en la actualidad allí, para la tesis, son las condiciones de vida y salud, de las monjas que fueron enterradas en ese lugar y que pertenecían a la orden de San Jerónimo.

Planes a futuro

Ahorita, a los 76 a ver que puedo hacer. Uno de los planes es terminar el trabajo no por el grado académico, no lo menosprecio pero no es algo que yo busque. Siento que la maestría para mí fue bastante completa, en cuanto a la enseñanza, y a todos los conocimientos adquiridos. El plan es concluir lo que tengo empezado, porque las otras cosas que hice, afortunadamente las pude publicar.

Muchos de los antropólogos no tenemos, excepto a niveles personales opciones para ello. Además, hay quienes tienen la capacidad de escribir a niveles de difusión pero habemos otros a los que nos cuesta mucho trabajo, estamos acostumbrados a usar un lenguaje más técnico, que el lenguaje del común de la gente.

La mayoría de las publicaciones son en revistas científicas y muy pocos que salen en revistas de divulgación.  Por eso el reconstruir la vida cotidiana, me costó mucho trabajo. Si voy ha hablar de los problemas de salud de las monjas jerónimas tengo que contextuar un poco cómo era la vida en la Ciudad, en ese momento, para que se entienda el por qué. Muchas cosas terribles se dicen de las pobres monjas, pero yo creo que vivían mejor allí que fuera. Esa es mi idea porque, las mujeres de la época ni siquiera tenían derecho de escoger su pareja, era impuesta, y muchas veces no era la que ellas querían. Lo vemos con nuestros personajes históricos.

Don Porfirio Díaz se casa con una jovencita siendo él un viejo y así había muchos. Y si te vas más atrás pues peor, porque había muchos viudos. Mujeres que morían en edades muy tempranas. Viudos viejos que se casaban con jovencitas que no sólo podían ser sus hijas sino hasta sus nietas. Y eso habría que decirlo en un lenguaje menos denso, más como un relato de la ciudad dicho por un cronista, lo cual no es fácil, no estamos acostumbrado a verlo así.

Antropología Física ¿Para qué?

Esa es una pregunta difícil de contestar porque para mí la antropología física fue mi vida, tanto a niveles académicos como a niveles de docencia. Fue la actividad primordial a la que dediqué gran parte de mi vida.  Desde que llegó a los 19 años hasta ahorita que tengo 76, mi vida ha girado alrededor del estudio de los restos óseos y de señalar, que los huesos tienen muchas cosas que decirnos, que no es nada más el aspecto anatómico en sí. El material esquelético, fue gente que vivió, que crecieron, vivieron en un entorno determinado, que realizaron determinadas actividades y toda esa serie de cosas.

Los huesos pueden decirnos muchas cosas no sólo de las enfermedades que padecieron, las lesiones que sufrieron, sino también, cómo el individuo incide en el ambiente y de qué manera esto va ha repercutir en su ser. Por lo menos es lo que yo pienso, es el quehacer de la antropología física más que el ¿para qué?

—¤—

Por María Teresa Menéndez Taboada

En enero del 2005 se abre por primera vez en la Escuela Nacional de Antropología e Historia el Proyecto de Investigación Formativa Momias y Momificación a cargo de la Dra. Josefina Mansilla Lory. Gracias a esta iniciativa surge para los estudiantes de antropología física la oportunidad de incursionar en un área hasta ese entonces poco abordada por nuestra disciplinana; en lo personal, tuve gran inquietud por el tema  y decidí inscribir el PIF.  Quién iba a pensar que desde aquel momento comenzó a escribirse una historia en mi vida en donde hasta la fecha, la Dra. Josefina ha formado parte importante. Por tal motivo, quiero compartirles un poco de la vida de tan admirable mujer.

Josefina Mansilla a los 15 años…

“Me gustaba el deporte y disfrutar a las amigas, porque antes fue una etapa en donde era estudio, estudio, estudio…”

Estaba en la Secundaria 8 (de puras niñas), ahí en San Pedro de los Pinos;  fue todo un cambio porque en la primaria estaba en el Colegio Alemán, entonces el cambio de una escuela particular muy estricta a una secundaria oficial en donde había un ambiente muy diferente, fue para mí un cambio radical, pero me encantó porque ya no era lo estricto, las tareas tremendas… y disfruté este cambio; además ahí también incorporé mi francés. Los  deportes también me gustaban, empecé con el volibol y me encantó, había muchos deportes y muchas cuestiones que empecé a disfrutar mucho.

¿En ese momento ya tenía en mente qué quería hacer en el futuro?

No, cuando salí de la preparatoria  no tenía idea, entonces sí fue difícil para mí, incluso cuando tenía que escoger el área, porque bueno, sí sabía que era de humanidades, pero qué realmente y qué quería estudiar, no. Entonces me mandaron a una universidad a hacerme todo un estudio de orientación vocacional; me acuerdo que fue toda una mañana, miles de preguntas,  y después cuando me dieron el resultado quedé igual: que podía estudiar lo que yo quisiera, que tenía aptitudes para todo, entonces dije no, salió lo mismo.

Desde siempre matemáticas fue terrible y más los problemas y los cálculos mentales, era malísima; ya en la prepa la física me costaba trabajo, la química y me acuerdo que también el dibujo (yo no sé si también tenían que ver los maestros); en cambio etimologías me encantó, historia siempre me gustó; sí sabía que me inclinaba más hacia humanidades.

Sale de la prepa y qué pasa en ese momento…

“En el 68 se me empalmó que hubo un cambio de calendario, yo todavía estaba en la prepa cuando ya había entrado a Antropología; afortunadamente antropología era en la tarde en el Museo y en la mañana la prepa, entonces empecé y luego la huelga y todo eso…”

Fue el caos porque después del examen me dijeron  por qué no estudia usted un año de filosofía y luego ya decide y dije no, por ahí no va; entonces yo tenía una tía bióloga que me dijo, a ver mira te voy a llevar con unos amigos míos del Museo de Antropología para que veas qué es lo que hacen, son antropólogos físicos y que te enseñen qué materias se llevan en la escuela y qué es lo que hacen, en dónde trabajan… y me llevó, y ahí conocí al profesor Romano y a Teresina, ellos me enseñaron todo esto y quedé fascinada. Eso fue lo que me decidió, que mi tía tuviera esa relación con ellos, porque mi tía trabajaba en el Politécnico y ellos dieron un curso de morfología humana, entonces ahí empezó una amistad y mi tía dijo pues yo creo que esta niña puede que y pues sí.

Claro que mi papá se oponía, cuando yo le dije ¡sí, ya! voy a estudiar antropología,  me dijo ¡Cómo, no! te vas a morir de hambre, no, no, yo quiero dejarte una carrera en la que tú puedas ser solvente en la vida y te puedas mantener, y pues no,  gracias a mi tía que le dijo oye no, qué te pasa, deja que ella estudie lo que quiera, porque si tú la obligas a estudiar cualquier otra carrera, no lo va a disfrutar y va a ser en contra  de todo, incluso de su mismo trabajo; en cambio si la dejas estudiar lo que ella quiere, aunque le paguen poquito ella va  a estar contenta y eso en su vida va a ser muy importante.

Los inicios de una carrera…

“Como ya había visto lo que hacían, fue la continuidad  y dije  sí claro, esto es lo que yo quiero…”

Josefina Mansilla a los 50 años de edad.

Me encantó el lugar, que es el Museo de Antropología, la escuela era pequeña, los grupos eran reducidos, aunque ya en mi generación eran dos grupos, antes era nada más un grupo. Yo que venía de la Prepa 4, en donde había muchísimos estudiantes, y esta escuela  en un lugar privilegiado, los salones, todo, bueno eso me encantó.Después los profesores, como siempre,  hay profesores buenos y hay profesores malos, pero por ejemplo, cuando le empiezan a dar a uno las materias generales como Antropología física con la maestra Faulhaber, bueno, sí fue como muy imponente ella pero me encantó, era muy estricta, pero  yo ya traía la escuela, también me encantó Historia con el profesor Jiménez Moreno, eran las grandes figuras de aquel momento, y uno decía hay que aprovechar el estar aquí con los grandes, recuerdo al profesor Romano, al profesor Olivé; en Historia había un historiador que vino del Colegio de México a darnos un curso excelente…

¿Qué de la antropología física?

Osteología, porque fue lo que me enseñaron el profesor Romano y Teresina,  ver las colecciones fue muy impresionante y el campo tan rico que se podía explotar tremendamente…

Las prácticas de campo…

Estuve con Eduardo Matos en Tula,  con Zaid Lagunas en Teotenango, estuve en Coyoacán cuando estaban haciendo la Plaza Coyoacán, en fin, de prácticas de la escuela esas, ya después muchas otras.

Al terminar la carrera…

“Empecé a hacer mi tesis en la Dirección de Antropología Física (DAF) y a integrarme para ver a los investigadores, me acuerdo muy bien de Luis Vargas, del doctor Fastlitch, gente del extranjero que venía, eso me encantaba.”

Mi tesis fue de líneas de detención del crecimiento, líneas de Harris, sí me llevó bastante tiempo; radiografié no sé cuántos huesos, incluso como toda estudiante no tenía dinero para hacer la tesis, porque pues las radiografías son caras, entonces fui a Kodak y llegué para entrevistarme con el director de rayos X, me recibió súper amable y le planteé que era estudiante, que necesitaba radiografías y me dijo ¿Cuántas radiografías quiere? y dije con mucho miedo cien, él me respondió por supuesto, claro que sí, nosotros apoyamos todo este tipo de investigaciones, entonces para mí fue una sorpresa porque realmente uno es el que se pone los límites, pero no pierde uno nada, al contrario, se lleva uno sorpresas bien gratas.

¿Cuánto tiempo le tomó terminar su tesis?

Mucho, como 4 años, primero revisar los materiales, hacer el catálogo,  ver las patologías, después empezar a radiografiar porque fueron miles de huesos largos,  y luego  escribirla; después uno que también se cuelga, porque en el lapso de esos 4 años yo iba todos los días a la DAF y claro, en un momento dado le dije al profesor Romano que quería ingresar a trabajar, y me dijo pues sí, en este momento no tenemos para pagarle pero en cuanto haya alguna oportunidad, y dije sí no me importa, yo vengo todos los días, y estuve un año así. Después me dieron un contrato por 3 meses y luego me lo renovaron otros 3 meses y así, entonces así fue como me quedé.

Y en el campo laboral…

“Es el único trabajo que he tenido, ya casi voy a cumplir 40 años en el Instituto.”

Una de las primeras cosas que me tocó en la DAF fue ir a explorar entierros en Chapingo, y a mí me encantaba salir a campo, además el profesor Romano nos trataba como hijas, entonces además de enseñarnos cómo explorarlos, sacarlos, describirlos, cómo todo, decía a ver quién de aquí no sabe manejar, yo sí sabía porque mi mamá desde la secundaria me decía esta es una de las cosas que tú tienes que saber, pero había otra compañera que no sabía y pues sí, recuerdos muy  gratos.

La antropología física ha tenido unos cambios muy acelerados a lo largo del tiempo, al principio sobre todo en México eran como monografías, descripciones, pero en mi tesis quería ir más allá, por eso escogí ese tema, porque por medio de estas líneas podía uno conocer no solamente en el momento de la muerte cuáles eran las huellas que habían en el esqueleto, sino irse más atrás y ver durante el crecimiento qué era lo que había pasado a través de estas líneas. Todo fue cambiando muy rápido, y después se vinieron  los marcadores de estrés, entonces me fui involucrando y fui haciendo este tipo de estudios.

En los ochentas…

Mucho tiempo después,  había (en la DAF) una serie de cuerpos momificados que nadie había estudiado sistemáticamente, porque cuando llegaba alguno que presentaba cierta característica sobresaliente, a lo mejor salía un articulito, pero no algo así como bueno, si en  México hay momificación, de qué tipo, en dónde,  aquí qué cuerpos tenemos… no había, entonces yo dije por qué no empezamos.

“Ha costado trabajo, pero creo que vale la pena ir rescatando toda la información que no había; desde documentos hasta historia oral, en fin, ir recopilando un datito de aquí otro dato de allá.”

Josefina Mansilla trabajando con restos momificados

Cada año, cada día, las técnicas que se utilizan ahora nos permiten conocer muchísimo más de lo que antes se podía ni siquiera vislumbrar, entonces pues es gracias a todas estas técnicas, estar uno al día, saber qué puedo utilizar…Todo ha cambiado muchísimo y luegola incursión a la ENAH, eso fue muy importante porque me permitió que este aspecto, que tanto a nivel mundial como en México, lo más conocido era lo egipcio, el empezar a ver que en todos los lugares hay momificación y que es parte de una variabilidad biológica y que nos va a permitir no solamente verla en el esqueleto sino en partes blandas; si hay momificación antropogénica o no,  y esto en la ENAH me enriqueció muchísimo con los alumnos y ha permitido que  haya muchos más estudios tan interesantes.

Profesora en la ENAH…

Mucho tiempo antes había dado clase como adjunta, pero realmente ya como titular (con el PIF) fue la primera vez. A mí no me gustaba estar dentro de un círculo cerrado, que podría ser la DAF, sino ver otros ámbitos, otras miradas, y eso es lo que lo hace a uno crecer; entonces yo dije dando clases y retribuyéndome también de las inquietudes de los alumnos, esto va a enriquecer el trabajo y así fue; ya van 8 tesis (antes no había tesis de momias).

Planes a futuro…

Ya tengo mis proyectos de por vida, porque pues  con las momias y la incorporación de nuevas técnicas, tengo mil planes, entonces buscar la manera y los contactos para poder seguir la línea de las enfermedades, el ADN antiguo, estudios de cabello, de piel, de uñas, en fin, se pueden hacer tantas cosas y no agotar el tema; además de hacer una exploración desde el principio, que (las momias) no sean de rescate ni de donación, eso sería fantástico.

Dificultades…

Pues fue partir de cero por la falta de documentación, y fue hasta que gracias a Ilán Leboreiro, quien fue el que realmente se metió al archivo, se pudieron ir identificando cuerpos con exploraciones, entonces ya nos fuimos a buscar la documentación de la exploración, y  claro, uno entiende que en ese momento (las momias) no eran lo importante de la exploración y por eso los datos no estaban como nosotros esperábamos o queríamos, sino nada más de repente hacían mención de que habían aparecido cuerpos momificados y cuando había muchísima suerte una foto.

Alrededor de 40 momias forman parte del acervo, pero ya no se han ido incorporando más, porque tampoco le veo el caso de que únicamente se tengan aquí en el centro, uno puede colaborar o desplazarse, y se ve qué tipo de estudios se requieren,  como el último de los cuerpos momificados encontrado  en Tamaulipas.

La exposición al público es un tema difícil, porque a mí me parece que si no hay en el fondo un propósito educativo, no creo conveniente que se muestren los cuerpos momificados, porque son seres humanos y de alguna manera si uno va a aportar un conocimiento, sobre todo a los niños que son tan sensibles, por lo que si no está bien hecha la exposición o la intención, incluso puede hacer daño. Además, los cuerpos momificados requieren de una conservación muy cuidadosa porque se van deteriorando.

La Dra. Mansilla trabajando con el Mtro. Ilán Leboreiro.

Los rumbos de la antropología física…

Me gustaría que no existiera esta división entre osteología y el estudio en vivos, yo creo que el ser humano es el mismo y debería estudiarse como tal y no con esta división tan tajante. Si le damos otro enfoque y si juntamos estos conocimientos se verá más enriquecida.

Hoy en día es necesario integrar otra serie de disciplinas  y no sólo tener la visión de la antropología física, contar con otra serie de miradas desde la parte social, la cultural y por ejemplo integrar parte de  la medicina, conocer las disciplinas en las que se usan estas técnicas modernas para poder uno hacerse las preguntas y no que sea al revés.

“Para estudiar antropología física realmente se necesita vocación, si no hay vocación no hay ni ideas que poder desarrollar, eso es lo primero, y segundo, igual que  me lo dijeron a mí: de esto no te vas a volver rico, es una carrera que te va a dejar muchas satisfacciones,  pero no esperes nada del otro mundo.”

◊  ◊  ◊


Por Gabriela Espinosa Verde

“La antropología no es una carrera.  Es una manera de hacer las cosas, es una manera de pensar el mundo, es una cosa que tiene que ver con tu personalidad, con la manera en que respondes o no a las preguntas que te hacen cotidianamente”.

Juan Manuel Argüelles San Millán nació hacia finales del otoño de 1972 en la Cd. de México. Hijo de inmigrantes españoles, Antropólogo físico, Maestro en Filosofía de las Ciencias, profesor de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) desde el año 2000. Con una vida dividida entre su primer amor, que es la evolución humana y el proyecto en el que tanto ha puesto el corazón, una comercialización del mezcal que no vulnere las tradiciones.

Antes de la antropología física

Fui muy mal estudiante, muy malo, de reprobar todo, pero siempre tuve el hábito de la lectura, es algo que le agradezco mucho a mi papá. Lo primero que quise estudiar fue música. Estudié composición y estudié Clavecín. Las dos las dejé, pero seguí tocando. Luego tuve un grupo con el que me fui a Acapulco a vivir un rato.

Cuando regresé tuve varios empleos: empecé a vender cerámica y luego puse un café pequeñito con un amigo, después tuve un restaurante de comida corrida. Tuve una infancia bastante buena y una adolescencia alocada, fui bastante nocturno.


El arribo a la antropología física o ¿por qué antropología física?

“Jamás me imaginé que iba a estudiar. Si me hubieras preguntado a los 18 años si iba ser licenciado en algo me hubiera carcajeado.”

Desde que tenía el café leí un libro que se llama Jano de Arthur Koestler. En ese libro hay una afrenta en contra de la teoría evolutiva y recuerdo que me causo una profunda ansiedad. Antes de acercarte a la evolución, en un plano formal, piensas que es una cosa que está totalmente resuelta o que es tan sólida que no deja espacio para muchas dudas.

Desde muy joven pensaba, que  la realidad era una cosa independiente de nuestra observación, que estaba estructurada  y que había un arma para develarla o describirla y ésta era la ciencia. Confiaba mucho en los enunciados que provenían de la ciencia, cuando vi una diatriba que retaba la evolución, me tomó por sorpresa y en ese momento la manera de escribir  de Koestler y tal, me convencieron de que no había nada resuelto en ese ámbito y me apasionó mucho.

Le pregunté a mi primo, Pedro Arjona, que es antropólogo físico, en dónde enseñaban evolución y me dijo fíjate que donde yo estudié enseñan evolución. Cuando llegué a la escuela (ENAH) me pareció un mundo desconocido. Luego me di cuenta de que había sido antropólogo toda mi vida.

La evolución me llevó a la pregunta ¿dónde se aprende evolución?, que me llevó a la ENAH, donde primero tuve un enamoramiento inmediato de la arqueología porque su propuesta, hacia fuera, es muy romántica. Durante el curso propedéutico, empecé a ver las materias de la antropología física, ahí me di cuenta de algo que me tomó por sorpresa: lo poco que sabía, que me apasionaba la biología humana.

Construyendo el primer amor

“Llegué a la escuela por la inquietud de la evolución, pero, no inmediatamente vi la relación entre la antropología física y la evolución, como la respuesta”

Fue hasta el tercer semestre, cuando tomé clase de historia del pensamiento antropofísico con José Luís Fernández Torres, que hice el correcto anclaje entre antropología y evolución, al pensar: ¡Claro! Es la historia de la transformación del ser humano lo que hay que tener en cuenta y cómo ha pensado su naturaleza fijista o su naturaleza emergente.

En esa clase, este hombre (Fernández) que a mí me parece un extraordinario profesor, incluyó algunos muy importantes epistemólogos del siglo XX: como Kuhn, Popper y Lakatos. Yo no sabía que existía ese tipo de pensamiento, que es pensar en la construcción de la objetividad como una construcción social, la realidad como una construcción que proviene de la percepción humana. El resto fue sólo madurar un viaje con respecto del pensamiento evolutivo, el cual he destruido muchas veces y vuelto a construir.

El momento de la duda

“Durante la licenciatura va cambiando tu perspectiva de la antropología física. Tal vez esa es una de las cosas más seductoras de la carrera. La antropología física es un viaje, desde que entras con una idea hasta que sales con otra completamente diferente de lo que querías hacer”.

Me había vuelto un antidarwinista, a partir del libro de Koestler. Tenía que hacer un trabajo y Anabella Barragán me dijo: sobre eso que quieres hacer el trabajo sabe José Luís Vera, pero en ese momento él estaba en España haciendo su doctorado. Regresó al año siguiente, lo fui a ver y le expresé mi desprecio por el darwinismo. Yo estaba con Alfonso Gallardo aprendiendo osteología, entonces José Luís iba al laboratorio y me decía: ¿a ver por qué no crees en el darwinismo? Entonces empezamos a discutir e iniciamos un seminario pequeño sobre evolución.

Hubo un momento en el que hubiera dejado la carrera porque no le entendía a la teoría antropológica. Cuando la leí, me pareció la documentación de un pensamiento ya caducado. Estaba decepcionado de la antropología y entusiasmado con la ciencia, como la fisiología y la genética. Pensé en irme, y José Luís Vera con ese seminario de evolución humana me enganchó, para quedarme en la antropología física. En cierta manera, le debo el haberme quedado.

La comercialización del mezcal

“A veces pensamos que vas a llegar (a las comunidades) a que alguien te enseñe un pensamiento muy romántico y lo que te enseñan es un pensamiento igual de  pragmático que el tuyo, te das cuenta de cuan cerca estamos las mentes humanas.”

Entré a la ENAH en 1995. El zapatismo de nuestra era estaba empezando a crecer. Lo primero que tuve fue una alergia fuerte en contra de la globalización.  Después trabajando, me dije esto se puede matizar, podemos generar y producir. De hecho si te acercas a las comunidades y les dices ¿Cómo te puedo ayudar? Te dicen: cómprame mi producto.


Entonces pensé, ¿Cómo hacemos eso? ¿Cómo hacemos para que se genere una industria, una producción artesanal? Abandoné un poco todo lo demás y me dediqué a trabajar en formar una cooperativa de pequeños productores, cuya condición sea siempre la producción artesanal y cuya comercialización no vulneré las tradiciones mexicanas, que creo es la única manera en que debemos de hacer negocios, hoy en día. Por lo menos para la producción de lo nuestro.

Antropología física ¿Para qué?

“Para saber cuál es nuestra naturaleza, qué clase de fenómeno somos y por qué hacemos todo lo demás que hacemos”.

En lo personal, porque no puedo dejar de hacerla. Segundo, porque la gente cuando no está trabajando, o cuando no está luchando por conseguir lo que tiene que conseguir cotidianamente, en cuanto se distrae, lo que hace es introspectar sobre qué somos. Entonces,  que alguien conteste esas preguntas es algo útil para la sociedad.

Por último, porque la antropología, y la antropología física en primer lugar, incide por el lado pragmático de muchas maneras en nuestra cotidianidad: la visión antropológica de la nutrición, de la demografía y de la, cada día más necesaria, identificación forense.

La comercialización del mezcal lo puso en contacto con lo que él llama la antropología sin adjetivos. La síntesis inacabada de Niles Eldredge, lo encaminó a desarrollar una tesis sobre ontogenia y evolución, que sumado a su pasión por la epistemología, ha dirigido su línea de pensamiento hacia la evolución del cerebro y la mente. Así, su vida transcurre entre el negocio del mezcal y sus inquietudes sobre evolución humana.

49 comentarios »

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  1. Muy Interesante….felicitaciones desde Santiago de Chile.
    Christian Paredes M. / Lic. en Antropología.


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